en St. Gallen

Londres, 16 de abril del 92

Querido August:

Fue ciertamente una maldita decepción cuando llegó tu telegrama. Bueno, contra la enfermedad no hay nada que hacer; espero que te hayas recuperado lo suficiente como para haber soportado bien el viaje y que ahora disfrutes de los beneficios del aire alpino. Pero entonces tienes ahora también la obligación de traer contigo en mayo a la señora Julie, y yo pongo de mi parte lo mío en las líneas adjuntas, que te ruego apoyes con la mayor energía.

En lo que respecta a los parisinos, dos personas estuvieron aquí antes de que llegara tu carta. Los cité para el día siguiente, miércoles, para cuando seguro que habría una carta tuya. Cuando ésta llegó, fui donde Julius y Louise, a casa de una de esas personas —en el otro extremo del mundo—, pero no encontré a nadie; dejé recado por escrito. Por fin, el jueves por la noche vino uno (el otro ya se había ido el miércoles por la mañana), me dijo que el asunto se había aplazado por las circunstancias, y que esperaban poder arreglárselas sin vuestra ayuda, y que sólo recurrirían a vosotros en caso de extrema necesidad. Lo demás de palabra, cuando vengas; no corre prisa.

No acabamos de entender por qué quieres volver de St. Gallen otra vez al arenal del Reich¹; allí vuelves a meterte en la brega, con lo que un día tras otro se te irá escapando; tu salud se resiente de nuevo, y luego viene el médico y, al final, de sopetón, te manda a Karlsbad. Yo entusiasmado con Karlsbad —es decir, para otros, no para mí—, porque he visto cómo ayudó a Marx a ponerse de nuevo en pie; si él hubiera podido aprovecharlo ocho años antes, probablemente aún viviría. Para todos los padecimientos de estómago e hígado tiene un efecto prodigioso, y yo sería muy partidario de que en junio bebieras durante 4 a 6 semanas de esa agua-capital (capital, porque realiza plusvalía fisiológica para ti y económica para los hosteleros de Karlsbad), de lo cual luego se encargará del resto del entretenimiento el Dr. Fleckles, amigo de Marx y de Tussy —ella te hablará de él—,

113. April

que es una de las personas más ingeniosas de Europa.

Te habría escrito antes. Pero para escapar de toda mala fama póstuma, he tenido que escribir una muy mala introducción². Es una historia auténticamente inglesa. Aveling traduce mi «Desarrollo del socialismo» para una Social Series, cada uno de cuyos tomos cuesta 2,50 M. Yo digo que es un timo vender ese pequeño escrito a ese precio. No, dice Aveling, el hombre ése ya lo sabe —el editor; uno de los tomos es demasiado grueso, el otro demasiado delgado, y así siempre se obtiene un promedio (sobre todo para quien, por casualidad, sólo encuentra algo interesante en los tomos delgados). Además, el editor ha visto el original alemán, está al corriente. Bueno. El asunto se pone en marcha. Con ayuda de una letra enormemente espaciada, se logra sacar unas 117 páginas. Ahora el editor —se llama Sonnenschein, pero parece que a veces no ve ni a la luz del más radiante sol— se da cuenta de que eso no vale así y me ruega que haga un prólogo bien largo. Ahora bien, la cosa no es tan sencilla. Se supone que he de presentarme por primera vez, por así decirlo, ante un público británico culto, y para eso hay que reflexionar. Y como resultado ha salido una larga disertación sobre esto y aquello, sobre todo y sobre nada, cuyo hilo conductor unitario es una tupida mofa de la burguesía inglesa —estoy impaciente por ver qué dirá el filisteo británico al respecto. La publicaré en alemán en la «N[eue] Z[eit]»; espero que os divierta.

Así pues, para no perder el cierre del correo, Louise y yo te pedimos que saludes a Frieda y a Simon —¿acaso ellos también vendrán alguna vez a Londres?—, y seguimos con sentimientos conocidos, o respectivamente desconocidos,

Tuyo
F. E.

¹ «Reichsstreusandbüchse»: literalmente, «arenal del Reich», expresión sarcástica para referirse a Alemania o al Imperio alemán.
² Juego de palabras intraducible entre «Nachrede» (en «üble Nachrede», maledicencia, mala fama) y «Vorrede» (prólogo, introducción).