en Plauen, cerca de Dresde

F[riedrich] Londres, 17 de feb. de 1890
Querido Bebel,
K[arl] K[autsky] me ha dicho que teníais previsto telegrafiar el día 20 por la noche los

resultados que conozcáis, y por eso quería hacerte aún
algunas comunicaciones acerca de los servicios nocturnos de entrega de aquí,
para que no ocurra un desliz por desconocerlos y al final no recibamos el telegrama
hasta la mañana siguiente. Ede, Fischer y
K[arl] K[autsky] son todos de la opinión de que lo mejor es telegrafiar a mi nombre;
todos ellos estarán aquí el jueves por la noche, espero que también Julius[t].

Más abajo los detalles, pues aún espero información.

Por lo demás, no puedo sino enviaros una felicitación tras otra.
A ti, en primer lugar, por el olfato fino con que en tu penúltima carta desde Viena
presentiste los decretos del joven Guillermo antes de que aparecieran; a todos
vosotros por la brillante situación que nuestros adversarios os han
creado —nunca había estado tan favorable la cosa en vísperas electorales—, y por la
nueva situación que parece estarse gestando en Alemania.

Aún mejor que el “noble” Federico (de quien, por lo demás, he visto aquí una
fotografía, donde tenía enteramente los hereditarios ojos falsos de los Hohenzollern,
como su medio tío Willich, que era hijo del príncipe Augusto, hermano de Federico Guillermo III) me pareció desde el principio
el joven Guillermo, por su afán de actividad como escoba nueva que barre bien y por su
voluntad de mando, que necesariamente pronto chocaría con Bismarck, indicado para hacer
tambalear el sistema aparentemente estable de Alemania, para confundir la fe del
filisteo en el gobierno y la estabilidad y sumirlo todo, en general, en la confusión y la
inseguridad. Pero lo que no podía esperar era que él lo hiciera tan rápida y brillantemente
como ha ocurrido. Este hombre nos vale dos veces su peso en oro, no
necesita temer atentados; pegarle un tiro no sería sólo
un crimen, sino una estupidez gigantesca. Llegado el caso, tendríamos que
ponerle una guardia contra las estupideces anarquistas.

A mí me parece que la cosa está así: los socialcristiano-conservadores
han ganado ascendiente sobre Guillermito, y Bismarck, como no puede
evitarlo, deja que el joven se desboque a sus anchas, para que se
estrelle a fondo una vez y luego él, Bismarck, pueda saltar como salvador en la
emergencia y después sentirse seguro ante casos semejantes. De ahí que
B[ismarck] desee un Reichstag lo más malo posible; que pronto esté maduro para la disolución,
y donde él pueda entonces apelar de nuevo al miedo de los filisteos ante la
amenazante movimiento obrero.

Pero B[ismarck] sólo olvida una cosa: que desde el momento en que
el filisteo ve desavenencia entre el viejo B[ismarck] y el joven
Guillermo, ese mismo filisteo se vuelve incalculable para él. Miedo
tendrá siempre el filisteo, incluso mayor que ahora, precisamente porque no sabe
a quién atenerse. La manada cobarde ya no se mantendrá junta, sino que será
dispersada por su propio miedo. La confianza se ha ido y no volverá jamás como hasta ahora.

Todos los recursos auxiliares de B[ismarck] tienen que fracasar cada vez más
a partir de ahora. Quiere vengarse de los nacionalliberales por
la ley de expulsión denegada. Con ello rompe su último y débil
apoyo. ¡Quiere atraerse al Centro y con ello disuelve el
Centro! Los junkers católicos arden en deseos de unirse con los
junkers prusianos; pero el día de esta alianza, los campesinos y los obreros católicos
(en el Rin la burguesía es mayoritariamente protestante) les negarán
el servicio. Esta disgregación del Centro a nadie beneficia más que a nosotros:
es para Alemania, en pequeño, lo mismo que en Austria, a mayor escala,
la compensación de las nacionalidades: la eliminación
de la última formación partidaria no basada en una base puramente económica,
es decir, un momento esencial de clarificación, una liberación de
elementos obreros hasta ahora atrapados ideológicamente.

