en Berlín.
Londres, 20 de junio de 1892

Querido August:

Te adjunto los «Judenflinten» 1%, bajo cierre de carta, pues de otro modo probablemente serían confiscados como envío bajo faja.

Con Schorl[emmer] sigue la cosa igual. Lo encontré abatido, apático, con la conciencia ligeramente velada, por lo demás sin dolores. Gumpert escribe que el tumor en el pulmón crece lenta pero constantemente, y en la misma proporción la perturbación de la actividad cerebral, la debilidad de memoria y la apatía (causada por la presión sobre las grandes venas que deben devolver la sangre de la mitad superior del cuerpo al corazón). No obstante, sigue ingiriendo alimento suficiente. De modo que, si no se presenta ningún incidente, la cosa puede seguir así algún tiempo aún.

Que Warken se mantenga aún en la región del Sarre no debe extrañarte, cuando en la del Ruhr puede mantenerse Schröder. Yo había escrito unas líneas a Siegel comunicándole lo que Bunte te había dicho acerca de su fuga. Esta carta la envió Siegel a Schröder junto con una carta propia llena de confianza, a raíz de que Bunte ha sido sorprendido en malversaciones; y Schröder me dio a leer ambas, la de Siegel y la mía. Si lo de Bunte es verdad, no lo sé. En todo caso, por esto ves que Schr[öder] sigue muy firme en la silla. En un movimiento tan joven como el de los mineros hay que pensárselo siempre dos veces si no es mejor dejar que tales sujetos inseguros como S[chröder] y W[arken] se arruinen por sí mismos durante un tiempo, por lo menos hasta que se tengan contra ellos hechos positivos y palpables. Y además, es una vieja historia que, allí donde el movimiento surge de nuevo, los primeros líderes que se abren paso a empujones son, con harta frecuencia, arribistas y canallas.

Bax es ahora redactor de «Justice», hasta fines de julio, y el periódico está ahora decente; ayer se habla de los discursos de Aveling en Aberdeen de manera decente y se arremete contra las rencillas personales (o sea, indirectamente contra Hyndman). Ayer mismo estuvo aquí Bax al instante, a recoger su reconocimiento, lo que la bruja ya había profetizado con su fina nariz tan pronto como tuvo el periódico en la mano. Hacia dónde apunta realmente Hyndman con esto no me está aún del todo claro. Lo más probable es que vea cómo su política seguida hasta ahora lo ha llevado a un callejón sin salida y que tiene que hacer un viraje. Su periódico tiene déficit, su Social Democratic Federation no recibe ni con mucho la participación en el crecimiento general del movimiento aquí que le daría derecho a asumir la dirección; su lucha de competencia con los fabianos tampoco transcurre con éxito —al contrario, sus aliados en el extranjero —Brousse y Gilles— lo han puesto en el fango y allí lo han dejado solo. En suma, sería muy posible que considerara oportuno sacar a relucir otras facetas y que quisiera acercársenos. Eso no sería en modo alguno agradable, pues yo le he dicho a todo el que quiso oírlo que H[yndman] como enemigo (donde es bastante impotente) me es mucho más querido que como amigo (donde habría que mirarle constantemente los dedos con gran pérdida de tiempo). Lo que también puede haberlo empujado a esta senda es su pérdida de toda perspectiva electoral en Chelsea, donde quería sustituir a Sir Ch. Dilke, pero donde en la elección del County-Council el candidato de recuento Quelch, adelantado por H[yndman], obtuvo sólo 153 votos y donde, desde entonces, él ha abandonado toda esperanza. En todo caso, a H[yndman] le será difícil en agosto volver a entonar en el mismo periódico el viejo tono tan abiertamente desautorizado por Bax, y si quiere hacer competencia exitosa a los fabianos, tampoco puede ni debe hacerlo. Bueno, ya veremos.

Aquí estamos ya metidos de lleno en las elecciones, y los tories y los unionistas liberales derrochan el dinero a manos llenas para equipar con fondos a candidatos obreros, a fin de que estos arrebaten votos a los liberales. Champion, que es uno de los principales agentes de los tories a este respecto, le ofreció a Aveling los medios para presentarse en Northampton contra Labouchère, pero Av[eling] naturalmente rehusó. Entre los líderes obreros reina, a consecuencia de estos cebos de dinero, una agitación tremenda, y los buenos hombres que creen poder atrapar algo se atormentan con su conciencia para hacerle ver a esta que quizás haya aún algún camino honrado por el que se pueda tomar el dinero tory sin sonrojarse —el sonrojo consiste ciertamente en la mayoría en el miedo de, en definitiva, perjudicarse ellos mismos más que beneficiarse. Cuando se sabe a qué profundidad ha penetrado aquí la corrupción parlamentaria en toda la vida política, uno se asombra sólo de que la gente tenga todavía este mínimo de pudor.

La Horlacherliesl tiene ciertamente mucho parentesco con la bruja, pero la bruja me es con todo más querida. Por mucho que Anzengruber idealice a ratos a sus campesinos austríacos y por muy desmesuradamente limitado que sea el telón de fondo sobre el que se desarrollan sus excelentes descripciones, sin embargo uno siente dolorosamente la separación de esta magnífica tribu del resto de Alemania y la necesidad de la reunificación, la cual, por cierto, sólo nosotros llevaremos a cabo.

Ahora aún me gustaría escribir unas líneas a la tenedora de libros sin sueldo, la señora Julie, para agradecerle sus últimas cartas, que desgraciadamente están aún sin contestar, pero estoy metido muy, muy hondo en el trabajo. Tengo que escribir aún dos cartas largas y algo delicadas, y luego debo volver por fin de nuevo al tercer tomo. Por eso tengo que dejar a un lado toda esa correspondencia que me da mero placer y despachar sólo asuntos de negocios. Así pues, sé mi representante ante tu mujer, para que no se enoje demasiado conmigo. Quiero compensarlo, a ser posible antes de que vaya a Berlín, pero si no, entonces allí; tanto me alegro de conocerla, sé de antemano que nos entenderemos muy bien. Así pues, cordiales saludos para ella y para ti de parte de los dos.

Tu viejo
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