en Stuttgart

Londres, 18 de septiembre de 1890

Querido Kautsky:

Tengo tus cartas del 22 de agosto y del 8 de septiembre. Ya habría contestado a la primera desde Folkestone, donde estuve 4 semanas. Pero pasé por alto el aviso de que saldrías para Stuttgart el 25 de agosto, y por tanto no sabía adónde dirigirme.

El pequeño alboroto estudiantil se ha venido abajo rápidamente. C. Schmidt ha sabido mantenerse al margen; Bebel escribe que está perfectamente. Por lo demás, tú sabes más que yo de todo ese lío.

Es muy propio de un redactor el que quieras enredarme en una crítica del programa.!%%) Pero tú mismo sabes que no tengo tiempo. ¡Ničego!

Ante los muchos proyectos que ahora, por fuerza, se hacen en Alemania y se suceden unos a otros, no tendría sentido responder a los planes que me comunicas en tu última más que diciéndote que no conozco aquí a nadie que pudiera recomendarte para la «N[eue] Z[eit]» y la «Schwäbische] Tagwacht». Difícilmente querrá Schmidt marcharse de Berlín. ¿No puede Bebel encontrarte a alguien?

En Liverpool se ha asestado un rudo golpe.!#*! Y la ironía de la historia ha querido que el noble Brentano tuviera que estar presente en la tribuna para presenciar el derrumbe de su afirmación, proclamada con tanta perseverancia y patetismo: ¡que los trade unions ingleses eran la mejor protección contra el socialismo! !#”’

La lucha está ahora en pleno desarrollo. La jornada legal de ocho horas: ése fue el punto crítico de inflexión, con cuya adopción se quebró el reino del viejo movimiento obrero conservador, asentado sobre el terreno de la relación capitalista. La socialización de la tierra, de las minas, de los medios de transporte es admitida de manera general; para los demás medios de producción, existe una fuerte minoría. En suma, la cosa está en marcha, y el*

* ¡De ningún modo! El 1.º y 4 de mayo han contribuido en gran medida. El 4 de mayo fue el pronunciamiento?, el Congreso de Liverpool la primera batalla.

Los belgas han aprovechado el congreso para invitar a los ingleses a un congreso internacional en Bélgica. Una maniobra muy pérfida; los delegados de los sindicatos jóvenes de Liverpool, entusiasmados últimamente por la acción internacional, han aceptado con entusiasmo. Como los belgas, por su propia cuenta, hasta ahora sólo podían invitar al congreso de los posibilistas en Bélgica, esto es una maniobra para forzarnos la mano. Los ingleses están esta vez seriamente comprometidos, gracias a la insensatez de nuestras resoluciones de París sobre el lugar y la convocatoria del próximo congreso!#?, que nos condenan a la inactividad mientras los otros actúan.

Aquí debe hacerse algo; tras consultar con los demás de aquí, he escrito a Francia, y tan pronto como se vislumbre algo concreto, tú recibirás probablemente noticias de Ede o mías. De momento es necesaria una discreción absoluta, también un tratamiento prudente de la acción belga (lo mejor es limitarse, por ahora, a registrarla en la prensa), para que no surjan obstáculos innecesarios. ¿Vas a Halle el 12 de octubre?

En el último número del «Sozialdemokrat» aparece un artículo mío?, que a muchos de allá les causará gran enfado. Pero no puedo arremeter contra la pandilla de literatos sin dar también algo al elemento filisteo del partido, que les ha proporcionado el pretexto para el alboroto. Naturalmente, de manera indirecta: para ataques no es éste el número del triunfo. Por eso me alegró también que los literatos me obligaran a ajustar cuentas con ellos previamente⁴.

De Sam Moore, continuas buenas noticias desde África. Tiene fiebre cada 6-8 semanas, durante 2-3 días, pero es muy benigna y no deja huellas.

Schorlemmer ha vuelto ayer noche de Manchester. Después del viaje a Noruega padecía zumbidos de oídos y sordera, un pertinaz catarro de oídos; ahora está algo mejor, pero le ha estropeado 6 semanas de vacaciones.

El joven Guillermo? debe de ir a Noruega, según opinión de los ingleses, sólo para poder hacerse el marinero sin marearse. En efecto, desde Skudenes, al sur, hasta el Cabo Norte, se navega siempre por aguas completamente tranquilas; sólo en 2 o 3 puntos es posible marearse durante 2 o 3 horas. ¡Y qué decir de los fiordos! Hay una quietud tal que el más pequeño lago alpino es, en comparación, un borrascoso océano mundial. Allí puede uno ser almirante en tierra con tanta seguridad como en el viaje de Charlottenburg a Potsdam. Por lo demás, el joven pasó a bordo de un torpedero, viniendo del fiordo de Sunelv, desde el Geirangerfjord, muy silenciosamente junto a nosotros. Cuando desembarcamos en Molde, Schorlemmer y yo subimos al Moldehaj, un mirador de unos 1300 pies de altura (el mismo que aparece en «Fruen fra Havet» (La dama del mar) de Ibsen, que transcurre en Molde). Arriba había media docena de jóvenes tenientes de la flota fondeada abajo, de paisano. Me parecía estar de nuevo en Potsdam. Exactamente el viejo lenguaje de la guardia, los antiguos chistes de alférez y las fanfarronadas de teniente. En cambio, después nos encontramos con un montón de ingenieros, gente muy simpática y formal. Y los marineros eran unos tipos que se pueden dejar ver en todas partes. ¡Pero los almirantes, ésos sí que están gordos de verdad!

Tuyo,

F. E.