en Dresde

Londres, 9 de marzo de 1890

Querido Liebknecht:

Te felicito por los 42.000 votos, que te convierten en el premier élu de l’Allemagne. Si ahora vuelve a interrumpirte cualquier Junkerdorf de los Kar, Hell o de otra laya, puedes responderle: ¡Retírese usted a su prepucio, si es que lo tiene, que yo represento a tantos electores como una docena de los de su calaña!

Aquí vamos volviendo poco a poco a un cierto despeje, aunque sin resaca, después de la larga embriaguez de victoria. Yo esperaba 1.200.000 votos, pero en general se me tachó de excesivamente optimista; ahora se ve que fui todavía demasiado modesto. Nuestros muchachos se han portado espléndidamente, pero esto es solo el principio; les aguardan combates más duros. Nuestros éxitos en Schleswig-Holstein, Mecklemburgo y Pomerania nos garantizan ahora progresos enormes entre los trabajadores agrícolas del Este. Ahora que tenemos las ciudades y la fama de nuestras victorias llega hasta las más remotas propiedades señoriales, podemos encender en el campo un incendio muy distinto de aquellos fuegos de paja de hace doce años. En tres años podemos ganar a los trabajadores rurales, y entonces tendremos los regimientos nucleares del ejército prusiano. Y para impedirlo no hay más que un medio, y el aplicarlo sin miramientos es el único punto en el que todavía coinciden Guillermito y Bismarck: una enérgica tiroteada con su obligado terror agudo. Para ello aprovecharán cualquier pretexto, y, una vez que las «metrallas» de Puttkamer hayan disparado sus shrapnels en las calles de «algunas grandes ciudades», habrá estado de sitio en toda Alemania, el filisteo recobrará la debida disposición y votará ciegamente según lo prescrito, y a nosotros nos dejarán paralizados por años.

Eso tenemos que impedirlo. No debemos dejarnos desconcertar en nuestra marcha victoriosa, ni echarnos a perder nuestro propio juego, ni impedir que nuestros enemigos hagan nuestro trabajo. Coincido, pues, contigo en que por ahora debemos presentarnos del modo más pacífico y legal posible y evitar todo pretexto de colisiones. Desde luego, considero inoportunas tus filípicas contra la violencia, en cualquier forma y en todas las circunstancias; en primer lugar, porque ningún adversario te las cree —tan estúpidos no son—, y en segundo lugar, porque según tu teoría tanto yo como Marx seríamos también anarquistas, ya que nunca estuvimos dispuestos, como buenos cuáqueros, a poner también la mejilla izquierda si alguien nos golpeaba en la derecha. Esta vez has disparado decididamente más allá del blanco.

A Nieuwenhuis lo considero bastante inocente del artículo al que respondes; según escriben hacia aquí, Croll es el buscapleitos que no te deja en paz —dicen que es un camorrista de primera clase. Estos pequeños estadistas son nuestra desgracia internacional: exigen enormemente, quieren que siempre se les trate con guantes de seda, pero se permiten toda grosería, se sienten siempre postergados porque no pueden tocar siempre el primer violín; toda la malevolencia y todos los quebraderos de cabeza del congreso anterior, antes y durante, fueron causados solo por ellos, primero los suizos con su ilusión de poder sonsacar a los posibilistas, luego los bruselenses, después los holandeses. Bueno, nuestra victoria alemana probablemente los encarrilará un poco y nos permitirá ser magnánimos.

Ten la bondad de avisarme con algo de antelación cuándo cruzas el agua para venir a vernos. Solo tenemos libre una habitación, y en primavera a veces está ocupada —por Pascua, por Schorlemmer, posiblemente vengan también los Lafargue o Louise Kautsky; quizá sea preciso, pues, un poco de management para mantenerla libre para ti.

Puesto que das una dirección especial de Dresde, debo tomarlo como una insinuación para escribirte allí.

La «Nineteenth Century» es actualmente, junto a la «Contemporary Review», la revista más prestigiosa de aquí; pero como confundo constantemente las dos, no podré escribirte los detalles hasta después, en cuanto estén aquí los Aveling. Por de pronto, solo esto: 1. hazte pagar bien; 2. según el derecho de aquí, el artículo es propiedad de la revista y la redacción puede hacer en él las modificaciones que quiera, a menos que tú acuerdes previamente lo contrario. Yo, en tal caso, estipulo: 1. that the copyright remains vested in me, 2. that no alterations are made without my express consent.¹

Por la noche. «Nineteenth Century» pertenece al señor Knowles; Gladstone escribe de vez en cuando en esta y en «Contemporary», que pertenece a Percy Bunting, a quien te llevó la Schack. Por lo demás, nada hay que añadir a lo anterior. Knowles es un puro hombre de negocios; mantente, pues, precavido.

Saludos de Nim, de los Aveling, de Ede, del Dr. Zadek y de la señora Romm-Zadek; ídem de Pumps y de Percy, todos los cuales están aquí.

Tuyo
F. E.

¹ 1. que el derecho de autor queda reservado para mí; 2. que no se realice ninguna modificación sin mi consentimiento expreso.