en Le Perreux

Londres, 27 de nov. de 1891

Mi querida Laura:

No necesitas temer que jamás se me haya ocurrido considerar a Paul capaz de una acción deliberadamente baja y deshonrosa. Eso está completamente fuera de cuestión. Pero una persona puede ser la honorabilidad en persona y, sin embargo, cometer una torpeza cuyas consecuencias no puedan preverse. Y mis cartas no contienen ninguna acusación contra Paul, hablan sólo de la posibilidad de que él se haya dejado arrastrar tal vez a semejante atolondramiento, e intentan además, si ese hubiera sido realmente el caso, ayudarle a salir de esa situación hasta donde esté en mi poder. Para hacer eso, era absolutamente necesario hacerle comprender todo el alcance de las palabras puestas en su boca.

Ahora tú misma admites que es perfectamente posible que a él se le hubiera podido inducir a cometer tal error.

Pasemos a los hechos. El lunes por la tarde, el «Evening Standard» contiene el despacho de Reuter* que me convenció de la necesidad de actuar de inmediato, 1) para obtener información auténtica, 2) para impedir nuevos errores, en caso de que ya se hubiera cometido alguno. ¡De ahí mi carta a ti!*, que al releerla espero encuentres menos injustificada que al primer vistazo. Esa misma tarde, o a más tardar a la mañana siguiente, recibo de ti 1) el recorte adjunto de un periódico no nombrado –cuyo contenido Reuter ha reproducido evidentemente de forma abreviada– y 2) un «Intransigeant» del 25 de noviembre, en el que bajo el título «Le cit. Lafargue à Bordeaux» se constata igualmente que Paul dijo el 22 de nov. ante una asamblea de unas *quinientas o seiscientas personas… en la sala del Chats*, que *en diferentes ocasiones él había (en 1870) entregado al Sr. Ranc, entonces director de la Sûreté générale, diversos planos y documentos importantes sobre la situación de los ejércitos alemanes que le habían sido comunicados por socialistas alemanes y que hubieran podido cambiar la faz de las cosas, etc., etc.*

De esto tenía yo que deducir que tú conocías el contenido de ambos informes y que el mero hecho de que me los enviaras sin comentario alguno significaba un reconocimiento tácito de que eran correctos en cuanto a su contenido. Sobre la base de esta conclusión, y acordándome además de ciertas manifestaciones de Paul en su discurso de Lille, que tú también me habías enviado, manifestaciones que yo consideraba al menos inoportunas, no podía yo actuar de otro modo que escribir a Paul mi carta del miércoles, 25.

Ahora estoy naturalmente convencido de que tú jamás habías leído un informe sobre el discurso de Paul y de que mis cartas a ti y a Paul te dieron el primer indicio de lo que se le ha puesto en la boca. Pero ahora comprenderás también que éste es un asunto al que hay que prestar atención; que la afirmación sobre el comportamiento de algunos socialistas alemanes durante la guerra de 1870/71 –sea en lo esencial verdadera o falsa– no debería haberse hecho bajo ninguna circunstancia, si es que se ha hecho, y debe ser desmentida de inmediato de manera clara e inequívoca, si no se ha hecho; que, mientras este informe no esté completa y absolutamente esclarecido, sería absurdo esperar de nuestros amigos alemanes confianza hacia nuestros amigos franceses; y que el gobierno y los burgueses en Alemania explotarán de inmediato este informe contra nuestro partido alemán de una manera que no se puede prever; ¡si no conduce a nada más que a una renovación de la vieja Ley contra los socialistas, podremos considerarnos felices!

Por consiguiente, si Paul ha sido calumniado, si está dispuesto a declarar públicamente que jamás ha dicho una palabra que de algún modo deje traslucir la afirmación de que socialistas alemanes, ni dentro ni fuera de Alemania, le hayan suministrado datos militares, planos, informes o cosas por el estilo para uso del gobierno francés durante la guerra de 1870/71, entonces haz que me envíe esta declaración de inmediato y en carta certificada. Pero ha de ser inequívoca, sin reservas ni restricciones de ningún tipo, o será inútil y puede ser incluso peor que inútil.

Si esta declaración inequívoca no puede hacerse por una u otra razón, no veo otra salida del aprieto que el que tú y Paul vengáis aquí de inmediato y discutáis oralmente las cosas, lo que evidentemente es lo único correcto para este tipo de esclarecimiento. Tu presencia será casi tan necesaria como la suya para enfriar nuestras cabezas calientes y exponernos tus bien meditadas opiniones sobre la situación en Francia; y también para ayudarnos, con tu astucia y souplesse* femeninas, a encontrar la «salida» en casos en los que nosotros, hombres torpes y pesados, andamos a tientas en la oscuridad. Ves que me esfuerzo por todos los medios en ayudar a Paul a salir de la dificultad, si es que ha caído en una; pero lo más importante es evitar nuevos errores, si ya se ha cometido uno. Mañana se reconocerá su elección, el lunes a más tardar tendré los primeros informes de Alemania sobre el efecto de este rayo en cielo sereno; si vosotros venís, pues, el domingo de modo que estéis aquí por la tarde, podríamos conseguir disipar el lunes las nubes más amenazadoras. Un telegrama: «Llegada hoy tarde» nos sería grato, ya que los domingos no recibimos cartas. Y en todo caso, espero que Paul no emprenda ningún paso público en un asunto que afecta tan profundamente a otras personas, sin consultar primero a esas personas; el menor error podría ser fatal para él mismo, y espero que él también comprenda que esto no es una broma y que debe ser eliminado del mundo lo antes posible.

Siempre con afecto,

tu
F. E.