en Le Perreux

Londres, 7 de marzo de 1890

Mi querido Lafargue:

Por fin ha pasado el período electoral. Imposible emprender nada durante esta agitación, este ir y venir, estas eternas correrías. Pero, en fin, esta vez valió la pena. ¡Nuestros obreros han hecho que el emperador alemán se afane en vano y han enviado al reportero del «Gaulois» a Perreux!

El buen Guillermo es, en primera línea, emperador. No se manda al aire a un Bismarck tan fácilmente como usted cree. Deje, pues, tiempo a esta disputa para que se desarrolle. Guillermo no puede separarse tan bruscamente del hombre que obligó a su abuelo a convertirse en un gran hombre, ni Bismarck de Guillermo, a quien él mismo ha acostumbrado a tenerse por un Federico II al cuadrado. Pero solo se entenderán todavía en un único punto: en abrir fuego contra los socialistas a la primera ocasión. En todos los demás puntos, divergencia de opiniones y, más tarde, disputa abierta.

El 20 de febrero es la fecha del comienzo de la revolución en Alemania; por eso tenemos el deber de no dejarnos aplastar prematuramente. Hasta ahora solo tenemos un soldado de cada 4 o 5 y, en caso de conflicto, tal vez uno de cada 3. Hacemos progresos en el campo; las elecciones en Schleswig-Holstein y, sobre todo, en Mecklemburgo, así como en las provincias orientales de Prusia, lo han demostrado. En 3 o 4 años tendremos de nuestro lado a los trabajadores rurales y a los jornaleros, es decir, a los regimientos centrales del statu quo, y entonces ya no habrá Prusia. Por eso tenemos que proclamar ahora la acción legal; no debemos recoger las provocaciones con que nos abrumarán. Pues sin una sangría, y ha de ser una sangría fuerte, ya no hay salvación para Bismarck ni para Guillermo.

Estos dos valientes mozos están, según se dice, consternados; no tienen ningún plan firme, y B[ismarck] tiene bastante que hacer para desbaratar las intrigas cortesanas que se tejen abundantemente contra él.

Los partidos burgueses se unirán en el terreno común: el miedo a los socialistas. Pero ya no son los mismos partidos. El hielo está roto y pronto habrá un crac.

En lo que respecta a Rusia, es probable que todavía necesite muchos millones franceses antes de estar en condiciones de hacer la guerra. El equipamiento de su ejército está completamente anticuado y, además, no se tiene claro si se debe poner un fusil de repetición en manos del soldado ruso. Los rusos son extraordinariamente firmes en los combates de masas, pero eso ya no se hace; como tiradores no valen nada, les falta iniciativa personal. Además, ¿dónde encontrar, en un país sin burguesía, los oficiales para tantos hombres?

En la «Neue Zeit» y en la «Time» de abril y mayo aparecerán algunos artículos míos sobre la política exterior rusa. Intentamos aquí separar a los liberales ingleses del rusofilismo de Gladstone; el momento es favorable: ¡las inauditas crueldades contra los presos políticos en Siberia han hecho casi imposible que los liberales mantengan ese tono! ¿Acaso no se habla de ello en Francia? Pero entre vosotros la burguesía se ha vuelto casi tan estúpida y vil como en Alemania.

En cuanto a la «Time», no es una revista socialista, todo lo contrario; Bax tiene miedo de que se pronuncie allí siquiera la palabra socialismo. Como usted no respondió a su telegrama con «respuesta pagada», se ha granjeado su sumo desagrado. Pero hace mal en imitar su manera de enfadarse. La «Time» no puede de ninguna manera publicar con demasiada frecuencia un artículo firmado por Lafargue. Igualmente le es imposible aceptar uno que ya ha aparecido en la «Nouvelle Revue», exactamente como la señora Adam no publicaría un artículo que ya hubiera aparecido en la «Time». ¿Y accedería la señora Adam a un acuerdo que permitiese una publicación simultánea? Sea razonable; el artículo está colocado en su revista y con ella dará la vuelta al mundo.

Aveling y Tussy tienen la intención de publicar cada mes un artículo de un extranjero; es lo máximo que se puede ofrecer al público inglés; como ya hubo un artículo suyo en el número de febrero, eso le sirve a Bax de pretexto para rechazar su artículo; tanto más cuanto que dentro de unos meses ya nadie hablará del ataque de Huxley contra Rousseau. ¡Y todo porque usted no envió la «respuesta pagada»! Es mezquino, pero así es Bax.

¡Pobre Laura! Esperemos que no tenga que vérselas más con Castelar. Este hombre me resulta tan repulsivo como lo era en 1848 el bello Simón de Tréveris, todos cuyos tratados consistían en fragmentos de Schiller y del que estaban enamoradas todas las jóvenes y viejas judías de Fráncfort. Gracias por la carta de Iglesias; se la devolveré la próxima vez. Ese Back es un ruso-alemán de las provincias bálticas, que hace unos diez años publicaba en Ginebra una revista báltica (en alemán) y a quien el viejo Becker, a falta de algo mejor, intentó convertir al socialismo. Back ha enviado también un artículo a Kautsky sobre el partido español inventado por él mismo, pero K[autsky] me ha dado el manuscrito sin imprimirlo. ¡Qué desvergüenza la de ese falso ruso báltico, ponerse al frente de un partido español compuesto por tres oficiales sin soldados!

Quería escribir todavía algo sobre los perros de Laura, pero son las 5, y ya resuena el nuevo gong (regalo de Aveling) para la comida. — Un pequeño conflicto entre dos deberes, entre Laura y Nim, pero mi estómago interviene y decide. ¡Nim puede guardarme rencor, y Laura está lejos!

A ambos, todo lo mejor.

F. E.