Engels a Ludwig Schorlemmer  
en Darmstadt  

Estimado señor Schorlemmer:  

Le escribo hoy mismo, después del entierro de Carl, que ha tenido lugar esta mañana. Ha sido un cortejo imponente: primero los coches de los amigos personales junto con los albaceas testamentarios, el Dr. Gumpert, el casero de Carl, luego los profesores del Owens College, que estaban representados casi en pleno, ídem Roscoe, luego muchos antiguos y actuales discípulos. Los albaceas testamentarios habían pedido al señor Steinthal, un predicador unitario (próximo a nuestras «Freien Gemeinden»), que dirigiera la ceremonia fúnebre y pronunciara unas palabras ante la tumba, lo que hizo de manera muy conmovedora —era un buen conocido de Carl—. Si el discurso no aparece mañana por la mañana en el periódico, Gumpert le enviará una copia. Se habían enviado coronas en abundancia y muy hermosas; además de la de la familia y la de la directiva del partido en Berlín, una corona colosal muy hermosa con la inscripción: «Los alemanes de Mánchester a su ilustre compatriota»; una de los antiguos discípulos, una de los alumnos de su último curso, de sus colegas, etc.  

Cuando llegué, se me preguntó si tenía algo que objetar contra el propósito de organizar un entierro que, al menos, guardara cierta apariencia eclesiástica. Se consideraba que de ese modo se obraba mejor en el sentido de la familia. No puedo decir que el plan me entusiasmara especialmente. Pero, tal como están las cosas aquí en Mánchester, no me quedó más remedio que decir: los albaceas testamentarios son quienes deben decidir, y si ha de ser una ceremonia dentro del marco tradicional, entonces Steinthal es con mucho el mejor, y además lo ha hecho muy bien. Si hubiera protestado, tal vez habría impuesto un entierro completamente laico. Pero, en primer lugar, no sabía si ello habría sido del agrado de todos los miembros de su familia. En segundo lugar, entonces toda la responsabilidad habría recaído sobre mí, yo habría tenido que hablar solo, y no el químico, sino el socialdemócrata Schorlemmer habría pasado a primer plano, y en ese caso era mejor que se omitiera la acentuación del socialdemócrata, para que el químico obtuviera pleno reconocimiento. Toda la prensa burguesa inglesa habría dicho que yo había explotado la muerte de Carl para una manifestación socialista sin objeto e inútil ante un público que me era, a mí y al socialismo, frío o incluso hostil, pero obligado a guardar silencio por el respeto ante la tumba abierta. Y si todas las manifestaciones, incluso las más inevitables, me repugnan, tanto más me repugna dejar que el entierro de un querido amigo degenere en una ostensible demostración. Si Carl hubiera dispuesto algo por sí mismo en su testamento, la cosa habría sido distinta, ciertamente. Pero, en este caso, las cintas escarlata con la inscripción: «Del Comité Directivo del Partido Socialdemócrata de Alemania», hablaban suficientemente alto; contrastaban de modo chillón con las flores y cintas blancas de las demás coronas y constituían ya de por sí una grave infracción de la costumbre inglesa.  

Hoy le he mostrado la totalidad de los papeles a uno de los albaceas testamentarios (ambos son alemanes), el señor Philipp Klepsch; hemos ordenado aún algunas cosas y discutido lo más necesario, de modo que mañana puedo regresar a Londres.  

Ahora el testamento tiene que ser registrado primero por el tribunal de sucesiones y pagado el impuesto de sucesiones. Sólo después podrá hacerse lo demás.  

He acordado con el señor Klepsch que se le devuelvan las cartas familiares. Si tuviera usted deseos respecto a otros recuerdos, le ruego le escriba a él,  

Ph. Klepsch,  
Adr. Stadelbauer und Co., Mánchester.  

También le he propuesto que guarde para usted los diversos escritos que Marx y yo le regalamos, con nuestras dedicatorias, por si usted los deseara.  

De los manuscritos y los contratos editoriales hablaremos en otra ocasión.  

Un cordial saludo a su madre y a toda su familia.  

Suyo  
F. Engels