en Stuttgart

Querido Kautsky,                                                      Londres, 3 de diciembre de 1891

Tu carta del 30/10 ha permanecido largo tiempo sin contestar; la culpa la tiene el tomo III*, en el que estoy sudando de nuevo.

* del «Capital» — ? familiarizado

Estoy precisamente ahora en la parte más difícil, los últimos capítulos (unos seis a ocho) sobre capital dinerario, bancos, crédito, etc., y una vez metido en ello tengo que seguir sin interrupción, repasar de nuevo la literatura, en fin, estar bien *au fait*?, para —probablemente— poder al final dejar las cosas en su mayor parte tal como están, pero con la seguridad absoluta de no haber hecho ninguna tontería ni en lo positivo ni en lo negativo.

Por los informes relativos a Erfurt[22] te doy las gracias más sinceras; me han sido valiosos en muchos aspectos, y en particular son interesantes las negociaciones en la comisión del programa. Tú llamas al proyecto de la directiva su proyecto, el de Liebknecht, y Bebel me ha enviado todo el material genético-evolutivo de este proyecto[!!]; de él he visto que en cada etapa desaparecía un buen trozo del primer trabajo de Liebknecht y era sustituido por frases de Bebel, hasta que al final no quedó casi nada, si es que quedó algo. Pero lo que permaneció fue la falta de conexión y la coordinación laxa de las distintas proposiciones, introducida por la consideración hacia el trabajo de Liebknecht, y eso fue lo que dio a tu proyecto[223] la ventaja que cualquiera debía reconocer a primera vista, y lo que, junto al abierto reconocimiento de este hecho por parte de Bebel, se impuso también de inmediato entre los demás.

Las investigaciones más recientes, que han dejado anticuado el capítulo de Marx sobre la tendencia histórica de la acumulación capitalista[], proceden en todo caso de Geiser, quien en Breslau pasa por una verdadera autoridad científica. Pero también es posible que Liebknecht, en el apuro (pues evidentemente no sabía que esas frases procedían de *El Capital*), soltara la primera «pamplina», como él suele decir, que le pasó por la cabeza.

En cualquier caso, la parte teórica del programa puede ya dejarse ver en todas partes; lo principal es que no haya en ella nada objetable en el plano teórico, y eso se ha conseguido en lo esencial. Las reivindicaciones prácticas presentan diversos peros; algunas parecen —aplicadas a las circunstancias actuales— pequeñoburguesas, pero ante nuestra actual posición de poder puede responderse con razón que seguramente no se llevarán a la práctica hasta que lleguemos al timón, y que entonces cobrarán un carácter totalmente distinto. Así ocurre con la asistencia jurídica gratuita; la jornada laboral de seis horas hasta los 18 años tendría desde luego que haberse incluido; igualmente la protección de la mujer contra el trabajo nocturno y de 4 semanas antes hasta 6 semanas después del parto, como mínimo.[239]

Me da pena Liebknecht, por tener ahora que elogiar el nuevo programa, cuando ante todo el mundo ha quedado bien claro que no ha tenido en él ni arte ni parte. Pero él mismo se buscó el puesto, ¿qué se le va a hacer?

Lo que dices del discurso de Tölcke era nuevo para mí y muy interesante.[30] El trabajo de Ede[?] ha espoleado a los viejos lassalleanos hacia una gran ofensiva, después de que ya la carta de Marx[?] los sacara de la tranquilidad de espíritu de la obligatoria adoración de Lassalle. También Jacob Audorf, el descubridor de la audaz senda que nos ha guiado el barón Itzig[40] (como Marx solía llamar a ese hombre), ha lanzado indignados gritos de guerra en la charla dominical del *Hamburger Echo*. Pero ya no prende. Por lo demás, Ede se ha enfurecido por las críticas de Bebel, etc., mucho más de lo necesario; Bebel fue muy racional y solo exigía que se obrara en la forma de tal modo que al público que venera la tradición de Lassalle no se lo espantase de antemano y no se diese a los viejos lassalleanos un justo motivo de queja. A ello vino a sumarse la mala pata de que Ede metiera aquella nota sifilítica, ciertamente superfluísima (porque un «probablemente» la transformó en un trozo de chismorreo)[?] y de que los señores censores de Berlín pasaran por alto dicha nota hasta que ya fue demasiado tarde. Este hecho, el de haber echado a perder el asunto, los puso ciertamente por un momento en una gran cólera aquilea, y ahí Ede tuvo ciertamente que expiar, con la recepción de algunas cartas indignadas, ese lapsus, suyo y más aún de ellos. En todo este procedimiento, naturalmente, lo he secundado en la medida de mis fuerzas.

La prensa adversaria vive de la contraposición del Lassalle nacional contra los socialdemócratas sin patria. Así pues, se guardará de abordar un libro en el que la leyenda del Lassalle nacional queda tan a fondo destruida.

El trabajo de Ede es realmente muy bueno y me ha alegrado mucho; surtirá en Alemania el debido efecto —con el tiempo— y, una vez concluida la edición, debería ser también impreso por separado, o bien ser elaborado ulteriormente por Ede, despojándolo de su finalidad específica. Para entonces estaremos ya tan lejos que eso funcionará perfectamente. También aquí surtirá buen efecto; los burgueses de aquí, con su barniz socialista, intentan también fabricar una leyenda a favor de Lassalle contra Marx.

La carta de Labriola escrita a Tussy le echaré otra ojeada. Mi impresión es que es mejor que no se publique. Labriola está muy descontento con la marcha de las cosas en Italia; no sé si no tiene que ver con ello la decepción de que su entrada en el movimiento no haya producido de inmediato un cambio y un auge. Por lo que recuerdo, la carta era tal que provocaría docenas de réplicas. Es cierto que allí ocurren cosas asombrosas.

Lamentarás que Lafargue deje Pelagie para ir a la Cámara*. Ello te privará de más de un buen artículo.

Addio.

Tuyo,
F. E.

Los artículos de Plechanow son excelentes.[38]