en Viena

[Londres, 9 de noviembre de 1890]

... Lo que pasé en los días siguientes, cuán terrible, desolada y desierta se me aparecía y aún se me aparece la vida, dispénsenme de contarlo. Entonces vino la pregunta: ¿y ahora qué?, y entonces, querida Louise, una imagen se me presentó viva y confortante día y noche ante los ojos, y esa imagen eras tú. Entonces dije como Nimmy: ¡Ah, si pudiera tener aquí a la Louise! Pero no me atreví a pensar en realizarlo... pasara lo que pasase, nunca habría vuelto a tener sosiego si no le hubiera planteado a usted, antes que a nadie y al punto, esta cuestión... Quienquiera que dirija mi hogar tendrá que someterse a las ideas reinantes aquí, según las cuales una dama no debe asumir ningún servicio manual. Quizás eso me sería incluso impuesto, y con toda seguridad me vería obligado a recurrir a alguien que no pertenece a nuestro partido... Usted, pues, sólo tendría que ejercer la supervisión y el resto del tiempo quedaría libre para lo que le plazca...

Podremos entonces discutir todo el asunto aquí, y o bien seguimos juntos como los viejos o nos separamos como los viejos. Ahora pronuncie usted su veredicto. Reflexione sobre el asunto, consúltelo con Adler. Si, como temo, esta fantasía mía ha de quedarse sin realizar, o si usted encuentra que las desventajas o incomodidades para usted son mayores que las ventajas y las alegrías, entonces háganmelo saber sin rodeos. La quiero a usted demasiado como para desear que me haga un sacrificio... Y por eso mismo le ruego que no me haga ningún sacrificio, y ruego por su mediación a Adler que se lo desaconseje. Usted es joven y tiene un hermoso porvenir por delante. Yo dentro de tres semanas cumpliré setenta años, y apenas me quedará ya poco tiempo de vida. A estos pocos años no debe sacrificarse ninguna vida joven y llena de esperanzas. Fuerzas para salir adelante todavía me quedan...

En amor imperecedero