en Viena

Londres, 12 de diciembre de 1890

Querido Adler:

En el momento de darte las gracias por tu brindis y el de tu mujer, recibo tu carta del 9 con el cheque devuelto de Aveling. En cambio, te remito adjunto un cheque sobre mi sucursal local del mismo banco por 10,4 libras, incluidos los gastos, y este cheque no será devuelto.

Es el desorden de la bohemia literaria en Aveling lo que conduce a tales cosas, cuando la bohemia se empeña en tener una cuenta bancaria. «Tan joven y ya todo un bohemio» se puede decir también aquí. Por lo demás, ambos acaban de anunciarse para comer en casa, y entonces podré lavarle la cabeza a él por esa negligencia, y a ella por la horrenda adulación que me ha echado encima en la «Sozialdemokratische Monatsschrift» de 1499. Solo una cosa es cierta: que mi barba se ladea curiosamente hacia un lado… por razones, por lo demás, muy suficientes, con las que te ahorro.

Muchas gracias por tus indicaciones respecto a Louise. También es mi deseo que se quede conmigo, y si no lo lograra, me resultaría muy penoso separarme de ella. Pero sería para mí un sentimiento permanentemente opresivo si tuviera que creer que, por consideración hacia mí, ha sacrificado otros deberes y otras perspectivas. Bien, en 8 o 14 días probablemente se decidirá. Si se queda, en cualquier caso tendrá que ir aún una vez este invierno a Viena para ponerlo todo en orden.

En cuanto al peligro de exceso de trabajo, en Viena, según me parece, era ciertamente bastante grande. En cambio aquí difícilmente puede hablarse de ello. Trabajo doméstico propiamente dicho no debe ni puede hacerlo –ya por las sirvientas, que entonces no la considerarían una verdadera lady–. Solo tiene que dirigir y supervisar. Además, se encarga de la secretaría conmigo; le dicto o le doy cosas para copiar, de modo que puedo cuidar la vista, y luego emprendo diversas cosas con ella: primero química, luego francés; también desea latín, y a eso se le puede poner remedio. Después de comer dormimos, y por la noche, de 11 a 12, jugamos a las cartas, para que mis ojos descansen de la lectura y yo me duerma mejor con el cerebro vacío. Por lo demás, conozco su impulso de sacrificarse por los demás, y eso precisamente me hace dudar de insistirle demasiado en que se quede conmigo. Anteayer por la noche discutimos el caso detenidamente, y el obstáculo más esencial parece ser justamente… su madre, a quien ella hasta ayer no comunicó la intención de quedarse aquí. Naturalmente, la respuesta a esto será de importancia decisiva. Pero ¡en qué situación me encontraría yo si tuviera que decirme que he arrancado a Louise de una nueva carrera, que le gustaba y ofrecía esperanzas, para ponerla en una posición en la que no se libraría del sentimiento de haber cometido una injusticia contra su madre!

Así pues, lejos de reprocharte de algún modo tus observaciones sobre el caso, te estoy, por el contrario, muy agradecido por ellas. Pues Louise abandona su espontánea sinceridad precisamente en un solo punto: allí donde se trata de ocultar su abnegación. Y ahí todos nosotros tenemos el deber de vigilarla de cerca.

Afectuosos saludos a tu mujer y a tus hijos, de los que Louise me cuenta muchas cosas divertidas, y a ti mismo, de parte de Louise y de tu

F. Engels