en Berlín

Querido August,                                         Londres, 8 de marzo de 1892

Todos nos hemos alegrado mucho de que tu jubileo parlamentario haya transcurrido tan alegremente. En cuanto a la alocución, ciertamente envié, a petición, un borrador que a mí mismo —pues tenía que tomar en consideración los desconocidos deseos especiales de una fracción de 35 cabezas que en su mayor parte me es personalmente desconocida— me pareció bastante flojo, y del cual y de su suerte no había oído hasta entonces ni una palabra. Los franceses te han hecho una, publicada en el *Socialiste* de hoy, que podía hablar con mayor franqueza.

Así que Liebknecht ha sido arrojado del estanque de ranas de Dresde. Dada la mezquindad de estos filisteos, apenas cabía esperar otra cosa. Pretextos se encuentran siempre; el afán de venganza de esos burros ha obtenido una pequeña satisfacción personal; ventajas no obtienen absolutamente ninguna. Por lo demás, el *Vorwärts* ha mejorado decididamente en los últimos tiempos.

Me alegro de que los disturbios de Berlín hayan pasado y de que nuestra gente se haya mantenido tan firmemente al margen. Un poco de tiroteo siempre podía ocurrir, y eso habría bastado para acarrearnos toda clase de incomodidades. Si se hubiera disparado en Berlín, los nacionalliberales habrían sido capaces de votar con entusiasmo la ley de escuelas primarias y de dirigir definitivamente contra nosotros las cambiantes corrientes de cólera de ciertas gentes. Aún no podemos utilizar provechosamente la masa reaccionaria única que se va preparando cada vez más; nuestro interés, en tanto no podamos hacer historia activamente nosotros mismos, es que el desarrollo histórico no se detenga, y para ello necesitamos la gresca de los partidos burgueses entre sí. Y en este sentido el régimen actual es impagable, él nos procura esta situación. Pero si se dispara demasiado pronto, es decir, antes de que los viejos partidos se hayan enzarzado más firmemente entre sí, se verán empujados a la reconciliación mutua y a un frente unánime contra nosotros. Eso es tan seguro como dos por dos son cuatro, y cuando llegue, si somos aproximadamente el doble de fuertes que ahora, ya no podrá perjudicarnos. Aunque, si ya sucediera ahora, el régimen personal se encargaría de nuevo de provocar gresca entre los adversarios. Pero mejor es mejor. Ahora la cosa marcha tan fabulosamente que sólo podemos desear una prosecución sin obstáculos.

Lo de los desempleados puede ciertamente empeorar el año próximo. El sistema de protección aduanera ha tenido exactamente los mismos resultados que el librecambio: la sobrecarga de los mercados nacionales, y en casi todas partes —sólo aquí aún no tan agudamente como entre vosotros. Pero también aquí, donde desde 1867 hemos superado dos o tres pequeñas crisis larvadas, parece prepararse por fin de nuevo una crisis aguda. Las colosales cosechas de algodón de los últimos dos a tres años (hasta más de 9 millones de balas por año) han deprimido los precios como en la peor época de la crisis de 1846 y, a la vez, presionan colosalmente sobre la producción, de modo que los fabricantes de aquí tienen que sobreproducir, ¡porque los plantadores americanos han sobreproducido! Con ello pierden dinero sin cesar, pues con la baja de los precios de la materia prima su producto, hilado con algodón caro, ya está desvalorizado cuando llega al mercado. Esa es también la causa del grito de socorro de los hilanderos alemanes y alsacianos, aunque en el Reichstag callan al respecto. Tampoco en otros ramos industriales la cosa va ya muy bien aquí; los ingresos ferroviarios y las exportaciones de productos industriales disminuyen decididamente desde hace 15 meses, de modo que también aquí el próximo invierno la situación podría volverse desagradable. Apenas cabe esperar una mejora en los estados proteccionistas continentales; los tratados comerciales pueden traer algún alivio momentáneo, pero ello se compensa en el plazo de un año. Y si el próximo invierno los mismos disturbios estallan de nuevo, a mayor escala, en París, Berlín, Viena, Roma, Madrid, y desde Londres y Nueva York resuena el mismo eco, la cosa podría volverse más seria. Pero entonces lo bueno es que, al menos en París y Londres, hay concejales que conocen demasiado bien su dependencia de sus electores obreros y que oponen una resistencia tanto menos seria a las reivindicaciones ya hoy realizables: ocupación en obras públicas, jornada de trabajo breve, salario según la demanda de los sindicatos de oficio, etc., etc., cuanto que ven en ello el único y mejor medio para preservar a las masas de peores herejías socialistas —realmente socialistas. Veremos entonces si los concejales berlineses y vieneses, elegidos por sufragio censitario y de clase, no se ven obligados, nolentes volentes, a seguir a remolque. (² de buen grado o por fuerza.)

En el *Standard* de ayer aparece un telegrama de Petersburgo: que, después del discurso de Guillermo en el Landtag de Brandemburgo, un señor le había llamado la atención sobre que a la “gloria” predicha se oponía también Rusia. A lo que Guillermo habría respondido: *I shall pulverize Russia* —probablemente: pulverizaré a Rusia. Schuwalow lo habría oído y, después de haberse cerciorado de la autenticidad de la noticia, se lo comunicó a su emperador. Alejandro habría entonces, en la primera ocasión, llamado a Schweinitz y le habría encargado: Decid a vuestro emperador que si vuelve a tener ganas de pulverizar a Rusia, yo le enviaré con mucho gusto medio millón de soldados a la frontera.

