en Berlín

Londres, 1 de diciembre de 1891

Querido August:

Por fin, después de tres días de expansiones, el humor del cumpleaños se habrá evaporado lo suficiente como para que pueda volver a escribir una carta medianamente sensata. Así pues, en primer lugar, el asunto de L[afargue] está en orden. Laura me escribe hoy —L[afargue] ha ido a Lyon y sólo estuvo en París el sábado unas horas por el examen de su elección—: «Paul me autoriza a decir, 1.° que él confirma su carta a ti» (véase más abajo); 2.° «que la reunión en Burdeos, en la que habló, era privada» —una asamblea a puerta cerrada de miembros del Partido Obrero— «; que no se admitió a ningún periodista y que no existe acta oficial de las deliberaciones; 3.° las expresiones incriminadas son invención de un periodista que bordaba sobre el texto de un artículo publicado por Ranc» (que adornó el contenido de un artículo de Ranc); 4.° «las palabras empleadas por Paul fueron éstas: “Yo insistía en la continuación de la guerra, porque, según las noticias de que disponía, Alemania no estaba en condiciones de resistir mucho más tiempo.”» Ella añade: «de planes gestionados por alemanes o por mediación de alemanes no se dijo palabra; en general, Paul declara que durante la duración de la guerra no recibió comunicación alguna de Alemania. Y Paul dice además que suscribe tus exigencias y que no sólo las suscribe, sino que también desafía a toda contradicción contra su afirmación anterior.» (Le Perreux, 28 de nov., recibida hoy.)

En la carta a mí (Lyon, 26 de nov.) dice L[afargue] que el contenido de su discurso fue tal y cual: la Internacional en todos los países había considerado su deber impedir en 1870 el aplastamiento de la república francesa por las tropas de Bismarck; mientras que los demás internacionales habían combatido bajo Garibaldi, los alemanes protestaron contra la continuación de la guerra y el robo de Alsacia-Lorena.

Mis exigencias, que él suscribe, eran las de un rechazo incondicional y sin reservas de las expresiones que se le atribuían y de su contenido. Ahora vosotros las tenéis pues a vuestra entera disposición.

Con esto, la piedra se habría retirado felizmente. Gracias a la colosal estupidez de nuestros adversarios, esta probabilidad de escándalo se ha desvanecido y está ya enarenada. Si ahora tuviera que surgir algo más, vosotros estáis armados y los atacantes quedan miserablemente en ridículo. Pero a todos nosotros nos ha costado aquí un sudor honrado, puedo decírtelo, mientras duró esta incertidumbre: si algún reptil no mordería el anzuelo del asunto, antes de que supiéramos qué responder y cómo probar la falsedad. ¡Pero qué burros! El domingo decía aún Tussy: ¡si nos llegara a nosotros una noticia tal sobre los adversarios, cómo se la habría trabajado!

El incidente con G[uillermo] II en Potsdam... he leído... ¿de qué se trataba? El asunto parece desarrollarse en efecto con velocidad creciente, y en tal caso todo síntoma es interesante. En los periódicos de aquí se dice que vuestro emperador, a causa del descortés viaje de paso de Alejandro, quiere renunciar a todas sus comandancias honorarias en el ejército ruso. A mí me parece que los rusos quieren inducirlo a golpes precipitados, con lo que él pasaría a aparecer como el perturbador de la paz y ellos podrían entonces, siendo relativamente inatacables y pudiendo llevar el juego hasta el extremo límite, hacer que se les compre la paz mediante concesiones acrecentadas. Que apunten realmente a la guerra lo considero imposible. El empréstito francés fracasado, apenas 12 millones de libras en lugar de 20; el hambre desarrollándose de manera insospechada en extensión e intensidad; la sementera de invierno casi destruida por falta de simiente y por la inclemencia del tiempo; en las provincias más fértiles, ganado y caballos muriendo o siendo sacrificados en masa por falta de forraje, y con ello paralizada por años la labor del campo; todas estas son cosas que, en un país semibárbaro como Rusia, cortan al ejército toda perspectiva de acción exitosa. Pero todo esto no impide que los rusos sigan actuando políticamente como si pusieran rumbo a la guerra; su situación estratégica y su fluidez en el traicionar a sus amigos se lo permiten. Naturalmente, el plan puede salir mal y de ahí los masivos armamentos y concentraciones de tropas que, incluso si la cosa acaba pacíficamente, actuarán también como instrumento de presión diplomática.

Dios mediante. Al Tratado Triple basado "en el estado de posesión actual", Rusia y Francia le oponen una Alianza Dual que tiene un "principio mucho más elevado: ¡el mantenimiento de los tratados!". Eso dicen los periódicos. Así, Francia, que quiere romper el Tratado de Fráncfort, ¡declara quererlo sostener con ayuda de Rusia; y Rusia, que rompe por costumbre todos los tratados, se alía con esa misma Francia para su observancia inquebrantable! Qué estúpidos creerán estos señores que es el público al que se dirigen.

