en Dresde

122, Regent’s Park Road, N.W.
Londres, 24 de marzo de 1891

Muy señor mío:

Ante todo he de pedirle disculpas por no contestar a su atenta carta del 26 de noviembre del año pasado hasta hoy —¡casi exactamente cuatro meses!—. Pero si supiera usted la masa interminable de trabajo y correspondencia de todo tipo que he tenido durante este tiempo, y que, debido a la debilidad de mi vista, solo puedo escribir tres horas al día —¡y eso con luz natural!—, seguramente me excusaría.

Así pues, muchísimas gracias por sus amables deseos, que parecen cumplirse en la medida en que, dadas las circunstancias, estoy en conjunto bastante sano y en general se afirma que no se me nota la edad. Esperemos que siga siendo así.

Aborda usted a continuación algunos temas difíciles, que no pueden ni de lejos agotarse en una carta breve. Que sería un progreso si las cooperativas obreras pudieran negociar directamente y en nombre de todos con el empresario el contrato de salario, es indudable. También aquí, en Inglaterra, se ha venido persiguiendo eso desde hace casi 50 años, pero los capitalistas conocen demasiado bien su ventaja para morder el anzuelo como no sea a la fuerza. En la gran huelga de los muelles de 1889 se impuso; también antes y después se ha conseguido, aquí y allá, temporalmente; pero a la primera oportunidad los señores vuelven a emanciparse de esa «tiranía insoportable» de las cooperativas y declaran inadmisible que terceros, personas no llamadas, se inmiscuyan en la relación patriarcal entre ellos y sus obreros. Es la vieja historia: en tiempos de buenos negocios, la demanda de trabajo obliga a los señores a la condescendencia; en los malos, aprovechan el exceso de oferta de trabajo para compensar todas estas concesiones. Pero, en conjunto, la resistencia de los obreros crece con su creciente organización, de tal modo que la situación general —la media— se eleva un poco, que ninguna crisis vuelve a hundir a los obreros de manera duradera por debajo o solo hasta el punto cero, el punto más bajo de la crisis anterior. Pero lo que sucederá cuando algún día vivamos una crisis industrial larga, crónica, que dure 5 o 6 años y sea general, es difícil de decir.

El empleo de los obreros sobrantes por el Estado o los municipios y la estatalización del comercio de víveres son puntos que, según mi opinión, habría que concebir de manera más amplia que como se hace en su carta. No solo el comercio, sino también la producción de los víveres que pueden producirse en el propio país, deberían incluirse en ello. Pues ¿con qué otra cosa quiere usted ocupar a los sobrantes? Son justamente sobrantes porque no hay salida para sus productos. Pero entonces llegamos a la expropiación de los terratenientes, y eso ya es un buen trecho más allá de lo que el Estado alemán o austríaco de hoy estaría dispuesto a ir. Y además no podemos confiar algo semejante ni a uno ni a otro de los dos. Cómo sucede y qué resulta de ello cuando los junkers han de expropiar a los junkers, puede verse aquí, en Inglaterra, donde, bajo todas las formas medievales, impera una vida estatal mucho más moderna que a ambos lados del Erzgebirge. Ese es justamente el punto neurálgico: que mientras las clases poseedoras sigan al timón, toda estatalización no es una abolición, sino solo un cambio de forma de la explotación; en la república francesa, norteamericana o suiza, no menos que en la Europa central monárquica y en la oriental despótica. Y para desplazar a las clases poseedoras del timón, necesitamos ante todo una transformación en las cabezas de las masas obreras, como la que ahora ciertamente se está realizando —de manera relativamente lenta—; y para conseguirla, necesitamos un ritmo aún más rápido en la transformación de los métodos de producción, más maquinaria, más desplazamiento de obreros, más ruina de campesinos y pequeños burgueses, más palpabilidad y masividad de los resultados inevitables de la gran industria moderna.

A medida que esta transformación económica se realice de modo más rápido y más incisivo, se impondrán también con necesidad medidas que, aparentemente destinadas solo a remediar males que han crecido de repente en forma grande e insoportable, en sus consecuencias socavarán las raíces del modo de producción existente hasta ahora; y las masas obreras se harán oír por medio del sufragio universal. Qué medidas serán las primeras, eso depende de las condiciones locales y temporales, y nada puede decirse al respecto de antemano y en general. Pero, esta es mi opinión, pasos verdaderamente liberadores solo serán posibles cuando la transformación económica haya llevado a la gran masa de los obreros a la conciencia de su situación y les haya allanado con ello el camino hacia el poder político. Las demás clases solo pueden hacer obra de remiendo o simulacro. Y este proceso de esclarecimiento de las cabezas obreras avanza ahora cada día más deprisa, y de aquí a 5 o 10 años los diversos parlamentos tendrán un aspecto muy distinto.

El III tomo* volverá a estar en trabajo en cuanto los malditos trabajos intermedios y la interminable correspondencia con todos los países del mundo me dejen tiempo. Pero entonces haré la revolución y cerraré el taller y no dejaré que me molesten más. Ojalá lo termine este año; me quema en las manos y tengo que terminarlo.

¿No vendrá usted otra vez a Inglaterra? Tussy está muy bien y animada, muy felizmente casada y se ha vuelto bastante rolliza.

Respetuosamente suyo,
F. Engels

* de “El Capital”