en Leipzig  
(Borrador)  

122, Regent’s Park Road, N.W.,  
Londres, 8 de julio de 1891  

Muy señor mío:  

Si no le contesto hasta hoy sus apreciadas cartas del 20 de junio y del 5 del corriente, ello obedece únicamente a que aún sigo esperando en vano unas líneas de Liebknecht, a quien usted se remite y al que he vuelto a pedir, a través de R. Fischer, su colega en la directiva del partido, que me hiciera llegar noticias; tanto más cuanto que Bebel acaba de conocerle a usted, mientras que Liebknecht lo conocía desde hace más tiempo.  

El cumplimiento de su deseo no depende sólo de mí. Los herederos de Marx, de quienes no soy más que un simple representante ejecutor, y el editor de “El Capital”¹ tienen la palabra decisiva. En lo que a este último respecta, creo poder darle a usted sin más la seguridad de que bajo ninguna circunstancia daría su consentimiento a semejante empresa. En cuanto a los herederos, difícilmente obtendría usted mejor resultado. Ninguna de las dos hijas de Marx que aún viven consentiría que los escritos de su padre se tradujeran del alemán propio de él al de otro escritor. Eso ya se me ha comunicado también, a preguntas.  

Yo mismo no puedo apoyar su propuesta con buena conciencia. Ha tenido usted la bondad de enviarnos sus escritos: un nuevo sistema de la naturaleza. Como sólo puedo ocuparme de las ciencias naturales en horas libres, pasará siempre bastante tiempo antes de que me permita juzgar por mí mismo su modo de ver. En cuanto mi tiempo lo consienta, estudiaré sus trabajos, cuyo envío le agradezco vivamente; y aunque quizá no me convenzan, con toda seguridad podré aprender algo de ellos. Pero en cuanto a una penetrante comprensión de la economía política, como es requisito primordial para el trabajo que usted planea, sus escritos no ofrecen absolutamente ningún punto de apoyo.  

Prescindiendo de todas las demás reservas y obstáculos, sólo podría dar, por tanto, mi consentimiento a condición de revisar yo mismo el trabajo de usted. Pero con ello la obra se convertiría, en mayor o menor medida, en obra mía, lo cual no le convendrá a usted, ni a mí tampoco, pues mi tiempo está ocupado hasta el exceso.  

Así pues, no veo absolutamente ningún camino por el que usted pudiera alcanzar su objetivo con el consentimiento de todos los interesados, y tampoco puedo ocultarle que, en mi opinión, Marx habla a los alemanes mejor en su propio alemán. Incluso los obreros llegan a entenderlo con el tiempo. Los obreros son mucho más inteligentes y están en verdad mucho más formados de lo que comúnmente se cree.  

Quedo de usted con toda consideración,  

¹ Otto Meißner