en Stuttgart

Londres, 30 de marzo de 92

Querido Barón,

Ayer tarde devolví corregido el prólogo y añadí dos líneas para la 2.ª edición. Creo que es suficiente. El viejo prólogo aún tiene una finalidad: impedir que vuelva a resurgir la patraña rodbertusiana, la cual, como todos esos artículos de moda, tiende a la periodicidad. Ciertamente, ha surtido efecto con extraña rapidez. Pero no es culpa mía que los grandes hombres que se nos enfrentan sean tipos a los que se puede dejar muertos de un golpe en dos prólogos. Además, los desarrollos económicos que en ellos se ofrecen siguen siendo muy útiles para los alemanes; la torpeza de algunos de los nuestros en la polémica económica es extraña, pero poco gratificante.

Te felicito por tu difícil alumbramiento del folleto programático. El niño se abrirá paso en el mundo. Una nueva obra de síntesis popular es siempre muy útil; a menudo se nota en los discursos cuán necesario es un curso de repaso de esta índole; y los libros gruesos, pocos pueden y quieren leerlos.

Tu queja sobre la desidia de los escritores alemanes deberías convertirla en el principio de devolver al autor, con rayas de color, los artículos que piensas aceptar, para que los mejore; así no tardarían en obrar de otro modo. Naturalmente, si la redacción es tan complaciente que les proporciona un estilo, ellos se volverán cada vez más negligentes.

Que te quejes de la correspondencia lo comprendo; hablas con un compañero de padecimientos. Pero tú eres, además, redactor y yo no, y tienes derecho a limitarte a lo puramente profesional – lo que haces de más es, por cierto, tu placer privado –, y eso es precisamente lo que yo no puedo permitirme.

A propósito, el artículo de Marx sobre Proudhon del «Social-Demokrat» de Berlín no lo he revisado en pruebas; no tuve tiempo.

En cuanto a Adler, tú sabías seguramente más que yo por Dietz. Le comuniqué, pues, tus observaciones a Louise y le pedí que me escribiera un memorándum sobre el asunto para tu uso; lo adjunto. De su discreción para conmigo deduzco, y sin duda tú también, que éste es un caso en el que a todos nosotros nos está impuesta la más estricta discreción y en el que cualquier charla imprudente podría tener las peores consecuencias. Por desgracia, hay tantas personas compasivas que, en una ocasión como ésta, no pueden callar el pico por pura compasión, y si el asunto ya se ha comentado tan desvergonzadamente en Berlín, eso es ya bastante grave.

«La situación de la clase obrera» ha salido ya por fin aquí; desgraciadamente no tengo ejemplares para enviar, pero he hecho recomendar la «Neue Zeit» a S. Sonnenschein & Co. La «Evolución del socialismo» también está ya casi terminada, pero como el librito ha resultado demasiado pequeño para el precio de 2 chelines 6 peniques (¡cosa que el asno del editor sabía de antemano!), debo hincharlo con un largo prólogo. Bueno, ya veremos. Pero éste es mi último trabajo; luego, ¡al tomo III! De Petersburgo oigo (¡entre nos!) que el «Origen de la familia» aparecerá probablemente pronto en ruso. El artículo sobre el «Socialismo en Alemania» ha aparecido ya en italiano, rumano («Critica Sociala»), inglés («The People», Nueva York), polaco («Przedświt», aquí); estas dos últimas versiones según la «Neue Zeit».

Saludos cordiales de casa en casa.

Tu

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