en Engelskirchen  

Londres, 9 de enero de 1890  

Querido Hermann:  

Muchísimas gracias por tus felicitaciones, que te devuelvo de todo corazón para todos vosotros. Me alegra saber que a todos os va tan bien, y yo tampoco puedo quejarme. El año pasado he vuelto a aumentar de peso y ahora peso otra vez 168 libras inglesas, que viene a ser más o menos el máximo que he tenido nunca; pero es todo carne muscular sana y firme, no una blanduzca esponja de grasa. También mis ojos van mejorando; de ordinario la época de niebla en torno a los días más cortos era el período crítico, en el que yo empeoraba una y otra vez; esta vez he salido de ese tiempo mejor que en muchos años, y por tanto bien puedo esperar que pronto vuelva a poder trabajar el tiempo completo. Hasta los médicos se niegan a creerme cuando les digo que estoy en los setenta; sostienen que aparento diez o quince años menos. Cierto es que todo eso es sólo la superficie, y la superficie es engañosa, también en mi caso, pues debajo se ocultan toda clase de pequeños achaques, y muchos pequeños, a la larga, hacen un montón respetablemente grande; pero, en conjunto, no puedo quejarme, y cuando veo cómo tanta gente se amarga la vida por nada y de balde, sin motivo alguno y sólo para fastidiarse, me considero afortunado por haber conservado inalterado mi buen humor y por poder reírme de todas esas estupideces.  

Con esto, sin embargo, probablemente tienes ya para largo tiempo bastante oído sobre mi digna persona, y creo que ya es hora de que deje de hablar de ello.  

La circular sobre los muchachos la he recibido correctamente, y en seguida he frotado un vigoroso salamandra, completamente solo, a la salud de los nuevos asociados. Es muy sensato por vuestra parte haber hecho socios a los muchachos; ellos llevaban el trabajo principal y también, en cuanto ninguno de vosotros estaba en Engelskirchen, la principal responsabilidad, y eso les da un impulso muy distinto para trabajar cuando su posición externa en el negocio también se corresponde con ello. Ahora os aconsejo a ti y a Rudolf que empleéis el merecido ocio en hacer el mayor ejercicio posible al aire libre y en viajar durante el verano (la caza en otoño seguramente no la vais a olvidar); ya veréis cómo eso os vuelve a poner en pie.  

Que ha muerto Fritz Boelling, quiero decir August Boelling, lo he sabido por circular, y creo que también por Fritz Osterroth. August Boelling era un tipo bastante enclenque y, sin embargo, ha llegado a los 80; en los últimos tiempos seguramente ya no podía permitirse muchas cosas. Eso también lo consiguen esas personas; nosotros, los más sanos, también en nuestros viejos días nos metemos más en el arnés, emprendemos cualquier nimiedad y nos venimos abajo por ello. Ya está bien así y también tiene sus ventajas. En todo caso, tienes la ventaja de haberte criado, en dos o tres años, a tu propio médico; y entonces puedes poner tu cuerpo bajo su administración y quedas así también, por ese lado, liberado de toda responsabilidad.  

Esperemos que a Emma le siente tan bien el pastel de Año Nuevo que ha tomado como a mí los muchos pasteles alemanes que he estado comiendo desde hace tres semanas, además, por encima y al lado del obligado plum-pudding, los mince-pies, etc. El caso es que ahora tenemos una cocina de gas, porque nuestra chimenea ya no tira y el casero no ha instalado otra nueva; y esta transición de la cocina pesada a la ligera ha puesto a mi vieja ama de llaves en un verdadero entusiasmo pastelero, cuyo resultado ahora tengo que despacharme comiendo.  

La llamada influenza, aunque en realidad dicen que es algo muy distinto de nuestra vieja y conocida grippe, está cundiendo también por aquí; varios de mis conocidos ya la tienen. El domingo pasado comió en casa un inglés que, de puro miedo, lleva siempre en el bolsillo un frasco de quinina con amoníaco, ¡y bebió de él en la mesa! Que le aproveche, pero yo prefiero tener la grippe antes que, entre la carne y las verduras, tragarme ese asqueroso mejunje y estropearme el buen vino.  

En fin, cuidaos todos y manteneos bien y alegres.  

Cariñosos saludos a Emma, a los niños, a los de Rudolf y a ti mismo.  

Tu viejo  

Friedrich