en Le Perreux

The Firs, Brading Road
Ryde, 17 de agosto de 91

Mi querida Laura:

¡Schorlemmer y yo seguimos aquí! y esperamos el buen tiempo, que se hace esperar mucho; de cuando en cuando hemos tenido un día hermoso y hemos podido aventurar una excursión, pero en general nuestro espíritu emprendedor se ha visto enfriado por la espléndida incertidumbre que comparten el derecho y el clima de Inglaterra; no pocas veces también enfriados, e incluso calados, por la inevitable lluvia. En cualquier caso, podemos dar gracias a nuestro destino de que nuestro plan de circunnavegar esta isla (no Wight, que ya hemos costeado dos veces, sino Gran Bretaña) fuera ahogado en germen, pues lo habríamos pagado bien caro. Así que aquí estamos, admirando la flota británica que se halla anclada frente a nosotros, y esperando a la francesa, que debe llegar pasado mañana.

El pobre Paul ha empezado, pues, a cumplir su condena en Sainte-Pélagie; ¡espero que no pierda el valor! Es un largo período de quietud forzada, pero —¡Francia, c’est l’imprévu!—, y nadie sabe lo que sucederá en el término de un año. Temo que Le Perreux te resulte tan solitario como a él Sainte-Pélagie; bueno, tendremos que tenerte aquí en Londres de vez en cuando, lo cual, supongo, podrá arreglarse sin muy grandes dificultades, ya que sin duda no estarás atada por tus palomas, tus gallinas, etc., etc. Por eso espero que puedas disponer las cosas para venir pronto, una vez hayas puesto a Paul todo lo a gusto que las circunstancias permitan.

Nuestro amigo ruso me escribió hace unas tres semanas: «Estamos en vísperas de una hambruna», y, en efecto, la profecía no tardó en confirmarse. Mientras los chauvinistas franceses y los paneslavistas rusos se hermanan y se gritan ¡hurras!, este hecho echa por tierra todas sus manifestaciones. Con la hambruna en el país, el zar no puede combatir. Lo máximo que hará será aprovechar el actual estado de ánimo de la burguesía francesa para sus propios fines, vociferando y amenazando, pero no romperá las hostilidades, y si los burgueses franceses fuesen demasiado lejos, los abandonará a su suerte. El objetivo presente del gobierno ruso es que los Dardanelos queden cerrados a todas las flotas en tiempo de guerra. El zar llevará a los franceses a acceder a ello, y si en las próximas elecciones generales sube aquí al timón Gladstone, como es probable, al gran viejo rusófilo también se le sonsacará su consentimiento. Cuando las dos grandes potencias marítimas se hallen atadas de pies y manos por semejante acuerdo, el zar será dueño de Constantinopla, que puede tomar por sorpresa en cualquier momento, y el sultán no pasará de ser un mero lugarteniente del zar en el Bósforo. Tal es el plan para cuya realización la república burguesa de París será el instrumento del zar, y, una vez cumplido su deber, bien puede irse al diablo por él. Por eso el zar se dignó escuchar «La Marsellesa» y mostrarse complaciente con los representantes de una república.

En todo caso, la paz está asegurada para este año y para la mayor parte del próximo —a menos que algunos pierdan el juicio—. He ahí el principal resultado de la hambruna en Rusia.

Pero hay otros. En Rusia se producirán sacudidas internas, que pueden conducir a un cambio; incluso es probable que provoquen algún cambio, que aporten un poco de movimiento a este pantano de estancamiento; mas también puede ocurrir que esto no sea sólo le commencement de la fin, mais la fin elle-même.

En Alemania la mala cosecha también parece segura, y allí los precios, ya altos ahora y que seguirán subiendo a causa de la hambruna, provocarán el derrumbe de la política financiera de Bismarck y de los aranceles proteccionistas. También allí se estremecerá el viejo sistema en sus cimientos, y nadie puede decir hasta dónde puede conducir esto. En cualquier caso, engrosará nuevamente nuestras filas de modo gigantesco y nos ayudará a conquistar los distritos rurales, donde estamos ganando terreno maravillosamente. En Prusia Oriental, en la frontera con Rusia, hubo dos elecciones parciales en distritos netamente rurales, donde hace dos años reuníamos en total unos 400 o 500 votos; pero este año obtuvimos alrededor de 3.000. ¡Y si logramos los distritos rurales de las seis provincias orientales de Prusia (donde predominan la gran propiedad territorial y la gran agricultura), tendremos de nuestra parte al ejército alemán!

Según el «Standard» de hoy, no han llegado ni Hyndman ni Brousse, y Allemane ha tenido que hacerse cargo de los posibilistas. Así que, por lo que respecta a esta oposición, las perspectivas para los nuestros apuntan a una victoria fácil. Una vez despachada esta cuestión, apenas quedará verdadero trabajo para el Congreso 41, si no se aventuran a salir a la luz los diversos empeños por «restablecer la Internacional». Espero que eso no suceda, pues provocaría nuevas escisiones y nos haría retroceder años, al menos aquí en Inglaterra. La cosa es absurda en todos los sentidos, sobre todo mientras no haya un partido fuerte y unificado ni en Francia ni en Inglaterra. Si así fuera y ambos estuvieran unidos en corazón y alma con los alemanes, entonces el objetivo se alcanzaría sin unión formal alguna; el efecto moral de la acción común de las tres grandes naciones occidentales bastaría. Pero mientras esto no sea posible, todos los intentos de restablecer una Internacional colocarían inmerecidamente a la cabeza a una de las pequeñas naciones, probablemente a los belgas, y acabarían en disputas. El hecho es que el movimiento es demasiado grande, demasiado imponente, para ser encorsetado con semejantes grilletes. Sin embargo, todavía existe un anhelo de esa restauración, y Bonnier, cuando lo vi por última vez, estaba completamente poseído por ella. Aunque se quedó bastante perplejo cuando le comuniqué mis objeciones, y no supo qué decir… pero ¿impedirá eso algo a él y a sus amigos de Bruselas?

El jueves espero estar de vuelta en Londres; Adler vendrá de Bruselas por unos días, tal vez también Bebel. Tan pronto esté informado de los acontecimientos en Bruselas, te enviaré una carta para Paul; entre tanto, cordiales saludos a ambos de parte de Schorlemmer, de la familia Pumps y siempre

Tu
F. Engels

Recibí una carta de Tussy desde Bruselas, pero escrita antes de la sesión del domingo. Hasta la expedición de esta carta, es decir, hasta el 18 de agosto a las 11 de la mañana, no sabré nada de lo que haya ocurrido entretanto.