He visto en Deutsche Worte de Viena, una crítica del libro de Paul Barth * escrita por Moritz Wirth, ese pájaro de mal agiiero, y esta cri- tica me ha dejado una mala impresión del libro mismo. Tendré que re- visarlo, pero debo decir que si el pequeño Moritz cita correctamente a Barth en cuanto éste afirma que el único ejemplo de dependencia de la filosofía, etc., respecto de las condiciones materiales de la existen- cia, que puede hallar en todas las obras de Marx, es que Descartes sostiene que los animales son máquinas, entonces lo lamento por la persona que puede escribir una cosa tal. Y si este hombre no ha des- cubierto todavía que si bien la forma material de la existencia es el primum agens (causa primera) esto no excluye que los dominios idea- les vuelvan a actuar a su vez sobre ella, aun cuando con efecto secun- dario, entonces posiblemente no puede haber entendido el tema acerca del cual escribe. Sin embargo, repito que todo esto es de segunda ma- no y que el pequeño Moritz es un amigo funesto. Y .la. -Loncepción materialista de la historia también tiene hoy un montón de amigos a quienes les sirve de excusa para'no “estudiar historia. Diré lo mismo que acostumbraba decir Marx” a” propósito de los “marxistas” franceses de fines del 70: “Todo lo que sé es que yo no soy marxista”.

También en Volkstribune ha habido una discusión sobre la repar-. tición de los productos en la sociedad futura, sobre si tendrá lugar según la cantidad de trabajo realizado, o de otra manera. El problema ha sido enfocado de manera muy “materialista”, en contraposición a cicr- tas formas idealistas de la fraseología sobre la justicia. Pero es bastan- te extraño que a nadie se le haya ocurrido nunca que, después de todo, el método de división depende esencialmente de cuánto hay para divi- dir, y que esto debe cambiar seguramente' con el progreso de la pro- ducción y de la organización social, de manera que también el método de división puede cambiar. Pero ninguno de los que tomaron parte cn la discusión consideraron a la “sociedad socialista” en continuo cam- bio y progreso, sino como algo estable fijado definitivamente y que, en consecuencia, debe tener fjado su método de división de una vez para siempre. Pero todo lo que puede hacerse razonablemente es: 1) tratar de descubrir el método de div sión a emplear, desde el principio

* Paul Barth, La filosofía de la historia de Hegel y de los hegelianos hasta Marx y Hartmann (1890). (Ed.)

y 2) tratar de hallar la tendencia general en que habrá de marchar el desarrollo posterior. Pero sobre esto no encuentro una sola palabra cn todo el debate.

En general, la palabra materialista sirve a muchos de los jóvenes escritores alemanes de simple frase mediante la cual se rotula sin más estudio toda clase de cosas; pegan esta etiqueta y creen que la cuestión está resuelta. Pero nuestra concepción de la historia es, sobre todo, una guía para cl estudio, “y ño” una palanca para construir como los hegelianos. Es necesario volver a estudiar toda la historia, deben examinarse en todos sus detalles las condiciones de existencia de las diversas formaciones sociales antes de tratar de deducir de ellas los conceptos políticos, jurídicos, estéticos, filosóficos, religiosos. etc.. que les corresponden. Al respecto hasta ahora sólo muy poco se ha hecho, porque pocas personas se han dedicado a ello seriamente. En este do- minio podemos utilizar cantidad de documentación auxiliar: es inmen- samente vasto, y quien quiera trabajar seriamente puede hacer mucho y distinguirse. Pero en lugar de esto, demasiados jóvenes alemanes se limitan a emplear la frase materialismo histórico (pues todo puede convertirse en frase), para reunir. en un sistema definido y tan rápida- mente como sea posible sus relativamente escasos conocimientos histó- ricos (¡pues la historia económica está todavía en pañales!) para des- pués mirar orgullosos su proeza y considerarsc grandiosos. Y es así cómo un Barth puede atacar a aquello que en su círculo ha sido real- mentc reducido a una simple frase.

Pero todo esto se corregirá. Ahora somos en Alemania lo suficien- temente fuertes como para aguantar muchas cosas. Uno de los mayo- res servicios que nos hizo la Ley de excepción contra los “socialistas fuc el de: librarnos de la oficiosidad del estudiante universitario alemán, teñido de socialismo. Somos ahora lo bastante fuertes como para digerir al estudiante universitario alemán, que vuelve a darse grandes aires. Usted, que ya ha hecho realmente algo, debe haber observado cuán reducido es el número de los jóvenes escritores afiliados al partido que se toman el trabajo de estudiar la economía, la historia de la economía, la historia del comercio, de la industria, de la agricultura, de las formaciones «sociales. ¿Cuántos no conocen de Maurer otra cosa que su nombre? El descaro del periodista ha de suplirlo todo, y el resultado es proporcional. Parecería a menudo que esos señores piensan que cualquier cosa es sufi- cientemente buena para los obreros, ¡Si esos caballeros supieran tan sólo que Marx consideraba que sus mejores cosas no eran todavía bastante buenas para los obreros, y que consideraba criminal ofrecer a los obreros algo inferior a lo mejor de lo mejor!

Después de la prueba por la que tan brillantemente han pasado desde 1848, tengo ilimitada confianza en nuestros obreros, y únicamente en ellos. Como todo gran partido, cometerá errores en puntos particu- lares de su desarrollo, y tal vez grandes errores. Por cierto que las masas sólo aprenden de sus propios errores, experimentando en carne propia. Pero todo eso será superado, y mucho más fácilmente en nues-

tro país que en cualquier otra parte, debido a que nuestros muchachos son en realidad indestructiblemente sanos, y también debido a que Ber- lín —que no se desprenderá con facilidad y rapidez de su berlinismo peculiar— no es sino nuestro centro formal, como Londres, y no lo que es París para Francia. Con mucha frecuencia me he irritado con los obreros franceses e ingleses (a pesar de darme cuenta de las causas de sus desatinos), pero con los alemanes, desde 1870, nunca; con indivi- duos que hablaban en su nombre, sí, pero nunca con las masas, que todo lo volvían al camino justo. Y quisiera apostar que nunca me irri- tarán.

ScumIpT, Konrad. Economista alemán, socialdemócrata, revisionis- ta. Durante su permanencia en Londres, en 1887, conoció a Engels. “Schmidt conocía mucho la teoría y casi había llegado a resolver inde- pendientemente el problema de la tasa media de beneficio y algunos de los otros problemas resueltos por Marx en el tercer volumen de El capital. En sus cartas a Schmidt, Engels tocó una serie de cuestiones teóricas importantes. El 17 de octubre de 1889 le escribía:

“Y, en lo que respecta a la teoría, todavía queda mucho por hacer, especialmente en el dominio de la historia económica y sus conexiones con la historia política, con la historia del derecho, de la religión, de la literatura, y en general de la cultura, en que sólo una clara visión teórica puede guiar la marcha por el laberinto de los hechos.”

Schmidt no justificó las esperanzas que al principio se pusieron «n él y más tarde adhirió al 'revisionismo.