en Stuttgart

Londres, 11 de febrero de 1891

Querido Kautsky:

Mil gracias por tus dos cartas. Te devuelvo adjuntas las de B[ebel] y Sch[ippel].

El boicot de los berlineses contra mí aún no se ha levantado; no oigo ni veo nada por carta, seguramente no han llegado aún a una conclusión. En cambio, en el «Hamburger Echo» apareció un editorial muy decente, ¡y eso que esta gente está todavía muy imbuida de lassalleanismo y hasta jura por el *Sistema de los derechos adquiridos*! También deduje de éste y del «Frankfurter Zeitung» que el embate de la prensa adversaria está ya en pleno auge, cuando no agotado. Una vez superado – y hasta ahora ha sido, por lo que he visto, muy suave –, la gente se repondrá del primer susto. En cambio, el corresponsal berlinés de Adler (¿A. Braun?) me da expresamente las gracias por la publicación. Unas cuantas voces más como ésta y la resistencia decaerá.

Que a Bebel se le ocultó y escamoteó intencionadamente el documento en mayo/junio de 1875, me resultó claro en cuanto me indicó la fecha de su salida de la cárcel el 1 de abril; también le he escrito que debió haberlo visto, a no ser que «no hubiera ocurrido nada indebido». En su momento, si es necesario, le pediré cuentas por ello. El documento estuvo mucho tiempo en manos de Liebknecht, a quien Bracke se lo pudo arrancar sólo con dificultad; Liebknecht quería guardárselo por completo para utilizarlo en la redacción definitiva del programa. Cómo, es cosa que está a la vista.

Envíame el artículo de Lafargue por correo certificado, bajo faja como manuscrito; yo me ocuparé de arreglar el asunto. Por lo demás, su artículo sobre Padlewski era muy bueno y muy útil frente a las tergiversaciones del «Vorwärts» sobre la política francesa. En general, Guillermo* ha tenido mala suerte en esto. Él pone por las nubes a la República francesa en todas partes, y su corresponsal, Guesde, contratado por él expresamente, la pone por los suelos en todas partes.

* Wilhelm Liebknecht

No me importa en absoluto la declaración de la fracción anunciada por Schippel. Si lo desean, estoy dispuesto a confirmarles que no suelo pedirles permiso. Que a ellos les parezca bien o no esta publicación, me tiene sin cuidado. Les concedo gustoso el derecho a emitir su opinión desfavorable sobre esto o aquello. Si el asunto no resulta de tal modo que me vea absolutamente obligado a entrar en él, ni siquiera pienso en contestar. Esperemos, pues.

Tampoco escribiré a Bebel por ese motivo, pues, en primer lugar, él tiene que decirme primero por sí mismo cuál es la opinión definitiva que se ha formado sobre el asunto, y, en segundo lugar, cualquier acuerdo de la fracción es firmado por todos, hayan votado a favor o no. Por lo demás, Bebel se equivoca si cree que voy a dejarme arrastrar a una polémica enconada. Para eso tendrían que venirme primero con falsedades, etc., que yo no pudiera dejar pasar. Al contrario, estoy formalmente infestado de ánimo conciliador; no tengo motivo alguno para airarme, y ardo en deseos de tender todos los puentes —puentes de pontones, puentes de caballete, puentes de hierro o de piedra, incluso puentes de oro— sobre el posible abismo o sima que Bebel columbra a lo lejos.

¡Qué extraño! Ahora escribe Schippel de los muchos viejos lasalleanos que están orgullosos de su lasalleanismo — ¡y cuando estuvieron aquí, se decía unánimemente: ya no hay lasalleanos en Alemania! Fue ésta precisamente una razón principal que disipó no pocos de mis reparos. Y luego viene Bebel y constata que un gran número de los mejores camaradas se sienten gravemente heridos. Sí, entonces tendrían que haberme presentado las cosas tal como eran.

Por cierto, si ahora, después de 15 años, no se puede hablar directamente del desatino teórico de Lassalle y de su profetismo, ¿cuándo entonces?

Pero el Partido mismo, la Directiva, la fracción y *tutti quanti* están protegidos contra toda crítica, salvo la de haber aprobado semejante programa (y ésa es inevitable), gracias a la ley contra los socialistas. Mientras estuvo en vigor, quedó excluida toda revisión. Tan pronto como cesó, la han puesto en el orden del día. Así pues, ¿qué más se quiere?

Y también es necesario que la gente deje de una vez de tratar a los funcionarios del partido —sus propios servidores— con los eternos guantes de cabritilla y de comportarse ante ellos como ante burócratas infalibles, con servil obediencia en vez de criticarlos.

Tuyo,
F. E.

Habrás oído ya lo de la candidatura de Aveling en Northampton, en sustitución de Bradlaugh. Las ramas locales de la Social Democratic Federation y los Gasworkers le invitaron. Fue allí, batió el parche con mucho aplauso. Tenía asegurados entre 900 y 1.000 votos. Pero faltaba el depósito en metálico para los gastos electorales, y cuando un agente tory se lo ofreció, Aveling lo rechazó indignado. Así que no fue nominado, pero a partir de ahora es candidato obrero permanente por Northampton.