en Hoboken

Londres, 10 de junio de 1891

Querido Sorge,

Estoy metido hasta las orejas en la reedición del «Origen de la familia, etc.», he tenido que volver a revisar toda la literatura pertinente aparecida en estos 8 años y ahora debo comprimir la quintaesencia en el libro, lo que no es ninguna broma, sobre todo con tantas interrupciones. Sin embargo, ya he dejado atrás lo peor y podré por fin volver a trabajar en el tomo III. He tenido que recortar toda mi correspondencia, de lo contrario no avanzo en absoluto.

En Berlín —¡del todo entre nosotros! Schlüter no debe saber que te comunico esto; no sabe tener la boca cerrada nunca, y si tú se lo cuentas, él ya sabe que procede de mí—, en Berlín, digo, la gente ha acabado por comprender que detrás de Liebknecht no hay más que fraseología hueca. Tal como estaban las cosas, no tuvieron más remedio que darle el puesto de redactor del «Vorwärts» y, además, nombrarlo miembro honorario de la dirección. Que con ello habría de llegarse a una crisis era para mí cosa clara desde hace ya mucho tiempo, e inevitable. Ahora descubren que dirige el periódico de un modo que lo mata, porque 1) él mismo no hace nada y 2) impide que otros que podrían hacer algo actúen. Así, es un escándalo que permita que su yerno Geiser embadurne con artículos de fondo —cuya aridez arrogante y cuya tediosa impotencia resultarían inalcanzables para cualquier otro—; y encima Geiser, que en San Galo fue echado moralmente del partido. De momento no cabe prever aún cómo terminará el asunto. Le ofrecieron a Liebknecht otro puesto, en el que habría de actuar como orador popular y en su anterior papel de francotirador periodístico, pero él vio en ello una destitución. Ahora no saben cómo arreglárselas para jubilarlo decentemente y de manera que él lo acepte —pues en eso desemboca la cosa al fin y al cabo—. Lo más cómico es que Liebknecht apenas ha cambiado en absoluto durante la vigencia de la ley contra los socialistas, cuya duración impidió que estallara este conflicto; a lo sumo se ha seguido desarrollando en la dirección que emprendió hace ya mucho tiempo, y que ahora la gente, tan pronto como Liebknecht fue trasladado de su soledad de Borsdorf a Berlín, descubra que ya no es el mismo Liebknecht de antes —es decir, el Liebknecht que ellos se habían imaginado—. Lo cierto es que los otros han seguido desarrollándose y de repente perciben ahora la distancia; creen que siguen siendo los de antes, y no es el caso.

Otra cosa. Stanislaus me escribe que Anna se ha dirigido a París pidiendo dinero y que ya lo ha recibido o lo recibirá; que estas tentativas de extorsión son ya demasiado fuertes y que habría que escribirlo a América para que allí no se hagan más gastos inútiles de dinero a causa de la joven señora. Por eso ya te ha escrito a ti y me ruega que yo haga lo mismo. Él califica el proceder de Anna de puro chantaje.

Hoy hemos tenido, por fin, una muestra de un día de verano; la vegetación lleva un mes entero de retraso; en ese aspecto seguimos en plena primavera, aunque por lo demás no hayamos visto ninguna.

Gracias por la edición pirata americana. Schlüter me ha contado cosas curiosas al respecto. Dale las gracias de mi parte por su detallada carta; por desgracia ahora no puedo contestarle.

Aquí el movimiento marcha bastante bien. La Unión de los Gasworkers y General Labourers ocupa cada vez más el primer lugar aquí, gracias sobre todo a Tussy. El movimiento avanza a la inglesa, sistemáticamente, paso a paso, pero con seguridad, y es muy significativo el cómico fenómeno de que aquí, como en América, los que se presentan como marxistas ortodoxos —y han convertido nuestras ideas de movimiento en un dogma rígido que se aprende de memoria— figuren como pura secta, tanto allí como aquí. Y más significativo todavía es que esa gente sean, entre vosotros, extranjeros, alemanes, y aquí, en cambio, ingleses recalcitrantes, Hyndman y consortes. En este momento llega Tussy, de modo que termino.

Saludos de su parte, de Louise y de tu viejo para ti, tu mujer y Schlüter

F. E.

Tussy me cuenta ahora mismo que ella también —justo cuando se marchaba al congreso de los Gasworkers en Dublín, por Pentecostés— recibió de Anna una carta parecida a la de los parisinos. Naturalmente, no se hizo ni caso.