en Berlín

Londres, 25 de noviembre de 1891

Querido Bebel,

Estaba buscando tiempo, entre el trabajo en el tomo III de *El Capital*, que avanza bastante deprisa, para contestar a tu carta del 15, cuando me llega una noticia que me obliga a escribir inmediatamente. Según parece, Lafargue habría dicho en una asamblea en Burdeos el día 22 que en 1870 él había servi le pays à sa manière en communiquant à M. Ranc des plans qui, si l’on en avait tenu compte, pouvaient complètement changer la face des choses. Ces plans lui étaient communiqués par des frères de l’Internationale en Allemagne, parmi lesquels se trouvaient plusieurs officiers de l’armée allemande. Ahora bien, L[afargue] no puede haber dicho eso, pero yo tampoco puedo imaginarme en absoluto lo que haya dicho. Pero el asunto es tan decididamente estúpido y la acusación tan abominable que probablemente tendréis que responder antes de que recibáis noticia de lo que L[afargue] ha dicho realmente. Inmediatamente, ayer y hoy otra vez, he escrito a Laura y a él mismo para conocer los hechos, y también le he dicho que probablemente vosotros tendréis que proceder de inmediato contra ello, y que él deberá resignarse si no tenéis absolutamente ninguna consideración con él. En realidad, eso no lo merece, pero quisiera rogaros que no actuéis con ira —uno siempre comete tonterías, como yo mismo muchas veces— y que tengáis la mayor consideración posible a la preservación de la acción común, o al menos paralela, con los obreros franceses. Naturalmente, rechazaréis toda y cada una de las aplicaciones de esa afirmación absurda a vosotros; eso se sobreentiende. Ni vosotros mismos habéis enviado directa o indirectamente noticias militares al gobierno francés en Burdeos, ni planes de oficiales alemanes, ya que, por lo que sé, no teníais en aquel entonces absolutamente ningún contacto con oficiales. Así pues, cuanto más enérgicamente rechacéis esta acusación de puro demente, tanto mejor; solo quisiera haceros considerar que sigue siendo siempre aconsejable, y evita ulteriores complicaciones, limitarse a rechazar el relato como tal, sin hacer responsable a L[afargue] por el momento. Una declaración ulterior, tan pronto como se conozca el texto exacto —que os comunicaré en cuanto lo reciba—, no queda naturalmente excluida.

Lo que L[afargue] puede haber dicho y lo que haya tenido en la cabeza me es completamente inaveriguable. Pues tampoco desde aquí, desde el Consejo General de la Internacional, teníamos absolutamente ningún contacto con oficiales alemanes, y por tanto ni siquiera estábamos en condiciones de hacerle llegar semejantes «planes» de tales señores. Y si posteriormente, una vez regresado a Francia —creo que en 1868 tras su boda (o en el 69, no lo sé con exactitud en este momento)—, trabó contactos en Francia, nos los ha ocultado aquí con tanto cuidado que hasta su viaje de vuelta a Francia en 1880 no salió nada a la luz, ni tampoco después.

En todo caso, ha cometido una tontería absolutamente imperdonable —o ha mentido o ha revelado confidencias, que él mismo decida— y os ha creado una situación que bien podría ser capaz de quitaros las ganas de mantener relaciones internacionales. Preveo qué clase de avalancha se volcará sobre vosotros, y aún no veo cómo contenerla. Solo puedo imaginar que el 1/2 o 1/4 de sangre negra que hay en L[afargue], y que de vez en cuando se impone en él, lo ha inducido a esta insensatez totalmente inexplicable; es una estupidez del todo incomprensible, por decirlo suavemente.

Dada la gran cantidad de antiguos oficiales alemanes que se establecieron en el extranjero en 1848/49 y después, siempre es posible que algo semejante le haya llegado; pero achacar esto a los *frères d’Allemagne* traspasa todo límite.

Si lo deseáis, estoy dispuesto en cualquier momento a testimoniar que el Consejo General de la Internacional nunca, ni una sola vez, se vio en situación de transmitir a Francia durante la guerra comunicación alguna de vuestra parte —salvo lo que aparecía en vuestros propios periódicos—, y a hacer en general cualquier declaración que pueda ayudaros a libraros de cualquier apariencia de corresponsabilidad por semejantes disparates. Pues, si algo semejante ha ocurrido, vosotros sois tan inocentes de ello como el niño no nacido.

A pesar de esta maldita contrariedad de ayer por la tarde, todavía tuve la alegría de ver la victoria electoral de Halle en el «Evening Standard». Eso demuestra que, pese a todas las tonterías de algunos, como masa seguimos avanzando.

A propósito. Lo que ponía en la tarjeta postal —pensé que cualquiera allí podría leerlo— era ruso: da zdrávstvujet Berlin! ¡que viva Berlín!

Pero justo ahora es la hora del correo certificado —eso sí es más seguro—, así que hablaremos del contenido de tu carta en una próxima. Los rusos parecen estar recogiendo los cuernos; el empréstito en París se les ha quedado atravesado a los banqueros —un tercio entero ha tenido que retirar el gobierno ruso por no haberlo podido colocar—, la carencia de patria del capital muestra esta vez también su lado bueno.

Escribir también a tu mujer es un placer que debo reservarme; ella habrá recibido la carta de Louise.

Tuyo,
F. E.