en Barmen

Londres, 28 de enero de 1892
Querido Hermann:

Creo que ya va siendo hora de que dé de nuevo una señal de vida, tanto más cuanto que se presenta una leve ocasión comercial para ello. En tu última cuenta corriente me has abonado 79,40 marcos de F. E[ngels] & Co.; ¿se trata probablemente del desembolso por el poder notarial y consular certificado a petición de Rudolf? Por lo demás todo parece cuadrar.

Luego quisiera pedirte que me digas cuál es hoy realmente el valor de las acciones del Schaaffhausen que tengo depositadas entre vosotros, es decir, la cotización y el importe nominal de mis acciones; fueron reducidas una vez, y ya no sé exactamente cuántas tengo, y bien podría ocurrir que prefiriera deshacerme de esos trastos.

Por lo demás, no puedo quejarme; mi salud va bastante bien, mi debilidad visual se ha aplacado bastante y solo requiere la precaución de no escribir con luz artificial, cosa que en invierno es ciertamente molesta. Comer y beber me sigue sabiendo bien, caminar puedo todavía con bastante soltura y paso por ser uno de los viejos más jóvenes de Londres. Por el contrario, tengo que restringirme mucho con el fumar, ya que eso, así como el buen vino y, por desgracia, también la cerveza de Pilsen, me desarreglan un poco los nervios del corazón y me perturban el sueño. Pero eso solo dura desde año nuevo hasta la primavera; tomo sulfonal una vez a la semana, y así voy tirando también durante esta mala época —el sulfonal es enteramente de Bayer en Elberfeld—, y en cuanto mejora el tiempo y puedo estar más al aire libre, vuelvo a encontrarme mejor, y luego llega el verano, y entonces me lanzo al mar una y otra vez, y vuelvo a estar en plena forma. El verano pasado estuve primero cuatro semanas en la isla de Wight, y luego catorce días en Escocia e Irlanda, la mayor parte del tiempo en el agua, que es lo que mejor me sienta desde que se acabó lo de montar a caballo. Si aquí pudiera montar en invierno y navegar en verano, estaría sin falta otra vez en plena forma. Como eso no es posible, tengo que conformarme con escalar el Chimborazo londinense, llamado Hampstead Heath, que está más o menos a la misma altura sobre el mar que tu casa en Barmen, es decir, unos 150 metros. Afortunadamente, eso basta también en caso de apuro para mantener el buen humor.

De la gripe me he librado hasta ahora afortunadamente, pero aquí es una verdadera plaga; la gente de mi calle cae como moscas, aunque la mayoría se repone al final; pero parece ser una enfermedad miserable, la gente se vuelve toda tan terriblemente melancólica que a uno se le quita el apetito.

Pero ahora tienes que contarme tú también qué tal andáis por ahí, qué hacéis tú y Emma, y todos los hijos y los hijos de los hijos, Rudolf, Hedwig y su no escaso accesorio, los Blank, los Engelskirchen y toda esa incontable bandada que desde aquí ya ni siquiera puedo abarcar con la vista. Desde que Rudolf Blank se fue de aquí, no oigo absolutamente nada más, sobre todo porque los casamientos y la bendición de los hijos parecen haber adoptado un ritmo más lento; antes ésas eran unas marcas de piedra bastante seguras por las que se podía medir más o menos lo que pasaba entre vosotros.

Con cordiales saludos para Emma y todos los tuyos, los de Rudolf, Hedwig & Co. & Co.,

Tu viejo

Friedrich