Engels a Mohrhenn

en Barmen

122, Regent’s Park Road, N.W.
Londres, 9 de diciembre de 1890

¡Estimado camarada Mohrhenn!

No puedo por menos de expresarle mi más sincero agradecimiento por la molestia que se ha tomado con las fotografías de mi casa paterna en el Bruch. Me han causado una alegría inmensa y me han traído a la memoria más de una alocada travesura juvenil ligada a este escalón de la puerta, a tal o cual habitación o ventana. La vieja señorita Demuth tiene razón, la casa en el Bruch que en mi juventud llevaba el n.º 800 es la correcta; detrás estaba nuestro jardín, luego el terreno de blanqueo hasta el Engels-Gang, y enfrente las casas de mi abuelo Caspar y de su hermano Benjamin Engels, en las que más tarde vivieron mis tíos Caspar y August. Creo recordar vagamente a la Srta. Demuth; ella debió de verme también un par de veces en casa de mi primo Caspar, cuando ambos éramos aún jóvenes. Ella seguramente podría describirle también la antigua casa solariega de mi familia, donde nació mi abuelo. Se alzaba al final del Engels-Gang, allá donde confluye con el Bruch, frente al camino que sube hacia el Böken, pero que entonces no tenía nombre. Era una casa bastante pequeño-burguesa, de dos pisos; en mi juventud, abajo era almacén, y arriba vivían dos criadas de mis abuelos, pensionistas de la familia, conocidas como Drütschen y Mineken, que a menudo nos obsequiaban a los niños con sirope de manzana sobre pan. El ferrocarril ha devorado la casa.

Que el Bruch, ya lo decíamos entonces, no es ni de lejos tan piadoso como antes, me lo ha puesto en claro mi hermano Rudolf hace ya años. Señaló la casa de enfrente, donde antes vivía un tal Ottenbruch y que lucía un letrero de taberna: «¿Ves? ¡Ahí van ya muchos socialdemócratas!» ¡Socialdemócratas en el Bruch! Eso sí que era una revolución colosal comparado con cincuenta años atrás.

Una aún mayor sería, desde luego, si nuestra vieja casa se convirtiera en una imprenta socialdemócrata. Pero eso tendría usted que empezarlo con mucha astucia. La casa pertenece ahora a mi hermano Hermann, si no la ha vuelto a vender, y difícilmente la vendería para ello si supiera lo que se proponía hacer con ella. Bueno, sin duda no se hará nada de eso por ahora; sería demasiado bonito.

Ahora, cuídese. Todavía iré un día a Barmen, y entonces lo visitaré y usted me contará qué perrerías fueron aquellas bajo la ley de excepción contra los socialistas.

Con el saludo más cordial.

Suyo,
F. Engels