en Engelskirchen

4, Cavendish Place
Eastbourne, 22 de agosto de 1889

Querido Hermann:

Recibí con agradecimiento la cuenta corriente; supongo que estará correcta.

¿Quieres tener la bondad de remitir las líneas adjuntas al joven —o, mejor dicho, ya viejo— Caspar¹? No sé dónde vive, si en Krefeld o en Barmen. Según me dice R. Blank, con quien me encontré aquí hace 8 días, parece que la situación patrimonial de esa gente no es muy buena; lo sentiría de veras.

Llevo 14 días aquí, pero desgraciadamente tengo más lluvia de la que necesito. Desde que los ingleses celebran sus maniobras navales en agosto, el tiempo de este mes se ha echado a perder por completo, y ayer se cumplió aquí la letra de la vieja canción:

El 21 de agosto, a punto,
llegó un espía con tormenta y lluvia,
¡Lowlands, lowlands away![280]

Como consecuencia de ello, esta mañana han pasado por aquí tres grandes buques de guerra, pero seguimos esperando la famosa batalla naval que ha de librarse ante nuestros ojos en el Canal.

Seguramente me quedaré aquí otros 14 días o 3 semanas, si no llueve demasiado, pues
tampoco puedo ir a casa:
allí están los blanqueadores, tapiceros, pintores y demás gente, que convierten tres cuartas partes de las habitaciones en inhabitables; y una vez metidos en casa, nadie sabe cuándo se librará uno de ellos. Esto es lo que ocurre cuando en Inglaterra la gran industria ha arruinado la artesanía, pero no ha sabido poner nada en su lugar. Hace ya mucho que los alemanes han perdido

¹ Caspar Engels

el privilegio de ser los únicos que entregan mercancía mala por buen dinero; los londinenses saben hacerlo de forma brillante. En América, en cambio, es muy distinto. Creo que, para el tráfico mercantil corriente y cotidiano, en el que no entra la especulación, América es el país más sólido del mundo, el único donde aún se consigue «buen trabajo».

Espero que estéis todos bien. Saluda cordialmente a Emma, a los hijos y a los nietos, así como al resto de Engelskirchen.

Tu viejo

Friedrich