en Copenhague
(Borrador)

Londres, 18 de diciembre de 1889

Estimado señor Trier:

Muchas gracias por sus interesantes noticias del 8.

Si he de darle mi opinión sobre la última acción principal y de Estado de Copenhague, de la que usted ha sido víctima, comenzaré por un punto en el que no coincido con usted.

Usted rechaza por principio toda y cualquier colaboración, aun momentánea, con otros partidos. Soy bastante revolucionario para no dejarme prohibir absolutamente este medio en circunstancias en que resulte lo más ventajoso o lo menos perjudicial.

En que el proletariado no puede conquistar su dominación política, la única puerta a la nueva sociedad, sin una revolución violenta, estamos de acuerdo. Para que el día de la decisión el proletariado sea suficientemente fuerte para vencer, es necesario —y esto lo hemos defendido Marx y yo desde 1847— que forme un partido especial, separado de todos los demás y opuesto a ellos, un partido de clase consciente de sí mismo.

Pero esto no implica que ese partido no pueda utilizar momentáneamente a otros partidos para sus fines. Tampoco implica que no pueda apoyar momentáneamente a otros partidos en medidas que sean directamente ventajosas para el proletariado o representen avances en el sentido del desarrollo económico o de la libertad política. A quien en Alemania luche realmente por la abolición de los mayorazgos y otros residuos feudales, de la burocracia, de los aranceles protectores, de la ley contra los socialistas, de las restricciones al derecho de reunión y de asociación, yo lo apoyaría. Si nuestro Partido del Progreso alemán o su Venstre danés fueran un verdadero partido radical-burgués y no meros y miserables héroes de frase que se esconden ante la primera amenaza de Bismarck o de Estrup, yo no me opondría de ningún modo incondicionalmente a toda y cualquier colaboración momentánea con ellos para determinados fines. Cuando nuestros diputados votan a favor de una propuesta hecha por otra parte —y a menudo tienen que hacerlo—, eso ya es también una colaboración. Pero yo sólo estoy a favor de ello cuando la ventaja para nosotros directamente, o para el desarrollo histórico del país en la dirección de la revolución económica y política, sea indiscutible y valga la pena el esfuerzo. Y siempre que con ello no se ponga en tela de juicio el carácter de clase proletario del partido. Ése es para mí el límite absoluto. Usted encontrará desarrollada ya esta política en 1847 en el Manifiesto Comunista, la hemos seguido en 1848, en la Internacional, en todas partes.

Haciendo abstracción de la cuestión de la moralidad —no se trata aquí de este punto, así que lo dejo de lado—, como revolucionario, para mí es lícito todo medio que conduzca al fin, tanto el más violento como el aparentemente más manso.

Una política así exige inteligencia y carácter, pero ¿qué otra no lo exige? Nos expone al peligro de la corrupción, dicen los anarquistas y el amigo Morris. Pues bien, si la clase obrera fuera una sociedad de estúpidos y débiles, de canallas fácilmente comprables, entonces lo mejor sería hacer las maletas inmediatamente, entonces el proletariado y todos nosotros no tendríamos nada que hacer en el escenario político. El proletariado, al igual que todos los demás partidos, se vuelve inteligente ante todo a través de las consecuencias de sus propios errores; nadie puede ahorrarle por completo esos errores.

En mi opinión, por tanto, usted no tiene razón cuando eleva una cuestión que es, en primer término, puramente táctica, a cuestión de principio. Y para mí, aquí se da originalmente sólo una cuestión táctica. Pero un error táctico puede, en determinadas circunstancias, acabar también en una ruptura de principios.

Y en eso, en cuanto puedo juzgar, tiene usted razón frente a la táctica de la Hovedbestyrelse. La izquierda danesa representa desde hace años una indigna comedia de oposición y no se cansa de constatar una y otra vez ante el mundo su propia impotencia. La ocasión de castigar la ruptura constitucional con las armas en la mano —si es que alguna vez se presentó— la ha dejado pasar hace tiempo, y, según parece, una parte cada vez mayor de esa izquierda anhela la reconciliación con Estrup. Con semejante partido, me parece, un partido verdaderamente proletario no puede en modo alguno colaborar sin perder a la larga su propio carácter de clase como partido obrero. En la medida en que usted, en oposición a esa política, destaca el carácter de clase del movimiento, sólo puedo darle mi asentimiento.

En cuanto al procedimiento de la Hovedbestyrelse frente a usted y a sus amigos, ciertamente una exclusión tan sumaria de la oposición del partido tuvo lugar en las sociedades secretas de 1840-1851; la organización secreta la hacía inevitable. Se ha dado además, y con bastante frecuencia, entre los cartistas ingleses de la fuerza física bajo la dictadura de O’Connor. Pero los cartistas eran un partido organizado directamente para el asalto, como ya lo dice el nombre, estaban por tanto bajo dictadura, y la exclusión era una medida militar. En cambio, en tiempos de paz, un proceder arbitrario semejante sólo lo conozco entre los lassalleanos de la «organización férrea» de J. B. von Schweitzer; von Schweitzer lo necesitaba a causa de sus sospechosos tratos con la policía berlinesa y con ello no hizo más que acelerar la desorganización de la Asociación General de Trabajadores Alemanes. De los partidos obreros socialistas hoy existentes, a ninguno se le ocurriría —después de que el señor Rosenberg en América se ha eliminado felizmente a sí mismo— tratar a una oposición que surge en su propio seno según el modelo danés. Pertenece a la vida y al florecimiento de todo partido que en su seno se desarrollen y se combatan tendencias más moderadas y más extremas, y quien excluye sin más a las más extremas fomenta con ello su crecimiento. El movimiento obrero se basa en la crítica más acerba de la sociedad existente, la crítica es su elemento vital; ¿cómo podría él mismo sustraerse a la crítica, querer prohibir el debate? ¿Acaso exigimos a los demás la libre palabra para nosotros sólo para volver a abolirla en nuestras propias filas?

Si deseara usted publicar íntegramente esta carta, no tengo nada que objetar.

- Sinceramente suyo,