¡Tu discurso sobre el presupuesto fue brillante! —a juzgar por el «Vorwärts»; envíanos, pues, la versión taquigráfica. La alusión a nuestros soldados fue del todo oportuna. ¿Para qué callar cosas que nuestros adversarios saben tan bien como nosotros?

El que no venga Carl H[irsch] no lo considero ninguna desgracia. No quise decir nada cuando el asunto se hubo arreglado, pero dije en seguida aquí que eso no iría bien. H[irsch] no es solo terco, sino también está amargado sin motivo, porque cree que la redacción del «S[ozial]demokrat» le fue arrebatada indebidamente, y, a decir verdad, creo que en esto guarda más rencor contra Marx y contra mí que contra vosotros. Pues recordarás que él quería que nosotros lo instáramos a aceptar, y no se nos ocurrió hacerlo. En todo caso, se retiró en seguida de la actividad y desde entonces ha acumulado seguramente una buena dosis de resentimiento y caprichos, y ya por esto creo que sería mejor que él se librara primero en otra parte de este estreñimiento del ánimo, donde gradualmente recobre una disposición normal de pensamiento y entonces vuelva a rendir algo. Pero lo que sí creo seguro es que L[iebknecht] y él no habrían resistido juntos seis semanas sin ruptura. Schoenlank tiene también sus manías; por lo que puedo juzgar, es demasiado desaliñado para ofrecer la resistencia necesaria, y pronto acumularía tal cantidad de pecados de desidia que se encontraría a su pre-redactor convertido en un verdadero superior. Bien, habrá que esperar a ver cómo marcha; difícilmente puede ir a peor.

Vosotros comparáis siempre la situación en Alemania con la de 1787-88 —se parece todavía mucho más a la de 1847 en Francia, los escándalos que hicieron caer a Luis Felipe: Teste, el ministro sobornado; el duque de Praslin, asesino de su mujer; un edecán del rey sorprendido haciendo trampas en el juego de naipes en las Tullerías; Fould, que había sobornado gravemente para obtener la Legión de Honor, etc., etc. Lo cómico es que entre vosotros se fantasee con una crisis bancaria; los pocos firmas de tres al cuarto que han quebrado por ahí están totalmente al margen del verdadero negocio del mercado mundial, son intermediarios bancarios para funcionarios, oficiales, nobleza terrateniente, pequeños burgueses, en suma, para todo, menos para el gran comercio. Cuando el Anhalt y el Wagener, la Disconto-Kommandit, el Deutsche Bank, etc., salten por los aires, entonces se podrá hablar de una crisis bancaria. Pero, aun así, ya es bastante bonito, y cuando caiga el manto, pronto seguirá el duque.

Lo que me escribes sobre la clase de nuevos «camaradas» que se presenta ahora es muy interesante y significativo de la situación. Se nota que nos hemos convertido en un «factor» dentro del Estado, por decirlo en lenguaje reptilístico, y como los judíos tienen más entendimiento que los demás burgueses, lo notan los primeros —sobre todo bajo la presión del antisemitismo— y acuden a nosotros los primeros. Sólo puede sernos grato, pero precisamente porque esta gente es más lista y está, por decirlo así, orientada y amaestrada por la presión secular hacia el arribismo, tanto más hay que vigilar.

Te ruego que, en mi nombre, des a la fracción mis más sinceras gracias por su amable telegrama del 28. En cuanto reciba las fotografías, trataré de corresponder a todas las muestras de amistad que me habéis dado.

Ede me dice que le has exhortado a frecuentar más la asociación. Tengo la firme convicción de que cada minuto que él pase allí no sólo es puramente perdido, sino una vergüenza para el partido. Allí tendría que tratar con Gilles, y eso es sencillamente imposible. Pero debería frecuentar a los ingleses, conocer a la gente personalmente e informarlos de palabra sobre los asuntos alemanes —por el contrario, se queda en casa y juzga las cosas de aquí según los informes de uno, a lo sumo dos periódicos, pues en sus cercanías no hay cafés ni gabinetes de lectura.

Para terminar, la confirmación —a petición expresa tuya— de que Louise ha cumplido su encargo con una dignidad que corresponde por lo menos a la de un presidente del Reichstag; no tuvo ocasión de hacer chistes malos porque yo me adelantaba siempre con ellos y le paraba el golpe. Por lo demás, ciertamente hemos estado inmensamente alegres estos días, en particular también a costa de tu aparente admirador, que en la última página se desvela como un «joven» y pretende mandarte a la jubilación. El tipo es impagable con su elevado alto alemán.

Cordiales saludos a la señora Julie y a ti mismo de parte de Louise y de

Tu

F. E.