en Zúrich

Querido Schmidt:                                              Londres, 4 de feb. de 92

De acuerdo con su carta del 12 de dic., el 19 del mismo mes vaciamos un vaso a la salud de usted y de su joven esposa, y al día siguiente, domingo, después de la comida, lo confirmamos solemnemente con los Aveling, con un noble oporto de 1868. Espero que esté usted ya instalado cómodamente en su casa de Zúrich y que encuentre que se vive mejor en pareja que solo.

Muchísimas gracias por su artículo contra Wolf.¹ Pero él me obligó a leer también la obra de Wolf, que yo había guardado tranquilamente en el armario, a la espera de tiempos peores.² Como este hombre opina que la lengua alemana solo sirve para ocultar su falta de ideas, cuesta un cierto trabajo leer este despropósito; sin embargo, pronto se descubre la nada que se oculta tras él. Usted ha expuesto lo principal con toda exactitud y claridad, y ha hecho muy bien dejando a un lado todas las cuestiones accesorias; estas no se ponen ahí más que con el propósito de que uno se encarnice en ellas y descuide el error principal. Ya había visto yo, por un artículo de la *N[eue] Fr[eie] Presse*, que este hombre es un genio de la estupidez económica, donde busca hacer todavía más confusa la cabeza de los burgueses vieneses de lo que ya la tienen. Pero esta vez ha superado incluso mis expectativas.

Reduzcamos su argumento a expresiones matemáticas: C₁, C₂, dos capitales globales, cuyos componentes variables respectivos = v₁, v₂ y cuyas respectivas masas de plusvalía = m₁ y m₂. Con igual tasa de ganancia para ambos (ganancia y plusvalía puestas provisionalmente como iguales), vale, pues: C₁ : C₂ = m₁ : m₂. Ahora bien, para establecer las tasas de plusvalía necesarias bajo este supuesto, multiplicamos un lado de la ecuación por v₁/v₁ = 1 y el otro por v₂/v₂ = 1; por lo tanto:

C₁ / C₂ = m₁ / m₂  ·  v₁/v₁  :  v₂/v₂

Llevando los respectivos factores al otro lado de la ecuación, donde la fracción queda invertida, obtenemos

C₁/v₁ : C₂/v₂ = m₁/v₁ : m₂/v₂

o, lo que es lo mismo, las tasas de plusvalía, para producir la tasa de ganancia igual al estilo de Wolf, deben comportarse como los respectivos capitales globales divididos por sus componentes variables. Si no lo hacen, la tasa de ganancia igual wolfiana se va al traste. Pero que 1. pueden hacerlo y 2. deben hacerlo siempre, era el hecho económico que el señor W[olf] tenía que demostrar. En lugar de ello, nos brinda una deducción que contiene lo que hay que demostrar como premisa. Pues la igualdad de las tasas de plusvalía no es, como se ve, sino otra forma de la igualdad de la tasa de ganancia.

Ejemplo: C₁ = 10, v₁ = 4, m₁ = 10; C₂ = 100, v₂ = 10, m₂ = 10. Tenemos C₁/C₂ = 10/100 = 1/10 y m₁/m₂ = 10/10 = 1; por lo tanto, 1/10 = 1, lo cual encaja.

Ahora bien, creo, no obstante, que usted va demasiado lejos al afirmar la igualdad incondicional de las tasas de plusvalía para toda la gran producción. Los resortes económicos que imponen la igualdad de la tasa de ganancia son, según creo, mucho más poderosos y actúan más rápidamente que los que presionan hacia la igualación de la tasa de plusvalía. Sin embargo, la tendencia existe, y las diferencias son, en la práctica, solo insignificantes; y, en último término, todas las leyes económicas no son sino expresiones de tendencias que se imponen de manera gradual y se entrecruzan mutuamente.

Cuando llegue el turno del prefacio al tomo 3.°,² el señor J. W[olf] vivirá su alegría.

Me alegra sobremanera que usted haya comenzado su actividad docente con tan alentador éxito; espero que siga así. Al señor Wolf le causará especial alegría... se lo tiene bien merecido.

Es ciertamente muy bueno que algunos de esos estudiantes descontentos con los asuntos del partido reanuden sus estudios. Cuanto más aprendan, tanto más tolerantes se volverán hacia las personas que ocupan una posición real de responsabilidad y se esfuerzan por desempeñarla a conciencia, y con el tiempo acabarán por comprender también que, cuando se persigue un gran objetivo y hay que mantener unido el ejército de millones que para ello se requiere, es preciso no perder de vista lo principal y no dejarse despistar por quisquillosidades secundarias. También es probable que descubran que la «cultura» de la que tan orgullosos se sienten deja todavía mucho que desear en comparación con los obreros, y que estos poseen ya de manera instintiva, «inmediata», a la manera de Hegel, aquello que ellos solo adquieren con gran esfuerzo. La vergüenza que pasaron los «jóvenes» en Érfurt³ fue, por lo demás, lastimosa, y su periódico⁴, por lo poco que he visto de él, no es más que un pálido calco del anarquista *Autonomie* de aquí.

Cuando tropiece usted con el «terreno pantanoso» en Hegel, no se entretenga en él; seis meses más tarde descubrirá usted en ese mismo terreno pantanoso piedras firmes para pisar y lo atravesará sin dificultad alguna. La cerrada sucesión escalonada del desarrollo de los conceptos pertenece en Hegel al sistema, a lo perecedero, y yo la considero lo más débil —aunque también lo más ingenioso—, pues en todos los puntos difíciles se las arregla con un juego de ingenio: positivo y negativo van a la ruina y por eso conducen a la categoría de fundamento (*Encicl[opedia]*). En cada lengua habría que hacerlo de distinta manera. Traduzca usted la secuencia de la doctrina de la esencia a otro idioma, y las transiciones se harán, en su mayor parte, imposibles.

Muchos saludos de

su

F. Engels