en Le Perreux

Londres, 3 de octubre de 1889

Mi querido Lafargue:

Después de todo, nuestro partido es el único que ha registrado un aumento de fuerzas en las elecciones. Contamos —y nuestras informaciones son muy incompletas— con 60.000 votos para nuestros candidatos, es decir, para los candidatos de los grupos representados en nuestro congreso, y con más de 19.000 votos que probablemente nos pertenecen (los candidatos que no son ni posibilistas ni “radical-socialistas”), pero que, sin nuevas noticias, no nos atrevemos a apropiarnos.

Pero ¿cómo es que se nos deja aquí sin otras informaciones sobre la estadística electoral y dependemos únicamente de los periódicos burgueses, de los que nos es imposible reconocer la posición de todos estos candidatos desconocidos? ¿Cómo podremos saber qué número de votos nos pertenece si los periódicos clasifican a los candidatos sólo de la manera más imprecisa? Pues a mí me parece que los socialistas alemanes e ingleses bien merecen que se les mantenga al corriente de vuestra actividad, pues vosotros no tenéis un periódico que se lo comunique. Y vosotros sabéis que aquí todos estamos dispuestos a trabajar en interés de vuestro partido, y que siempre lo hemos hecho con todas nuestras fuerzas; pero si los señores franceses no se toman la molestia de mantenernos informados sobre las cosas de Francia[1], estamos impotentes, y muchos de nosotros perderán el interés por un trabajo cuando aquellos para quienes se hace lo estiman tan poco.

Enviadnos, pues, después de la segunda vuelta, lo antes posible, una lista completa de los candidatos socialistas pertenecientes a los grupos representados en nuestro congreso, así como de los demás socialistas (si los hay) que no sean ni posibilistas ni radical-socialistas, con el número de votos que cada uno obtuvo en la primera y en la segunda vuelta. Aquí no podemos exponernos al peligro de que nuestras informaciones sean puestas en entredicho por Hyndman y Cía., y eso ocurriría si de nuevo tuviéramos que limitarnos a nuestras propias fuentes de información.

Habéis formado en el congreso un Consejo Nacional, que ha tomado diversos acuerdos. Ninguno de vosotros consideró necesario decirnos una palabra al respecto; si no lo hubiera leído por casualidad en el *Socialista* de Madrid, no se habría publicado ni en el *Sozialdemokrat* alemán ni en el *Labour Elector*, y eso sólo dos meses después del acontecimiento.

Vosotros mismos tenéis que comprender que con semejante modo de proceder facilitáis demasiado el juego a los posibilistas y a sus amigos aquí.

He escrito a Bebel para que envíen algún dinero para la elección de Guesde, cuya importancia reconozco plenamente.[2] Espero que se accederá a ello, pero hay que tener en cuenta que los alemanes ya han dado 500 francos para el congreso, 1.000 para Saint-Étienne, 900 para el informe del congreso (cuya primera entrega no hace precisamente honor a quienes la confeccionaron; se han tomado, puede decirse, un enorme trabajo para deformar los nombres), 2.500 para el periódico suizo, para el cual tienen dispuestos además más de 3.500 francos. Esto suma 8.400 francos concedidos para fines internacionales, ¡y eso en vísperas de sus propias elecciones generales! Y después de todos estos sacrificios, el señor Jaclard los insulta sin motivo alguno en la *Voix*, llamándolos máquinas que votan a la orden. ¡Como si la culpa de que los obreros parisinos sean posibilistas, radicales cadettistas, boulangistas o no sean nada, fuera de los alemanes! Al parecer, a los ojos del señor Jaclard, la capacidad de los alemanes para someterse a una decisión mayoritaria y actuar unidos constituye ya de por sí una ofensa para los señores parisinos, y que, si París se estanca, les está prohibido a los demás avanzar.

Pero si mal no recuerdo, el señor Jaclard es blanquista, y por tanto ha de considerar París como ciudad santa, como Roma y Jerusalén a la vez.

Volviendo a las elecciones. Si es cierto que Guesde y Thivrier tienen posibilidades y salen elegidos, estaremos mucho mejor situados en la Cámara que los posibilistas. — Baudin parece seguro; luego están todavía Cluseret, Boyer, Basly, de los cuales uno u otro saldrá, y con 4 o 5 de ellos Guesde podría formar un grupo que no sólo impresionaría a la Cámara y al público, sino que además pondría a los posibilistas en una situación cómica.

Fue precisamente la coexistencia de nuestros diputados y de los lassalleanos en el Reichstag lo que, más que ninguna otra circunstancia, forzó la unificación de ambos grupos, es decir, la capitulación de los lassalleanos. De igual modo, nuestro grupo sería el más fuerte y terminaría por obligar a los Dumay y Joffrin a entrar en su esfera de influencia, de manera que los dirigentes posibilistas tuvieran que elegir entre capitular o retirarse.

Por el momento esto es todavía música del futuro. Pero lo cierto es: el boulangismo está in extremis. Y eso me parece muy importante. Este ha sido el tercer acceso de la fiebre bonapartista: el primero con un Bonaparte auténtico y grande, el segundo con el Bonaparte falso, el tercero con un hombre que ni siquiera era un falso Bonaparte, sino simplemente un héroe falso, un general falso, falso de cabo a rabo, y cuyo principal atributo era su caballo negro. Pero incluso con este charlatán de aventurero el asunto fue peligroso —usted lo sabe mejor que yo—: pero el acceso agudo, la crisis, ha pasado, y podemos esperar que el pueblo francés ya no padecerá fiebres cesaristas. Esto es una prueba de que su constitución se ha vuelto más robusta que en 1848. Pero la Cámara ha sido elegida contra el boulangismo, y eso lo notará todavía; ese carácter negativo se le pegará, y dudo que sea viable hasta su término natural. Si la mayoría no se convence siquiera por sí misma de que es necesaria una revisión de la Constitución, pronto será sustituida por una nueva Cámara con una mayoría revisionista, pero antiboulangista. Usted conoce la composición de la nueva mayoría mejor que yo y puede decirme si me equivoco. Pero creo que, de no haber habido episodio boulangista, ya existiría ahora una mayoría revisionista-republicana, o al menos una fuerte minoría.

Todo esto, si no hay guerra. La derrota del embaucador de Portland Place la retrasará al menos; por otra parte, los armamentos reforzados de todas las potencias empujan hacia la guerra, y si hay guerra, ¡adiós por algún tiempo, movimiento socialista! En todas partes seremos aplastados, desorganizados, privados de la libertad de movimientos. Francia, uncida al carro de Rusia, no podría moverse, tendría que renunciar a toda pretensión revolucionaria o, de lo contrario, correría el peligro de ver a su aliado pasarse al campo contrario; las fuerzas serían aproximadamente iguales en ambos bandos, e Inglaterra sería el fiel de la balanza. Esto vale para los próximos dos o tres años; pero si la guerra estalla más tarde, apuesto a que los alemanes serán derrotados en toda la línea; pues en 3-4 años el joven Guillermo habrá sustituido a todos los buenos generales por favoritos, imbéciles o falsos genios como los que mandaban a los austríacos y a los rusos en Austerlitz y que llevan en sus bolsillos recetas para milagros militares. Y de éstos pululan ahora en Berlín; tienen muchas probabilidades de ascender, pues el joven Guillermo es él mismo uno de ellos.

Déle un abrazo a Laura de parte de Nim y mía. Pronto le escribiré.

Con toda la amistad, suyo

F. Engels

[1] asuntos franceses.

[2] “La jornada de trabajo: la jornada de ocho horas”.