Londres, 19 de junio de 1890

Muy estimada señora Liebknecht:

Si aludí a sus manifestaciones de que se encontraba usted aislada y casi proscrita en Leipzig, fue, desde luego, lo más natural. De ellas tenía que deducir que Leipzig le resultaba insoportable, y me alegra saber que no es así en modo alguno.

No puedo entrar en una comparación más general de las ventajas de Leipzig y las incomodidades de Berlín, ya de por sí, porque no conozco aquéllas en absoluto y de éstas sólo guardo un viejo recuerdo, desde cuyo tiempo, según dicen los berlineses, Berlín se ha embellecido maravillosamente. Sin embargo, le creo de buen grado que, para todo lo que atañe a la vida hogareña, Leipzig ofrece infinitamente más que la metrópoli del Sáhara de la Marca.

Todo esto —se lo he escrito a Singer y a Liebknecht— son cuestiones que cada cual ha de resolver consigo mismo, con su familia y con el partido, y en las que quienes estamos fuera debemos guardar reserva. Pero sólo puedo decir que, en mi firme opinión, Liebknecht debe ir a Berlín si la dirección del partido y el órgano del mismo se trasladan allí. Sobre si esto sucede o no, no tengo voto, sino únicamente una opinión no vinculante. Pero si ocurre y Liebknecht se quedara en Leipzig, se degradaría a sí mismo a dirigente de segunda fila, se jubilaría, por así decirlo, y se vería en una situación en la que no se le consultaría ni se le oiría en los asuntos importantes; en resumen, daría el primer paso hacia la abdicación, y eso no lo querrá usted.

La política nos zarandea de un modo muy peculiar. Cuando Lassalle quiso sacar en Berlín un periódico con Marx y conmigo en 1858, tampoco pudimos decir que no y estábamos dispuestos a trasladarnos a la metrópoli arenosa … afortunadamente, las negociaciones se deshicieron. Y aquello habría significado para mí la ruptura de contratos comerciales y para nosotros dos una mudanza muy distinta a la de Leipzig a Berlín. De manera que, si se diesen las condiciones previas que hicieran inevitable su traslado al arenal del Reich, sabrá usted consolarse y ciertamente será consolada no sólo por el descubrimiento posterior de que, al fin y al cabo, también allí se puede resistir, sino también por la seguridad de que Liebknecht ocupa así el puesto que por derecho le corresponde en el partido y ha ido al lugar donde puede desempeñarlo plenamente.

En todo caso, este asunto se decidirá muy pronto, y quiero esperar que, cualquiera que sea la decisión, con el tiempo se reconcilie usted con ella.

Reciba los mejores saludos de Nim, de la señora Lafargue, de los Rosher y de su afectísimo

F. Engels