122, Regent's Park Road, Londres, 31 de octubre de 1891

Louise y yo le enviamos nuestras más cordiales felicitaciones por el resultado de la votación del último domingo. «¡Esto es grandioso!», y «esto es la guerra». Ciertamente hay 4400 abstenciones y electores descarriados, pero más de 3100 de esas abstenciones tendrían que concentrarse en su competidor para que Depasse, alcanzándolo, lo supere (¡oh, este juego de palabras!), eso pasa como un ataque de diarrea, ¡esperemos que sea pasajero! Y eso no ha sucedido nunca. Ha obtenido usted un éxito embriagador. Así que de mañana en ocho días brindaremos por su éxito definitivo — pero tampoco mañana nos olvidaremos en modo alguno de usted.

Veo por los periódicos que Laura y usted me han enviado que la prensa radicalista del gobierno tiene por fin que ocuparse de su elección. Las tonterías del «Temps» no pueden serle más que útiles. Una vez roto el hielo, todo lo que estos señores puedan decir obrará en favor de usted. Hasta el bueno de Pelletan, de la «Justice», se ha visto obligado a declararse en favor de usted.

Una vez elegido usted, surgirá para la Cámara una nueva perplejidad: ¿votará a favor de su liberación o no?

¿Qué significa, pues, esa nueva escisión entre los radicales en la Cámara, que se está fraguando entre Millerand, Hovelacque, Moreau por un lado y la masa de los clemencistas por el otro? ¡Usted habla de la posibilidad de una unificación con los primeros! Pero ¿hasta qué punto iría usted con ellos? Los radicales que en la Cámara llevan el nombre de «socialistas», por cuanto sé, no han sido hasta ahora más que los restos del proudhonismo y, por tanto, adversarios declarados de la socialización de los medios de producción. Y, a mi juicio, nos es imposible realizar una fusión, formar un grupo con personas que no reconocen esto, al menos en principio. Por otra parte, creo que se podría contraer con ellos una alianza más o menos transitoria, pero sin fusión. Sin embargo, dado que evidentemente hay algún nuevo desarrollo que desconozco, espero sus informaciones antes de formarme un juicio. Sería en efecto grandioso que los radicales en la Cámara empezaran a pasarse a nosotros — ¡menudo síntoma!

Me alegra mucho que a Laura y a usted mi artículo les parezca bueno y actual — pero ¿qué dirán los otros, Argyriades & Cía., del «Almanach»? Siempre he constatado que no tengo la suerte de corresponder a los deseos de estos señores, que son amigos de todo el mundo, y que, cuando escribía para ellos el artículo que me pedían, resultaba siempre un artículo completamente distinto del que ellos deseaban. Junto a las solemnes efusiones del señor Benoît Malon y de otros corifeos del socialismo parisino, eso resultará casi imposible. Por lo demás, me tiene sin cuidado. Desde un principio le dije a Laura que la situación me obligaría a escribir cosas desagradables para mucha gente; bien, ella lo quiso y yo acaté. Sé muy bien que al «Socialiste» eso no le chocaría, pero el «Almanach» es otra cosa. Bien, de un modo u otro publicaremos la cosa, y probablemente habrá alboroto.

En Erfurt todo salió bien. Los asnos de la oposición han demostrado ante los representantes de todo el partido que son realmente unos asnos y unos cobardes que no merecen ninguna simpatía. Son o bien unos mentecatos, o anarquistas encubiertos, o agentes de policía. Anoche tuvieron lugar asambleas en Berlín, en las que los delegados tenían que rendir informe; esto probablemente habrá aniquilado por completo a los señores de la oposición. Por otra parte, Vollmar no solo tuvo que batirse en retirada en Erfurt, sino incluso, y de manera más inequívoca, ante sus propios electores en Múnich, quienes rechazaron una resolución propuesta por él; había querido insertar frases que, sin contravenir en exceso las resoluciones adoptadas contra él en Erfurt, sostenían el punto de vista que había adoptado en sus discursos reaccionarios; el propio Vollmar se ha visto obligado a proponer una nueva resolución: un sometimiento claro e inequívoco a los acuerdos de Erfurt; esto se aprobó por unanimidad. Como me escribe Bebel, quien sale del partido o es puesto por el partido de patitas en la calle está políticamente muerto, y el señor Vollmar lo ha comprendido sin duda y se ha guardado mucho de cometer un acto que lo pusiera en semejante situación. Pero eso no cambia en nada el hecho de que es el intrigante más peligroso de nuestro partido.

En suma, en Alemania se avanza, y pronto ocurrirá lo mismo entre vosotros; tal vez esquivemos la guerra, y como nosotros somos lentos y metódicos, esto podría dar a los franceses la oportunidad de tomarnos de nuevo la delantera con un gran golpe. El «fin de siglo» parece empezar bien; esto podría eclipsar a 1793.

¡Qué tontos son vuestros burgueses y los rusos! En una guerra, Inglaterra mantiene el equilibrio con su flota y el dominio del mar — por eso estos señores la arrojan en brazos de los alemanes, irritándola por lo de Egipto.

Saludos a Laura — ¿el periódico de las vienesas? no ha aparecido aún — probablemente falta dinero.

Muy amistosamente suyo,
F.E.