en Berlín

Londres, 12 de abril de 1890

Querido Schmidt:

Por falta de tiempo, hoy solo puedo contestar brevemente a sus cartas del 25 de febrero y del 1 de abril; pero como la segunda exige pronta respuesta, tengo que ponerme a ello hoy mismo.

Que necesito ayuda con los manuscritos de Marx es algo que ya hace un año tuve claro; por eso propuse a Ede —es decir, a Bernstein— y a Kautsky que me secundaran en ello, naturalmente no sin retribución, y ambos aceptaron. Hasta ahora he recibido, de ese manuscrito para el libro IV mencionado en el prefacio al tomo II, una parte copiada por Kautsky; él se ha habituado muy bien a la letra y, en sus horas libres, sigue ocupándose de ello. Ahora bien, es posible que deje definitivamente Londres —es decir, al menos por unos años—, pero entonces, según los acuerdos tomados hasta ahora, probablemente Ede pasaría a ocupar su lugar, tanto más cuanto que, en caso de expiración sin renovación de la ley de excepción contra los socialistas, tal vez su situación cambiaría sin que se le diera la posibilidad de regresar sin más a Alemania. Así pues, tal como están ahora las cosas, poca perspectiva podría ofrecerle a usted en este terreno; pero en seis meses pueden cambiar muchas cosas, y yo conservo tanto más a gusto en la memoria su amable ofrecimiento cuanto más me interesa familiarizar con la letra manuscrita de Marx al mayor número posible de personas suficientemente preparadas, cosa que no puede hacerse sin maestro, y porque en esto yo soy el único. Pues si un día falto —lo que puede suceder cualquier día—, esos manuscritos serían de otro modo un libro sellado con siete sellos, en el que cada cual adivinaría más de lo que descifraría correctamente. Así que, si se presenta una situación en que mis colaboradores actuales me abandonen o yo consiga de cualquier otro modo libertad de acción al respecto, me pondré en contacto con usted de inmediato y solo espero que entonces tenga usted aún ganas de

aceptar; tal vez también sin eso logre usted venir aquí, y una vez aquí, muchas cosas se facilitan, que de lejos parecen difíciles.

¡Nuestra victoria electoral fue realmente asombrosa, y el éxito en el exterior igual de grandioso! Los triunfos de Bismarck nos habían granjeado respeto como soldados a nosotros, es decir, a los alemanes en general, pero más bien habían menguado el respeto por el carácter personal en cuanto alemanes; el servilismo rastrero de los burgueses hizo el resto: los alemanes se baten bien cuando están bien mandados, pero tienen que ser mandados; independencia, carácter, capacidad de resistencia contra la tiranía... de eso ni hablar. Desde las elecciones, eso ha cambiado. Se ha visto que los burgueses y los junkers alemanes no constituyen la nación alemana; la brillante victoria de los obreros tras diez años de represión, y bajo la represión, ha impresionado más que Königgrätz y que Sedán; el mundo sabe que somos nosotros quienes hemos derribado a Bismarck, y los socialistas de todos los países sienten ahora, les guste o no, que el centro de gravedad del movimiento se ha trasladado a Alemania. Tras las experiencias que yo he hecho, no me preocupa en absoluto que nuestros obreros no se muestren a la altura de esta nueva posición. Los elementos recién llegados no dominarán todavía con soltura la táctica correcta, pero la aprenderán pronto, y lo que no hagan los viejos camaradas de lucha, eso lo procurará ya el gobierno en su sabiduría. La actitud de toda nuestra prensa frente a los famosos decretos demuestra cómo la ley de excepción contra los socialistas ha hecho ahí su labor preparatoria. Gato escaldado del agua fría huye, y lo que en 1878 aún habría podido tener momentáneamente cierto efecto perturbador, ya no surte absolutamente ningún efecto. Bien sé que hay gentes, incluso en la nueva fracción, que con gusto se prestarían a pactar con esa amabilidad obrerista que viene de arriba, pero serán reducidas al silencio en cuanto abran la boca. Puttkamer tenía toda la razón: la ley de excepción contra los socialistas ha tenido un enorme “efecto educativo”, pero de manera distinta a como él se imaginaba.

¿Ha visto usted en los “Jahrbücher” de Conrad un anuncio de su libro escrito por Achille Loria, de Siena? Me lo han enviado de Italia —probablemente de modo indirecto el propio Loria—. Conozco a ese Loria; estuvo aquí, mantuvo también correspondencia con Marx, habla alemán y lo escribe como es su artículo, es decir, mal, y es el más consumado trepador que jamás me he topado. Entonces veía la salvación del mundo en la pequeña propiedad parcelaria campesina; si todavía la ve, no lo sé. Escribe libro tras libro y plagia

con una desvergüenza que, fuera de Italia, sería imposible incluso en Alemania. Así, hace unos años, un librito en el que voceaba la concepción materialista de la historia de Marx como su descubrimiento más reciente, ¡y me envió el mamotreto! Cuando Marx murió, escribió un artículo que me mandó, en el que afirmaba: 1) que Marx basaba su teoría del valor en un sofisma que él mismo reconocía como tal (un sofisma consaputo?), y 2) que Marx nunca había escrito el tercer libro de “El Capital”, ni había tenido nunca intención de escribirlo, sino que solo lo había mencionado para burlarse de la gente, bien a sabiendas de que las soluciones prometidas eran puramente imposibles. A pesar de todos mis rechazos y groserías, no estoy seguro de que no vuelva a asediarme con cartas o envíos; la desvergüenza del tipo no conoce límites.

Saludos cordiales.

Suyo,

F. Engels