en Berlín

Londres, 23 de enero de 1890

Querido Bebel:

¡Te felicito por la absolución de Elberfeld! Y no menos por tu brillante conducción del proceso, que, a pesar de los malos informes de prensa, se dejaba reconocer con suficiente claridad. No fue poca cosa abrirse paso así, con un séquito de noventa acusados, entre ellos un tal Röllinghoff y probablemente algunos otros elementos canallescos; pero no creo que el señor Pinoff desee volver a verte frente a él en el banquillo de los acusados. Este individuo es, desde luego, lo más granado que ha producido la fiscalía prusiano‑alemana. Interpreta la ley tal como Bismarck interpreta la constitución, a saber, como el estudiante de corporación interpreta en la taberna el comentario cervecero: cuanto más disparatado, mejor. A los juristas franceses —para no hablar de los ingleses— se les pondrían los pelos de punta.

Hoy se estará ya discutiendo de nuevo en Berlín la ley contra los socialistas. Creo que tú (en la *Arbeiter‑Zeitung*) tienes razón: lo que Bismarck no consiga de este Reichstag lo obtendrá del próximo; la marea creciente de nuestros votos rompe la espina dorsal a toda y cualquier oposición burguesa. Sobre este punto no soy de la misma opinión que Ede. Él y Kautsky —ambos tienen cierta predisposición para la «alta política»— opinan que en las próximas elecciones hay que esforzarse por alcanzar una mayoría hostil al gobierno. ¡Como si entre los partidos burgueses existiera todavía en Alemania algo semejante! Los progresistas desaparecen en cuanto cesa la ley contra los socialistas; los elementos burgueses que hay entre ellos se pasan a los nacionalliberales, y los pequeñoburgueses y obreros a nosotros. Por eso se retirarán cada vez en cuanto la ley contra los socialistas amenace caer. Y por lo demás, Bismarck obtendrá siempre una mayoría; aunque el primer año todavía se haga de rogar y se muestre remiso, el segundo año los convencerá, ¡pues están seguros ante sus electores durante cinco años! Pero si Bismarck estira la pata o queda inutilizado de otro modo, entonces da más o menos igual qué gente se siente en el Reichstag (me refiero a los burgueses, no a los junkers); todos son igualmente capaces de escupir a sus dioses de ayer en cuanto el viento cambia. Así que no veo ninguna razón para no devolver esta vez a los progresistas su infame conducta de 1871 y hacerles comprender que sólo subsisten por gracia nuestra. Fue la decisión de Parnell en 1886 de hacer votar a los irlandeses en Inglaterra en todas partes contra los liberales y a favor de los tories, es decir, de no actuar por primera vez desde 1800 como ganado electoral liberal, la que en seis semanas convirtió a Gladstone y a los jefes liberales en partidarios del Home Rule. Y si alguna vez se puede todavía sacar algo de los progresistas, será únicamente demostrándoles *ad oculos* su dependencia de nosotros... en las segundas vueltas electorales.

En cuanto a las elecciones mismas, me alegro enormemente de ellas. Nuestros obreros alemanes mostrarán una vez más al mundo de qué acero tan espléndidamente templado están forjados. Es posible que obtengáis en el Reichstag un elemento nuevo: representantes obreros que todavía no son socialistas. En el movimiento de los mineros tenéis un ejemplo de cómo avanza aquí el movimiento: una capa de la clase obrera hasta ahora indiferente, en gran parte inaccesible a la agitación, es sacudida de su letargo por la lucha en torno a sus intereses más inmediatos, es empujada directamente al movimiento por los burgueses y el gobierno, y esto significa, tal como están hoy las cosas y si no queremos precipitar el asunto a la fuerza, que nos la empujan a los brazos. Aquí sucede exactamente lo mismo; sólo que aquí, en lugar de un poderoso partido socialista, tienen detrás como apoyo tan sólo pequeñas camarillas descompuestas, dirigidas en su mayor parte por arribistas literarios o poetastros de oficio. Pero también aquí la cosa es ahora incontenible; y precisamente estas masas que afluyen hacia nosotros serán las que muy pronto pongan orden entre las cliques y creen la unidad necesaria. Entre nosotros, este nuevo elemento hace las elecciones doblemente interesantes.

En este mismo momento recibo tu discurso, pero no podré leerlo hasta después de comer.

Los franceses están haciendo colectas para vuestras elecciones; dudo que de ello salga gran cosa; la demostración internacional es lo principal.

Si no se produce algún incidente imprevisto, la paz parece asegurada para este año..., gracias al gigantesco progreso de la técnica, que deja fuera de circulación cada nuevo fusil, cada nueva clase de pólvora, etc., incluso antes de que hayan podido ser introducidos siquiera en un solo ejército; y gracias al miedo general ante esas enormes masas humanas y fuerzas de destrucción que ahora se desencadenarían, y de las cuales nadie puede decir cómo actuarán en la práctica. Gracias también a los franceses, que dejaron fracasar tan rotundamente a Boulanger, pagado por Rusia (habían puesto a su disposición quince millones de francos), eliminando con ello la última perspectiva de restauración de la monarquía (pues sólo para eso debía servir Boulanger). Pero el zar y la diplomacia rusa no empiezan nunca de buena gana hasta estar seguros de su asunto; una alianza con la república les resulta demasiado insegura, para eso prefieren a los Orleans. Además, la campaña antiturca puesta en marcha aquí por Gladstone en favor de sus amigos rusos no prende en absoluto, y como Gladstone todavía no está en el gobierno, mientras que el gobierno tory es decididamente amigo de Alemania‑Austria y antirruso, el padrecito tiene que seguir teniendo paciencia. Pero, desde luego, vivimos sobre una mina cargada y una chispa puede hacerla estallar.

El diario parisino de los nuestros, que Liebknecht ha anunciado ya en periódicos alemanes, no ha nacido todavía; los dolores de parto continúan aún. Dentro de catorce días o tres semanas se decidirá probablemente la cosa. En cualquier caso, desde que tenemos una fracción en la Cámara, las cosas están mucho más favorables y con el tiempo volveremos seguramente a derrotar en París a los posibilistas y a los boulangistas. En provincias, de entre todos los socialistas, nosotros solos dominamos por completo el campo.

De América difícilmente recibiréis mucho dinero. En el fondo, eso es bueno. Un verdadero partido americano os será mucho más útil, a vosotros y al mundo, que los pocos céntimos que recibiríais, precisamente porque el llamado partido de allí no es un partido, sino una secta, y además una secta puramente alemana, un retoño del partido alemán en suelo extraño, concretamente de sus elementos específicamente lassalleanos ya anticuados. Pero ahora la cliquilla Rosenberg ha sido derrocada, y con ello queda eliminado el mayor obstáculo al desarrollo y a la disolución en un partido realmente americano.

Recibe cordiales saludos para ti y para tu mujer.

Tuyo,

F. E.