en Le Perreux  

Londres, 5 de julio de 1889  

Mi querido Lafargue:  

Comprendo perfectamente que un congreso de delegados de una asociación celebre sesiones a puerta cerrada para discutir asuntos que sólo conciernen a los miembros, y esto llegará a ser incluso obligatorio por regla general. Pero que un congreso de delegados de obreros y socialistas, convocado para discutir cuestiones generales como la jornada de ocho horas, la legislación sobre el trabajo de las mujeres y los niños, la abolición de los ejércitos permanentes, etc., que un congreso así excluya al público y delibere a puerta cerrada, eso no tiene, a mi juicio, justificación alguna. Que el público parisino acuda o no, no es tan importante, aunque el interés que vuestro partido debería mostrar por este congreso tendría que bastar para asegurarle un cierto auditorio. Pero las sesiones públicas, en mi opinión, no se resentirán en absoluto si los simplones de costumbre brillan por su ausencia. Lo que nosotros necesitamos es resonancia en la prensa, y para ello hace falta la publicidad; la prensa sólo puede ocuparse de los acontecimientos a los que se le admite. Y las sesiones declamatorias de la noche, en las que la lengua francesa es obligatoria porque es la única que el público comprende, tendrán poco atractivo para los delegados que no la hablen. Después de una larga sesión por la tarde o por la mañana, querrán ver París en lugar de escuchar discursos que no entienden. Esto no os impide celebrar una o dos asambleas por la noche en una gran sala; pero cerrar las puertas por miedo a que pueda decirse que la sala sólo se ha llenado a medias equivaldría a conceder una importancia excesiva al público parisino. El congreso se celebra para el bien del mundo entero, y la ausencia o presencia de unos cuantos parisinos de más o de menos no desempeña papel alguno. Vosotros, que siempre decís que los posibilistas no tienen ninguna influencia, que representáis al proletariado francés, ¡ahora tenéis miedo de que ellos puedan tener un auditorio más numeroso que el vuestro!  

Por lo demás, Bebel me ha escrito que para ellos las sesiones secretas no entran en consideración; para los alemanes, la publicidad es la única garantía contra nuevas acusaciones de asociación secreta. A este argumento probablemente tendrán que ceder las consideraciones secundarias relativas al público parisino y su eventual ausencia.  

Me escribe además que probablemente vendrán 60 delegados alemanes. En Alemania parece que el entusiasmo no conoce límites.  

La Social Democratic Federation está bien metida en la m… ¿Quién, cree usted, va a acudir en su ayuda? El pobre H. Jung, que esta semana ha declarado en una carta que nuestro congreso no significa absolutamente nada, que es una “happy family” de enemigos, que Longuet no es socialista, que Jaclard no es socialista, que Liebknecht ha votado a favor de la política colonial de Bismarck (lo cual es una mentira), etc. Pobre gente, están en las últimas.  

Usted sabrá que D. Nieuwenhuis va a proponer la unificación, “considerando que el orden del día de ambos congresos es el mismo”. Puesto que el orden del día no es el mismo, no veo quién podría votar a favor de esta propuesta. En cualquier caso, he escrito a Bebel para señalarle que las cosas ya no están como en La Haya, que entre tanto habéis sido autorizados por ellos para convocar vuestro congreso; que toda la Europa socialista lo ha aprobado y que, por consiguiente, tenéis derecho a plantear nuevas condiciones para una eventual unificación; que la manía de unificación podría empujar a los unionistas a encontrarse finalmente unidos con sus enemigos y separados de sus amigos y aliados; por último, que hay un montón de pequeñas dificultades. De hecho, en mi opinión, una unificación no reportaría el menor provecho, a menos que los comités de los dos congresos elaboraran condiciones detalladas, las discutieran y éstas fueran aceptadas por los últimos. Sin tales condiciones, la fusión no duraría dos horas. Y para llegar a una solución haría falta tiempo, de modo que la unificación, si es que llega a producirse, sólo podría realizarse hacia el final.  

¿Salió ayer su artículo, certificado, para Rusia?  

Lo que usted me escribe sobre los viticultores de la Champaña es sumamente interesante: ¡la ruina del campesino avanza ahora rápidamente con el capitalismo desarrollado!  

Es muy bueno que Liebknecht se aloje en casa de Vaillant; tengo la fuerte sospecha de que todavía desea la unión con los “buenos elementos” de los posibilistas y “por encima de la cabeza de Brousse”, como en marzo y abril.  

Abrace a Laura de mi parte y a Nim.  

Con la mayor amistad, suyo  
F. Engels