en Viena

Londres, 19 de febrero del 92

Querido Victor:

Hace poco, cuando por fin quería contestar tu carta desde Saló, se me atravesó un grave contratiempo. La traducción de Aveling de mi «Desarrollo del socialismo», que yo debía revisar previamente en manuscrito, había sido ya compuesta, por malicia o estupidez o ambas cosas del editor, y me llegó en revisión ya terminada, compaginada y paginada. Con la legislación de aquí, que entrega al escritor atado de pies y manos al editor, me arriesgaba a que la cosa saliera al público en esa forma y me pusiera en ridículo para siempre, pues el manuscrito no era más que un burdo borrador. Así que tuve que dejarlo todo de lado hasta que la cosa estuviera revisada y el editor se viera obligado, por vías indirectas, a resignarse a los costes que él mismo había causado. Bueno, eso ya lo hemos superado en lo esencial, y el primero que recibe respuesta eres tú.

Nos ha alegrado muchísimo saber que tu mujer está mejor y que cabe esperar con seguridad el restablecimiento. En verdad tienes bastantes fatigas y trabajo, y el movimiento austriaco necesita demasiado tu plena fuerza como para que no hayamos respirado con alivio ante la noticia de que aquí, al menos, se te ha quitado la peor de las preocupaciones. Pero nos permitirás también que nos alegremos, no sólo como gente de partido, sino también como amigos personales tuyos, ante la perspectiva de que en poco tiempo te sea devuelta tu mujer en plena salud y de que una mujer tan magnífica como tu Emma no sucumba al terrible destino que por un momento pareció amenazarla.

Pero el que bajo tales circunstancias caigas en un estado de ánimo que tú mismo describes como de abatimiento trasnochado no es sino demasiado comprensible. Entretanto, las circunstancias os han ayudado a vosotros los austriacos a superar el punto muerto que, no sin razón, temías. La proyectada remodelación de la Gran Viena os ha proporcionado el asidero que tú, con tu tacto habitual, has tomado de inmediato y has explotado correctamente según el modelo que Vaillant y los nuestros presentaron por primera vez al Consejo Municipal de París. (Los posibilistas no hicieron otra cosa que acelerar su imposición en el Consejo Municipal, vendiéndose como contrapartida en otros asuntos a los radicales burgueses, con lo que, por astuta necedad, nos hicieron un favor y además se prepararon su propia ruina.) Así que no me queda claro adónde debo darte el «codazo» del que escribes a Louise, o que incluso me exiges. Los franceses tienen un don especial para dar a tales reivindicaciones la forma política correcta, y eso es lo que ha ocurrido en este asunto. También aquí las reivindicaciones francesas han sido en parte aceptadas ya por el London County Council, y en parte figuran en los manifiestos electorales de todos los candidatos obreros. Mira el «Workman’s Times» de las últimas tres semanas. Como el 5 de marzo tienen lugar aquí las elecciones al County Council, estos manifiestos desempeñan por el momento un gran papel, y el «Workman’s Times», que espero recibas con regularidad, te ofrece de todo material de agitación. Y la cosa merece ser explotada a fondo, en primer lugar por la agitación en general y por los éxitos puntuales siempre posibles, pero luego también en especial para eliminar el odio, de otro modo seguro, entre los obreros vieneses y los culis hambrientos y abaratadores de salarios importados. Este punto lo has destacado tú particularmente bien.

Ya conseguiréis con el tiempo vuestro diario, pero tendréis que crearlo en lo esencial por vosotros mismos. Con vuestra legislación de prensa, el paso de semanario a diario me parece muy grande, exige piernas largas y fuertes y os entrega, de un modo muy distinto al de hasta ahora, en manos del gobierno, que intenta arruinaros financieramente por medio de multas y costas. En esto se demuestra una vez más la astucia —en los detalles cada vez mayor— de vuestro gobierno; los prusianos son demasiado estúpidos para eso y se fían de la fuerza bruta. Vuestros estadistas sólo son estúpidos cuando han de hacer algo grande. Me pregunto si podríais sostener un diario seis meses contra los costes de las sanciones, y si tuviera que desaparecer, la derrota sería difícil de superar.

Pero para poner yo en todo caso lo de mi parte por los austriacos, he reflexionado que, como mis honorarios por las cosas que aparecen en la editorial Vorwärts confluyen de todos modos, con una seguridad imposible de impedir, en la caja del partido alemán, a vosotros os corresponden todos los honorarios por las cosas que aparezcan en Dietz, y he instruido en consecuencia al susodicho Dietz.

Rudolf Meyer me da pena; según tu relato y la noticia recibida después de que está en Moravia en vez de en Palermo, debe de irle muy mal con su diabetes. Con toda su prodigiosa, y a menudo cómica, megalomanía, es el único conservador que ha arriesgado algo por sus planes socialdemagógicos y sus simpatías socialistas y se ha marchado al exilio; donde luego ha comprobado que los aristócratas austriacos y franceses son, ciertamente, mucho más gentlemen en el trato social que los junkers piojosos prusianos, pero por lo demás deliran por sus rentas de la tierra y sus arribismos, etc., con la misma obstinación. Ha llegado al punto de que, como único conservador auténtico que ha quedado, busca ahora en vano gente con la que fundar un partido realmente conservador.

Por lo demás, las cosas toman un cariz crítico. En el Reichstag alemán hay una crisis bastante considerable, Wilhelmchen parece querer probar una vez su regis voluntas e incluso empuja a la oposición a los pobres diablos del partido nacional-liberal; el conflicto flota ya un poco en el ambiente. A esto se suma en Francia la crisis ministerial, que es muy importante para nosotros —porque Constans es la encarnación del odio a los obreros y su caída modifica no pocas cosas en el interior, y porque además el reiterado tambaleo de los ministerios franceses resulta muy fastidioso para la alianza rusa, que de todos modos se va a pique.

En el interior. ha aparecido en «Critica Sociale».

Louise escribe lo adjunto. Ha estado todo el día desprendiendo oxígeno —sobre el papel, estudia química bajo las circunstancias agravantes de los manuales ingleses y de la falta de experimentos…