en Berlín

Londres, 2 de diciembre de 1891

Estimada señora Liebknecht:

Reciba mi más cordial agradecimiento por sus amables deseos con motivo de mi enésimo cumpleaños; los mismos se hallan, al menos por el momento, bastante bien cumplidos, ya que me encuentro en un estado de salud corporal y disposición de ánimo gratamente satisfactorio y quiero esperar que así continúe. Hemos pasado el día muy alegremente, las felicitaciones llegaron abundantes por todos lados, también los señores Motteler nos visitaron cuando estábamos en el vermú matinal, pero por la noche estuvimos en casa de Tussy, donde también se hallaban los Bernstein. Con ello se malogró una serenata que los cantores de la asociación obrera¹ querían brindarme, según supe hasta el sábado por la mañana; desgraciadamente no pude comunicárselo antes a los señores. En el fondo no me disgustó que sucediera así; siento una arraigada aversión contra tales manifestaciones, a las que uno no puede sustraerse cuando tiene que actuar como agitador, orador popular o diputado del Reichstag, pero de las que hasta ahora he logrado zafarme felizmente y espero seguir zafándome también en lo sucesivo.

Por lo demás, nada particularmente nuevo ocurre aquí; Tussy goza de la fama, no del todo inmerecida, de dirigir la Unión de los Trabajadores del Gas y Jornaleros², y la semana anterior a la anterior estuvo ocho días en el norte de Irlanda para hacer agitación; pero, además, estos trabajadores del gas son unos tipos estupendos y su unión es con mucho la más avanzada de todas; a la vez entienden tan bien la agitación «por vía legal» que hace año y medio, en Leeds, en dos batallas en toda regla, primero con la policía, después con la policía y los dragones, obtuvieron la victoria y obligaron al concejo municipal, al que pertenece la empresa de gas, a capitular.³ Como viejo soldado, puedo extender al comandante en dichas batallas, Will Thorne, que es el secretario general de la unión, el testimonio de que no encuentro el menor reparo que poner ni a sus disposiciones estratégicas ni a las tácticas.

Por lo demás, vivimos aquí algo más tranquilos que en la época en que funcionaba el «Sozialdemokrat».⁴ Aparte de los Aveling y los Bernstein, vemos a poca gente; los Motteler salen poco, los Mendelson están ocupados los domingos por la noche en su club polaco y desde marzo pasado Pumps y su familia viven en Ryde, en la isla de Wight, donde su marido tiene un negocio de agencia. De vez en cuando voy a visitarlos; en julio estuve allí cuatro semanas con Schorlemmer,⁵ justo en la época en que se hallaba allí la flota francesa, cuyos buques blindados de la más moderna construcción prefiero con mucho a los ingleses, en la medida en que cabe juzgar por las apariencias externas. Pumps vive muy agradablemente, en una casita a unos veinte minutos a pie de la ciudad, en pleno campo, lo que naturalmente es de grandísima ventaja para los niños. A ella le gusta mucho la vida allí, y si, como es de esperar, su marido progresa en aquello, será ventajoso para todos ellos el haber cambiado el aire de Londres por el aire marítimo. La isla de Wight es realmente agradable y a trechos incluso hermosa; se puede circunnavegarla en barco de vapor en siete horas, un viaje muy bonito, con un riesgo de mareo de unas dos horas y media para quien sea aficionado.

Le ruego entregue a Liebknecht las notas adjuntas y que, en mi nombre, le agradezca cordialmente a él, así como a su hijo⁶, sus felicitaciones.

Espero que siga usted encontrándose a gusto en Berlín y que su salud le permita disfrutar en todos los sentidos de las amenidades de la «capital del Reich». Guárdeme entretanto en su amable recuerdo.

Suyo sincero,

F. Engels

Louise envía igualmente los mejores saludos a usted, a Liebknecht y a la familia.

⁶ Theodor Liebknecht