en Stuttgart

Londres, 15 de enero de 1891

Querido Barón:

Por las pruebas adjuntas verás que no soy un monstruo y que incluso he administrado a la introducción una dosis de morfina y bromuro de potasio lo bastante calmante, que sin duda ejercerá sobre el ánimo elegíaco de nuestro amigo Dietz el debido efecto sedante. Hoy mismo escribiré a Bebel. No le había dicho nada antes del asunto, porque no quería ponerlo en una falsa posición frente a Liebknecht. A éste se habría visto obligado a hablarle del tema, y Liebknecht, que, como demuestra su discurso sobre el programa de Halle, se ha hecho extractos del manuscrito, habría removido cielo y tierra para impedir la impresión.

Si el pasaje: «atender a sus [necesidades] religiosas como a las corporales» no puede quedar sin más, suprime las tres palabras subrayadas y pon puntos suspensivos. La alusión resultará entonces más fina y, sin embargo, lo bastante comprensible. Así confío en que no habrá reparos.

Por lo demás, he hecho todo lo que tú y Dietz me habéis pedido para complaceros, y, como ves, más aún.

Los Mendelssohn han llegado de París. Al ponerlo en libertad, el juez le prohibió salir de Francia. En cambio, el ministro Constans le ordenó que se marchara voluntariamente, so pena de ser expulsado. Constans ha encargado a Labruydre, que notoriamente está compinchado con la policía, que se encargue de hacer desaparecer a Padlewski. Si Padlewski hubiera comparecido ante el jurado, el pastel con Rusia habría estallado como una crisis: las hazañas de los mouchards rusos en París no habrían podido excluirse del proceso, ¡y Padlewski podría haber sido absuelto! Constituía, pues, una enorme molestia para el gobierno y tenía que desaparecer. ¡Haz que Lafargue te escriba un artículo sobre cómo Padlewski ha hecho saltar la alianza franco-rusa! Liebknecht concibe el asunto de manera totalmente falsa, como todo lo extranjero.

Aquí llegaron los Mendelssohn sin dirección alguna y cayeron en manos de Smith Headingley y Hyndman, quienes los llevaron a un mitin, etc. Por fin vinieron a verme; les di la dirección de Ede, y cuando, por razones diplomáticas, les hice una visita formal de devolución, entró por la puerta… el señor Smith Headingley. Esto me dio ocasión de tratarlo con la más fría aversión delante de los polacos, lo que pareció surtir su efecto. El domingo estuvieron aquí, y hoy los tengo a ellos, a Ede y a los Aveling a comer; con lo cual probablemente se habrá cortado la cabeza a la intriga urdida en interés de Brousse, Hyndman y Cía. Lástima que no estés aquí; empezamos con ostras.

Tuyo,
F. E.