en Berlín

(Borrador)

Londres, 5 de junio de 1890

Muy señor mío:

Lamento no poder satisfacer su deseo de escribirle una carta utilizable contra el señor Bahr. ¡Eso me enredaría en una polémica pública con él, y para ello tendría que hurtarle tiempo a mi trabajo, literalmente! Lo que le escribo, pues, es solo para su información privada.

Además, eso que usted llama el movimiento femenino nórdico me es totalmente desconocido; conozco solo algunos dramas de Ibsen e ignoro por completo si, y en qué medida, se puede hacer responsable a Ibsen de las lucubraciones más o menos histéricas de arribistas burguesas y pequeñoburguesas.

Y tampoco deja de ser el terreno que se ha dado en designar con el nombre de “cuestión femenina” tan vasto, que dentro de los límites de una carta es imposible decir nada exhaustivo, ni siquiera medianamente satisfactorio. Solo hay una cosa segura: que Marx jamás habría podido “ponerse así”, como Bahr le exige. Tan loco no estaba.

En cuanto a su intento de tratar la cuestión de manera materialista, he de decir ante todo que el método materialista se trueca en su contrario cuando no se lo maneja como hilo conductor en el estudio histórico, sino como una plantilla ya elaborada conforme a la cual se recortan los hechos históricos. Y si el señor Bahr cree sorprenderle a usted en ese camino equivocado, me parece que tiene una pequeña sombra de razón.

Usted resume toda Noruega y todo cuanto allí acontece bajo la única categoría de pequeña burguesía, y luego le endosa sin reparo a esa pequeña burguesía noruega su concepción de la pequeña burguesía alemana. Y aquí se interponen dos hechos.

Primero: cuando en toda Europa la victoria sobre Napoleón se presentó como la victoria de la reacción sobre la revolución, y solo en su patria francesa la revolución inspiraba aún el miedo suficiente para arrancar a la legitimidad restaurada una constitución burguesa liberal, Noruega encontró la ocasión de conquistarse una constitución con mucho más democrática que cualquiera de las contemporáneas en Europa.

Y segundo: Noruega ha experimentado en los últimos 20 años un auge literario como ningún otro país, salvo Rusia, puede exhibir en el mismo período. Pequeñoburgueses o no, esa gente rinde mucho más que los demás e imprime su sello también a otras literaturas, y no en último lugar a la alemana.

Estos hechos hacen necesario, a mis ojos, investigar un poco en sus peculiaridades a la pequeña burguesía noruega.

Y entonces probablemente encontrará usted que sale a la luz una diferencia muy esencial. En Alemania, la pequeña burguesía es fruto de una revolución fracasada, de un desarrollo interrumpido y reprimido, y ha recibido su carácter peculiar, anormalmente hipertrofiado, de cobardía, estrechez de miras, impotencia e incapacidad para toda iniciativa, a través de la Guerra de los Treinta Años y el período que la siguió, justo cuando casi todos los demás grandes pueblos se elevaban con rapidez. Este carácter se le ha conservado, aun después de que el movimiento histórico volviera a apoderarse de Alemania; fue lo bastante fuerte para imponerse también, en mayor o menor medida, a todas las demás clases sociales alemanas como tipo alemán general, hasta que por fin nuestra clase obrera rompió estas estrechas barreras. Los obreros alemanes son “apátridas” de la peor manera, precisamente por haberse sacudido por completo la estrechez de miras pequeñoburguesa alemana.

La pequeña burguesía alemana no es, pues, una fase histórica normal, sino una caricatura llevada al extremo, un trozo de degeneración, exactamente como el judío polaco es la caricatura de los judíos. El pequeño burgués inglés, francés, etc., no se halla en modo alguno al mismo nivel que el alemán.

En Noruega, por el contrario, el pequeño campesinado y la pequeña burguesía, con una ligera mezcla de burguesía media —tal como esta existía en Inglaterra y Francia en el siglo XVII—, constituyen desde hace varios siglos el estado normal de la sociedad. Aquí no se trata de un retroceso violento a condiciones caducas por un gran movimiento fracasado y una Guerra de los Treinta Años. El país ha quedado rezagado a causa de su aislamiento y de sus condiciones naturales, pero su estado era plenamente adecuado a sus condiciones de producción y, por tanto, normal. Solo muy recientemente empieza a penetrar en el país, de manera esporádica, una pequeñísima parte de gran industria, pero no hay espacio para la palanca más poderosa de la concentración de capital, la Bolsa, y además ejerce un efecto conservador la gigantesca expansión del comercio marítimo. Pues mientras en todas partes el vapor desplaza a los veleros, Noruega extiende enormemente su navegación a vela y posee, si no la mayor, seguramente la segunda flota velera del mundo, en su mayor parte en posesión de pequeños y medianos armadores, como en Inglaterra hacia 1720. Y con todo, ello ha puesto en movimiento la vieja existencia estancada, y este movimiento se expresa también en el auge literario.

El campesino noruego nunca fue siervo, y esto da a todo el desarrollo, de manera similar a como ocurre en Castilla, un trasfondo completamente distinto. El pequeño burgués noruego es hijo del campesino libre y, en estas circunstancias, es todo un hombre frente al degenerado pequeño burgués alemán. Y así, también la pequeñoburguesa noruega está a mucha altura por encima de la esposa del pequeñoburgués alemán. Y cualesquiera que puedan ser los defectos, por ejemplo, de los dramas de Ibsen, ellos nos reflejan un mundo ciertamente pequeñoburgués y de burguesía media, pero completamente distinto del alemán como el cielo de la tierra, un mundo en el que las gentes tienen todavía carácter e iniciativa y obran de manera independiente, aunque a menudo, según conceptos extraños, de modo singular. Antes de emitir un juicio sumario, yo prefiero conocer a fondo algo así.

Por lo demás, volviendo al susodicho carnero, es decir, al señor Bahr, me asombra que las gentes en Alemania se tomen unas a otras con tan terrible solemnidad. El ingenio y el humor parecen estar más prohibidos que nunca, y el aburrimiento se ha convertido en deber ciudadano. De otro modo, usted habría examinado sin duda algo más de cerca a la “mujer” del señor Bahr, de la cual ha sido despojado todo lo “devenido históricamente”. Su piel es algo devenido históricamente, pues tiene que ser blanca o negra, amarilla, morena o roja; por tanto, no puede tener una piel humana. Sus cabellos son algo devenido históricamente: si crespos y lanosos, si rizados, si lacios, si negros, rojos o rubios. Así pues, le están vedados los cabellos humanos. ¿Qué queda, entonces, cuando usted ha despojado a “la mujer en sí” de todo lo devenido históricamente, con piel y cabellos, y “la mujer en sí sale a relucir”? ¿Qué se muestra? Simplemente la mona, la antropopiteca, y el señor Bahr puede llevársela a la cama consigo, “con toda pureza sensorial y nitidez”, junto con sus “impulsos naturales”.