en La Haya  

Londres, 9 de abril de 1890  

Estimado camarada:  

Mucho me temo que aquí no se encuentre plaza para su hijo como aprendiz en un taller mecánico. Hace treinta o cuarenta años, los fabricantes de maquinaria tomaban aprendices de ese tipo; mi hermano¹ trabajó como tal durante un año en Bury, cerca de Mánchester. Tuvo que pagar cien libras esterlinas de cuota de aprendizaje, fue inscrito como aprendiz en la Trades Union de los Engineers y, al cabo de algún tiempo, percibió un salario semanal de quince chelines. Pero, desde que los continentales y, en particular, los alemanes, hacen la competencia a los ingleses en el ramo de la maquinaria, éstos, por regla general, ya no admiten aquí a ningún extranjero como aprendiz. Voy a hacer nuevas indagaciones en Mánchester, y si recibo noticias más favorables, le escribiré de inmediato.  

Me alegra saber que también allí marchan las cosas viento en popa; aquí, tras la agitación del verano pasado, ha sobrevenido de nuevo un cierto relajamiento, y las inevitables fricciones personales, locales y de toda índole florecen otra vez más de lo deseable. Pero un pueblo práctico y, precisamente por eso, que se mueve de manera muy a ras de tierra, como los ingleses, ha de aprender a fuerza de sufrir las consecuencias de sus propios errores; de otro modo no se consigue nada aquí, y además el movimiento ha penetrado ya en capas obreras demasiado amplias para que todo ese jaleo pueda causarle otra cosa que un retraso pasajero.  

El tercer tomo de *El Capital* me pesa gravemente sobre la conciencia; algunas partes se hallan en un estado tal que no pueden publicarse sin una revisión minuciosa y, en parte, una reordenación, y comprenderá usted que no ejecuto semejante cosa en una obra tan grandiosa sin la más madurada reflexión. En cuanto termine con la quinta sección, las dos siguientes darán menos trabajo; las cuatro primeras están listas para la imprenta, salvo la revisión final. Si pudiera apartarme durante un año por completo del movimiento internacional en curso, no leer periódicos, no escribir cartas, no mezclarme en nada, acabaría fácilmente.  

Con un saludo cordial,  
suyo,  
F. Engels