en Hoboken

Londres, 26 de noviembre de 1890

Desde que te comuniqué la muerte de mi buena Lenchen, Louise Kautsky —la divorciada, no la número II— ha venido provisionalmente conmigo y con ello ha vuelto a despuntar un algo de sol. Es una mujer verdaderamente magnífica, y Kautsky debe de haber estado fuera de sus cabales cuando se separó de ella.

Ya están llegando las felicitaciones con motivo de mi septuagésimo cumpleaños, pasado mañana, y ahora Singer, Bebel, Liebknecht me anuncian además su visita aquí. Quisiera que todo esto hubiese pasado ya; no me siento en absoluto con humor de cumpleaños, y encima este alboroto inútil que de todos modos no soporto. ¡Y a fin de cuentas, no soy más que quien cosecha la fama de Marx!

El congreso de Halle ha transcurrido brillantemente. Tussy estuvo allí, completamente encantada con los delegados, aunque no tanto con la fracción, entre la que hay muchos filisteos. Pero se ha puesto cuidado en que algo así no se repita en las próximas elecciones. Por lo pronto, en el Reichstag mantienen mejor disciplina de lo que cabía esperar, y mantienen… la boca cerrada; de otro modo, las meteduras de pata serían inevitables.

Nuestra campaña a favor del congreso de fusión de 1891 ha tenido pleno éxito. Habrás leído las resoluciones adoptadas en la Conferencia Internacional de Halle: congreso en Bruselas, bajo la condición de la plena soberanía del congreso. Es todo lo que exigíamos, y el belga Anseele propuso por iniciativa propia que los suizos y los belgas, los mandatarios de los dos congresos de 1889, cursaran mancomunadamente la convocatoria. Dado que los posibilistas, además, se descomponen sin remedio, están en guerra civil abierta, y que al venirse abajo el boulangismo parisino los elementos socialistas que estaban envueltos en aquello recaen en nosotros y no en los posibilistas, venceremos, por así decirlo, walk over the course sin oposición. Hyndman ha cometido la inconcebible estupidez de aliarse con el noble Brousse contra Allemane, y eso también le perjudicará enormemente.

Los alemanes, no me cabe duda, se pondrán de buen grado en relación con la American Federation of Labor; yo hablaré con la gente de aquí e influiré sobre Fischer, que forma parte de la directiva del partido. Fischer es de los mejores, muy inteligente, lee francés e inglés y conoce el movimiento de ambos países. Él contrapesará la influencia unilateral de Liebknecht en los asuntos internacionales.

Tu comienzo en la «Neue Zeit» es muy bueno; sigue así, pronto volverás a compenetrarte con la escritura. El honorario es aproximadamente el doble de lo que se paga aquí a los colaboradores (5 marcos la página); en cuanto le vuelvas a coger el ritmo, con un trabajo más rápido no lo encontrarás tan exageradamente bajo. Me gustaría ver mejor documentado lo que Schlüter te ha contado. Que yo y otros percibimos 5 marcos por página en la «Neue Zeit» y que ése es el honorario general habitual allí, consta fehacientemente. Yo mismo le he escrito a Kautsky diciéndole que debían ofrecerte más. Schlüter a veces parlotea con cierta ligereza sin pararse a pensar. Naturalmente, si se calcula en términos americanos, son 2 dólares por página, algo exiguo, y si consideras que tienes que exigir tarifas americanas, haces muy bien en hacerlo. Pero Kautsky, que sin duda hace todo por ti, también tiene que tener miramientos hacia Dietz, que es el pagador, y yo quisiera que de esos miramientos no se le abriera la puerta de la «Neue Zeit» a alguno de los del «Volkszeitung» o del «Sozialist». Vuelve a reflexionar sobre el asunto, y si insistes en el suplemento, escríbemelo; entonces interpelaré a Kautsky al respecto, y eso dejará todas las puertas abiertas.

El boicot contra mí ya lo habían declarado Rosenberg y Cía., y si ahora caen en él los nacionalistas, bien merecido me lo tengo. ¡Por qué no voy a dejar yo la lucha de clases! ¡Exactamente igual nos sucede a Marx y a mí aquí con los fabianos, que también quieren llevar a cabo la emancipación de los trabajadores mediante los «instruidos»!.

Los artículos del «Labor Standard» sobre George los guardo hasta que encuentre tiempo para leerlos, hasta ahora no lo he tenido. No tienes idea de la montaña de hojas, folletos, etc. que me envían.

El «Capital» I ha aparecido en polaco en casa de Kasprowicz, Leipzig, y me lo han mandado desde Varsovia.

Saludos cordiales a tu esposa.

Tuyo,
F. Engels