Mi querido Lafargue:

Conque está usted de nuevo en los sagrados y sacratísimos muros de madame Pélagie — en la *città dolente, fra la perduta gente* —, pero eso, así lo espero, no durará mucho, y quizás, antes de que expire su «año», pongamos allí a Constans en lugar de usted. En todo caso, es una lástima que no haya podido ir a Bruselas antes de que le echasen el guante; habría tenido un efecto grandioso. Pero sea como fuere, estoy muy satisfecho a pesar de todo con el Congreso [19]. Para empezar, el completo derrumbamiento de la oposición Brousse-Hyndman; era como si esta nunca hubiera existido y como si el congreso posibilista de 1889 [27] hubiese sido un mero espejismo. Quiera el cielo que estos señores no se conviertan en «amigos» nuestros — entonces serían tan molestos como nos divirtieron siendo enemigos en el pasado.

Luego, la exclusión de los anarquistas. Allí donde la vieja Internacional se interrumpió, exactamente allí reanuda la nueva. Esto es, diecinueve años más tarde, la confirmación clara e inequívoca de los acuerdos de La Haya.?*

Por otra parte, ha abierto de par en par las puertas a las trade unions inglesas. Esta medida demuestra hasta qué punto se había comprendido la situación. Y las formulaciones que vinculan a las trade unions con la lucha de clases y la abolición del trabajo asalariado demuestran que no se ha hecho concesión alguna por nuestra parte.

Tenemos, pues, todos los motivos para estar satisfechos. El incidente con Nieuwenhuis [?] ha demostrado que los obreros europeos han superado definitivamente la época en que predominaban las frases ampulosas y son conscientes de la responsabilidad que soportan: son una clase que se ha constituido como partido de lucha, como partido que cuenta con los hechos. Y los hechos toman un giro cada vez más revolucionario.

En Rusia reina ya el hambre; en Alemania hará su entrada dentro de algunos meses; los demás países sufrirán menos sus efectos; he aquí las razones: el déficit de la cosecha de 1891 se calcula en 4 millones de quarters (11½ millones de hectolitros) de trigo y en 30 a 35 millones de quarters (87 a 101½ millones de hectolitros) de centeno; este enorme déficit afecta, pues, en primer lugar a los dos países consumidores de centeno, Rusia y Alemania.

Eso nos asegura la paz hasta la primavera del 92. Rusia no se moverá antes de esa fecha; si en Berlín o en París no se cometen estupideces inconcebibles, no habrá, por tanto, guerra.

¿Sobrevivirá, en cambio, el zarismo a esta crisis? Lo dudo. Existen demasiados elementos rebeldes en las grandes ciudades, y sobre todo en Petersburgo, como para que no se intente aprovechar esta ocasión que se presenta para deponer al borracho Alejandro III o ponerlo bajo el control de una asamblea nacional — quizá sea él mismo quien tome la iniciativa de convocarla. Rusia (es decir, el gobierno y la joven burguesía) ha trabajado enormemente en la creación de una gran industria nacional (véase Plejánov en la «Neue Zeit»); esta industria se verá fuertemente frenada en su desarrollo, porque el hambre le cerrará su único mercado — el mercado interior. El zar verá lo que significa haber convertido a Rusia en un *self-sufficient country*¹ — en un país independiente del extranjero; tendrá una crisis agrícola duplicada por una crisis industrial.

En Alemania, el gobierno se decidirá —como siempre— demasiado tarde a abolir o suspender temporalmente los impuestos sobre los cereales. Esto hará pedazos a la mayoría proteccionista en el Reichstag². Los grandes terratenientes, los hidalgotes del repollo, ya no querrán mantener los aranceles sobre los productos industriales; querrán comprarlos en *the cheapest market*³. Así, probablemente presenciaremos una repetición de lo que ocurrió en su momento con la votación sobre la ley contra los socialistas: una mayoría proteccionista que, por las contradicciones de intereses surgidas bajo las nuevas condiciones, está dividida en sí misma y que se encuentra ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre los detalles del sistema proteccionista; todas las propuestas posibles solo encuentran minorías; se producirá, o bien un retorno al sistema de librecambio, lo que también es imposible, o bien una disolución, un cambio de posiciones de los viejos partidos y de la antigua mayoría, lo que conduciría a una nueva mayoría librecambista en oposición al gobierno actual. Eso significa el verdadero y definitivo final de la era de Bismarck y del estancamiento de la política interior (no hablo aquí de nuestro partido, sino de los partidos gubernamentales «posibles»); habrá lucha entre la nobleza terrateniente y la burguesía, y entre la burguesía proteccionista (una parte de los industriales) y la burguesía librecambista (la otra parte de los industriales y los comerciantes); la estabilidad del gobierno y de la política interior se quebrará, habrá por fin movimiento, lucha, vida, ¡y nuestro partido cosechará todos sus frutos!; y si las cosas toman este curso, nuestro partido podría llegar al poder hacia el año 1898 (Bebel cree que ya en 1895).

¡Tal es la situación! No hablo de los otros países porque la crisis agraria no los afecta tan directamente. Y si esta crisis agraria desencadenase aquí en Inglaterra la crisis industrial aguda que esperamos desde hace 25 años…, ¡entonces!

Dentro de un cuarto de hora vamos a Highgate a plantar, sobre la tumba de Marx, la rama de hiedra que Motteler trajo hace tres años de la tumba de Ulrich von Hutten (en la isla de Ufenau, lago de Zúrich) y que ha crecido maravillosamente en mi balcón.

He tenido aquí algunos días a Bebel y a Adler de Viena²; están muy satisfechos del Congreso.

Diviértase bien y aproveche la oportunidad que se le brinda para «concentrarse» en el trabajo, como dijo un periodista berlinés al que en 1841 metieron en la cárcel.

Saludos de su

F.E.

Del francés.