en Berlín

122, Regent’s Park Road, N.W.
Londres, 22 de octubre de 1889

Muy señor mío:

En contestación a sus líneas del 19, conocí a Stirner hacia principios de 1842 en Berlín, en el trato con E. Meyen, Buhl, Edgar y más tarde Bruno Bauer, etc. Que se llamaba Schmidt es cierto; el apodo Stirner le venía de su frente singularmente alta. No podía llevar mucho tiempo frecuentando ese círculo, pues no conocía a Marx, quien había abandonado Berlín, creo que no un año entero antes, y gozaba de gran respeto entre aquella gente. Creo que ya no era profesor de instituto, o por poco tiempo más.

Aparte de los arriba mencionados, frecuentaban también el círculo un tal von Leitner, austríaco, K. F. Köppen, profesor de instituto y amigo íntimo de Marx, Mussak, colega suyo, el librero Cornelius (que aparece en la «Festungstid» de Fritz Reuter), Mügge, el Dr. J. Klein, dramaturgo y dramaturgo, un tal Wachenhusen, el Dr. Zabel, el futuro hombre de la «National-Zeitung», Rutenberg, que sin embargo se fue pronto a Colonia, al primer «Rheinische Zeitung», un tal Waldeck (¿no el jurista y consejero del tribunal supremo?) y otros que no me vienen a la memoria; en realidad eran varios grupos que, según el momento y la ocasión, confluían y se entremezclaban. Jungnitz, Szeliga, Faucher no llegaron hasta después de que yo cumpliera mi año de servicio militar en noviembre del 42 y abandonara Berlín. Nos reuníamos en casa de Stehely, por las noches en distintas cervecerías bávaras de la Friedrichstadt y, cuando había fondos, en una taberna de vinos de la Poststraße, que era el local habitual de Köppen. Conocía bien a Stirner; nos tuteábamos; era un buen tipo, ni de lejos tan malo como se las da en su «Único», con un leve toque de pedantería que le había quedado de su época de maestro. Discutíamos mucho sobre filosofía hegeliana; por aquel entonces él había hecho el descubrimiento de que la Lógica de Hegel comienza con un error: el ser, que se revela como la nada y entra así en contradicción consigo mismo, no puede ser el comienzo; el comienzo debe hacerse con algo que sea ya de por sí la unidad inmediata, dada de manera natural, de ser y nada, y a partir de lo cual se desarrolle luego esa contradicción. Y ese algo era, según Stirner, el «ello» (ello nieva, ello llueve), algo que es y al mismo tiempo es nada. – Más tarde, sin embargo, parece haber caído en la cuenta de que con el «ello», no menos que con el ser y la nada, no se tiene nada.

En el último tiempo de mi estancia en Berlín veía menos a Stirner; probablemente ya entonces se estaban desarrollando en él las líneas de pensamiento que luego condujeron a su obra principal. Cuando ésta salió, nuestras orientaciones ya se habían distanciado mucho; los dos años que había pasado en Manchester habían producido su efecto en mí. Cuando Marx y yo sentimos luego en Bruselas la necesidad de ajustar cuentas con los epígonos de la escuela hegeliana, criticamos, entre otros, también a Stirner; la crítica es tan voluminosa como el libro mismo. El manuscrito, nunca impreso, aún está en mi poder, en lo que no se lo han comido los ratones.

Un renacimiento experimentó Stirner a través de Bakunin, quien, por lo demás, también estaba en Berlín por aquella época y se sentaba delante de mí en el curso de lógica de Werder, en el mismo banco, con otros 4 o 5 rusos (1841/42). La anarquía inofensiva, meramente etimológica (es decir, ausencia de un poder estatal), de Proudhon jamás habría conducido a las actuales doctrinas anarquistas si Bakunin no hubiera vertido en ella una buena parte de la «indignación» stirneriana. En consecuencia, los anarquistas se han convertido en otros tantos «únicos», tan únicos que no hay dos que se puedan aguantar.

Por lo demás, no sé nada más de Stirner; no he vuelto a tener noticia de su suerte posterior, salvo que también Marx me contó que murió casi literalmente de hambre; de dónde lo supo, lo ignoro.

¿Su mujer? La vi aquí una vez; entabló — ¡ah que j’aime le militaire! — una relación con el ex teniente Techow aquí y, si no recuerdo mal, se fue con él a Australia.

Si más adelante tuviera tiempo, bien podría ser que apuntara algo sobre aquella época, muy interesante a su manera.

Con la mayor consideración y respeto,
F. Engels