El filisteo ya no puede creer en Guillermito, porque hace cosas
que el filisteo tiene que considerar estúpidas barrabasadas; ya no puede creer en
Bismarck, porque ve que su omnipotencia se ha ido al diablo.

Lo que salga de esta confusión no se puede decir, dada la cobardía de nuestra burguesía.
En todo caso, lo viejo está acabado para siempre, no se puede restaurar,
tan poco como una especie animal extinta. Por fin vuelve a haber
vida en el cotarro, y eso es todo lo que necesitamos. Al principio lo tendréis
mejor, pero es dudoso que al final no tenga razón Puttkamer con el gran
estado de sitio. También eso sería un progreso:
el último, el último de los últimos remedios —muy fatal para vosotros mientras
dure, pero la víspera decidida de nuestra victoria. Hasta entonces, sin embargo,
todavía correrá mucha agua Rin abajo.

Con condiciones electorales tan inesperadamente favorables, sólo temo que
consigamos demasiados escaños. Cualquier otro partido puede tener en el Reichstag tantos
burros y permitir que cometan tantas estupideces como pueda
pagar, y ningún gallo canta por eso. Nosotros debemos tener sólo genios y
héroes, si no, pasamos por hacer el ridículo. Pero ahora somos una vez por todas un
gran partido y tenemos que asumir las consecuencias.

En París han vuelto a ganar los boulangistas. Eso es bueno. París está
muy corrompido por la economía de lujo de muchos extranjeros ávidos de placer y por el
chauvinismo basado en el gran pasado de la ciudad (no sólo
el general francés, sino el específicamente parisino);
los obreros son o bien posibilistas, o boulangistas, o radicales.
Cuanto más se levanta la provincia, y lo hace frente a París, tanto mejor
para el desarrollo. La provincia ha echado a perder más de un movimiento que
París puso en marcha; París nunca echará a perder un movimiento que haya partido de la
provincia.

Así que sobre el telegrafiar: Escribo a la oficina central de aquí
para que esta semana me traigan a casa todos los telegramas a cualquier hora de la noche.
Pero para que vuestros telegramas tengan sentido, deben
llegar aquí antes de la 1 de la madrugada. Si telegrafiáis el jueves por la noche
hasta las 11.30, esto da, con la diferencia horaria, unas 2 horas y media
para la transmisión; más tarde tendría poca utilidad. Así que el jueves
a las 11.30 de la noche a más tardar. Ede hará telegrafiar directamente
aquí desde Berlín, Hamburgo, Elberfeld.

Pero si hasta las 11.30 del jueves no tenéis resultados que telegrafiar,
entonces mejor el viernes hacia las 12 o la 1 del mediodía, hora en que ya debéis saber algo,
y quizás otra vez el viernes por la noche hacia las 10 u 11; esto último,
en todo caso, deseable.

Además: sólo los nombres de las ciudades donde tengamos triunfos, respectivamente, balotaje.
Donde haya varios distritos electorales en una ciudad, mejor como sigue: Hamburgo,
se dice Hbg, los 3 escaños; Hamburgo uno, dos, se dice Hbg I. y II. distrito electoral.
Luego: primero todos los triunfos, luego todos los balotajes en los que estemos; así, p. ej.:
triunfo Berlín cuatro, cinco, seis, Hamburgo, Breslau uno, Chemnitz, Leipzig-
Provincia, etc.; balotaje Berlín tres, Breslau dos, Dresde uno, Leipzig-
Ciudad, etc. Si eso es demasiado largo, entonces: quince triunfos, diecisiete balotajes,
etc. Y en el segundo telegrama: juntos tantos y tantos triunfos y etc.
balotajes.

Esto ahorrará derroche de dinero y tiempo.

Saludos cordiales y 1.200.000 votos. Tuyo
F. E.