El sábado, Rusia ha obtenido aquí en Londres una victoria que, sin embargo, ahora ya no le sirve de nada. En las elecciones para los consejos de condado (en Londres se llama consejo de condado a lo que en otras partes es el consejo municipal), los liberales han conseguido una victoria totalmente clamorosa, y ya no hay duda, si es que alguna vez la hubo, de que Gladstone llegará al timón tras las nuevas elecciones parlamentarias. Pero Gladstone es un fanático amigo de los rusos y antiturco y antiaustriaco, y su llegada al gobierno habría sido un nuevo motivo de guerra para Alejandro, pues habría significado la neutralidad benévola de Inglaterra y, al mismo tiempo, la presión de Inglaterra sobre Italia para mantener a ésta igualmente neutral. El hambre y, esperémoslo, los conflictos internos que de ella se derivan en Rusia quitan el aguijón a todo eso, a no ser que ocurran locuras, las cuales a este y al otro lado de la frontera rusa nunca son del todo imposibles.

Por lo demás, para el interior del país, la victoria de los liberales no significa absolutamente nada. Los conservadores sólo valen algo cuando tienen a la cabeza a un tipo como Disraeli, que lleva a todo el partido de la nariz y le hace hacer lo contrario de lo que realmente quiere. Los actuales jefes son unos auténticos burros y currutacos, que se dejan hacer el programa por los jefes locales del partido, es decir, los más tontos de los tontos. Además, desgastados y apagados por seis años de gobierno. Tiene que haber cambio, y eso es también, a fin de cuentas, todo lo que significa toda la farsa.

Ede me cuenta que Mehring le ha escrito que ni la *Neue Zeit* ni el *Vorwärts* toman la menor nota de su Anti-Richter, ni tampoco el resto de la prensa del partido, y que eso es imperdonable; que tiene ganas de retirarse de toda la política, etc. Comprendo que estos usos socialdemócratas le resulten muy fatales a un autor avezado a las triquiñuelas literarias —no es un reproche, pues en la prensa burguesa, incluso la meramente literaria, eso no solo es regla, sino condición de existencia—, es decir, a un hombre que se ha hecho grande en la prensa no socialdemócrata. Pero entonces todos nosotros tendríamos que elevar también un lamento; a ti, a mí, a todos los demás nos pasa lo mismo. Y a pesar de ello, por desagradable que esto pueda resultar a veces para el individuo, considero esta desdeñosa indiferencia de nuestra prensa como una de sus mayores virtudes. Las cosas de Mehring se compran y se leen, sin que el *Vorwärts* las promocione, y es mejor no hacer propaganda para nada, que hacerla para tanta bazofia del partido que, por desgracia, también se echa al mundo. Y si se destaca una cosa, entonces, según la conocida decencia democrática, se exigiría también para todo lo demás “igual derecho para todos”. En ese caso prefiero soportar la igualdad de derechos del no ser mencionado.

Pero lo que vuestra gente podría hacer: concertar con la editorial de Mehring un arreglo económico para anunciar con frecuencia y regularidad. Pero eso sería nuevamente la ilimitada torpeza comercial que nuestros periodistas llevan en los huesos.

Por cierto, estos días cayó en mis manos la *Deutsche Sozialdemokratie* de Mehring, 3.ª edición, y he repasado la parte histórica. En “Capital y prensa” se ha quitado de encima ese incidente con cierta ligereza, ciertamente. Pero a nosotros nos puede venir bien, no tenemos por qué guardarle rencor; si él tiene algo que reprocharse a sí mismo, es cosa suya, no nos atañe. Yo, en su lugar, habría reconocido abiertamente el giro; en ello no hay absolutamente nada bochornoso, y uno se ahorra mucha gresca, disgustos y tiempo. Por lo demás, sería un desatino si realmente pensara en retirarse de la política; con ello sólo haría un favor a los poderosos y a los burgueses; sus editoriales en la *Neue Zeit* son realmente magníficos, y nosotros los esperamos siempre ansiosamente. No hay que dejar que semejante empuje se enmohezca o se despilfarre en míseros literatos.

Siegel nos ha gustado mucho a todos. He aquí de nuevo un obrero alemán con el que uno puede dejarse ver ante todas las demás naciones. No se le puede tomar a mal que se haya ido para escapar a las persecuciones, totalmente excepcionales por su dureza y sistematismo. Los mineros, precisamente porque acaban de ingresar en el movimiento, son perseguidos con especial saña, y las víctimas no pueden contar aún con el apoyo de los compañeros de oficio —por la misma razón, la solidaridad no está aún reconocida en todas partes. Cunninghame-Graham y Keir Hardie le han procurado trabajo en Escocia, su familia viene detrás; la compañía en la que trabaja le adelanta el dinero y se lo descuenta del salario. Pero ahora le resultará duro amortizarlo. Yo le he dado cinco libras para el viaje a Escocia y el primer establecimiento, pero difícilmente puedo hacer más. ¿No sería conveniente que vosotros le concedierais un subsidio, digamos de 100 a 150 marcos? He leído las cartas de Schröder dirigidas a él; de ahí difícilmente tiene nada que esperar. Meditad el asunto.

Por el adjunto papelucho de cocina de brujas verás que tu mayonesa de langosta, para decirlo con Arnold Ruge, con “la fuerza del verdadero curso” comparecerá en el mundo a su debido tiempo, y luego en el momento de la desaparición que le sigue. Esperemos que este proceso dialéctico se corone luego con una negación de la negación que transcurra sin perturbaciones.

Un cordial saludo.

Tuyo,
F. E.

El 10 de abril es Domingo de Ramos. El 8 a más tardar puedes salir de viaje y entonces estarás aquí el 9 por la tarde, sábado, a más tardar. Eso sería lo mejor y más cómodo. Para el discurso de la Corona no te necesitan. Así que te esperamos aquí el día 9.