en Berlín

Londres, 13 de oct. de 91

Querido August:

Hoy sólo tengo tiempo de responderte acerca de los rusos, y esto es, en efecto, lo único importante; los demás asuntos están despachados.

En lo que se refiere al posible estallido de la guerra en la primavera, hay que considerar tres corrientes de importancia en Rusia. La primera es la diplomacia. De ella sigo sosteniendo que busca éxitos sin gastos ni riesgos de guerra, pero precisamente por ello prepara todo para la guerra, a fin de poder explotar al máximo la enormemente favorable posición defensiva de Rusia. Esto ocurre cada vez; así pueden plantearse exigencias arrogantes, mantenerlas hasta el último momento y luego, del miedo a la guerra del adversario, que arriesga más, sacar el mayor provecho, sin que la cosa llegue al estallido. Pero junto a la diplomacia actúa el ejército, el cual, en Rusia, pese a la mucha mala suerte sufrida en los campos de batalla, está muy seguro de la victoria y es muy fanfarrón, más que en ninguna otra parte. Éste quiere desencadenar la guerra. Y, en tercer lugar, la joven burguesía, a la que la expansión del mercado, de modo parecido a como le ocurría a la burguesía norteamericana en los años 40, se le aparece como un destino manifiesto, como la misión histórica de Rusia de liberar a eslavos y griegos y de ejercer la dominación sobre el continente oriental. Las tres entran en el cálculo; hasta ahora, bajo Alejandro III, la diplomacia siempre ha vencido. Ahora se añade la hambruna. Ésta es muy grande en el este y el sudeste. Todo lo que queda al este de una línea desde Odesa hasta Nizhni Nóvgorod y Viatka sufre hambruna aguda; desde esta línea hacia el oeste la cosecha va mejorando gradualmente; en el extremo oeste la cosecha de trigo ha sido en algunos sitios pasable; la de centeno, mala en todas partes. Las patatas no son en Rusia un alimento popular. La forma colosalmente aguda de la hambruna en el valle del Volga demuestra cuán lamentables siguen siendo aún las vías de comunicación en Rusia. Después de esto me parece claro que te expondrías innecesariamente si quisieras dar crédito a las seguridades de los que reclaman créditos militares cuando cuentan con certeza con la guerra para la primavera. Tan seguro como que entra en el oficio de la diplomacia rusa preparar la guerra con tanto mayor celo cuanto menos se dirige hacia ella, tan seguro es que constituye un deber de los oficiales del Estado Mayor contaros de antemano, en el Reichstag, que la guerra en abril del 92 es segura. Haces muy bien en observar con exactitud todas esas comunicaciones, y te estaré muy agradecido por las noticias auténticas a este respecto, pero esa gente persigue también, de paso, sus fines secundarios.

Este punto no es tan académico como parece. Pues es de gran importancia en cuanto se presenten en el Reichstag las demandas de créditos del gobierno. Si estamos convencidos de que en la primavera estallará, difícilmente podremos oponernos por principio a esas demandas de créditos. Y eso sería para nosotros una situación bastante fatal. Entonces todos los partidos de los lameculos se regocijarían de haber tenido razón y de que nosotros debiéramos pisotear ahora nuestra política de veinte años. Y un viraje tan poco preparado provocaría también un roce colosal en el interior del partido. Y también en lo internacional.

Por otra parte, la guerra puede ciertamente venir en la primavera. ¿Qué posición adoptamos entonces frente a las demandas de créditos?

En mi opinión, no hay más que una sola posición: 1. Para modificar el armamento ya no hay tiempo. Si la paz se mantiene hasta que hayamos introducido nuevos cañones y un nuevo fusil, de calibre aún más pequeño, entonces probablemente la paz se mantendrá en general. Son, pues, vanos pretextos. – 2. Para nuevos cuadros del ejército permanente vale lo mismo, y en medida aún mayor; me refiero a la exigencia de nuevos regimientos. Esas pocas nuevas formaciones que hoy pueden exigirse no cuentan nada en los actuales ejércitos gigantescos, y si han de servir como cuadros de instrucción para poder incorporar y adiestrar a más gente, sólo pueden rendir eso durante largos años de paz; son, por tanto, superfluas para una guerra en la primavera. – Por el contrario, 3. todas las exigencias encaminadas a aproximar el actual ejército a la armamentación general del pueblo, al fortalecimiento exclusivo de la defensiva, a la instrucción y armamento de los hombres no reclutados hasta ahora, de todas las edades de 17 a 60 años, a su encuadramiento en cuadros fijos sin incremento de las vejaciones de control, para eso podemos conceder créditos. No podemos exigir que la organización militar existente se transtorne en medio de un peligro de guerra, pero si se quiere adiestrar ahora tan bien como se pueda a la gran masa de hombres aptos para el servicio pero no instruidos, y organizarlos en cuadros –para el combate real, no para la parada y la vejación–, eso es una aproximación a nuestra milicia popular que no podemos sino aceptar.

Si el peligro de guerra aumenta, podremos decirle al gobierno que estaríamos dispuestos, si se nos hiciera posible mediante un trato decente, a apoyarlo contra el enemigo exterior, a condición de que conduzca la guerra con todos los medios, incluidos los revolucionarios, y sin miramientos. Si Alemania es atacada por el este y el oeste, todo medio de defensa es bueno. Está en juego la existencia nacional y también, para nosotros, el mantenimiento de la posición y de las posibilidades de futuro que hemos conquistado combatiendo. Cuanto más revolucionariamente se conduzca la guerra, tanto más se conducirá en nuestro sentido. Y puede ocurrir que, frente a la cobardía de los burgueses y los junkers, que quieren salvar su propiedad, seamos nosotros el único partido de guerra realmente enérgico. Naturalmente, también puede ocurrir que tengamos que ponernos al timón y representar el papel de 1794 para expulsar a los rusos y a sus aliados.

Tengo que terminar por causa del envío certificado de esta carta (después de las 5 ya no se hace). Que el primer ejército de campaña ha sido reforzado considerablemente en silencio lo esperaba con certeza según las experiencias anteriores, pero nos viene bien saberlo confirmado de manera auténtica. En cuanto a los austriacos, la gente es muy excelente, los oficiales inferiores, valientes, pero de preparación muy desigual para el combate, y los superiores, absolutamente imprevisibles. Puede llegar a la cabeza uno que le haya prestado servicios de alcahuete a Francisco José.

Estoy preparando algo para los franceses sobre el caso de guerra, pero es condenadamente difícil no causar más daño que provecho; son tan susceptibles.

Constans hace todo lo posible para fomentar la candidatura de Lafargue con vejaciones auténticamente prusianas. Eso en Francia no funciona.

Pero ¿cómo marchará esto con esta política de guerra y con Liebknecht en el ministerio de asuntos exteriores? Su política exterior –Parnell, la fiesta de Garibaldi en Niza, etc.– está por debajo de lo aceptable. Con su adoración de la «república» como tal, pronto puede armarse un buen alboroto.

En mi opinión, el caso de guerra, si tú crees tan seguro el estallido en la primavera, debería tratarse en el congreso del partido por lo menos detrás de los bastidores.

Saludos de Louise y de

tu

F. E.