Le pido mil veces disculpas por haber dejado enteramente sin respuesta la consulta contenida en su estimada carta del 15 de abril. Contra mi propósito, me he visto envuelto en el debate acerca del congreso internacional, y ello me ha echado encima un cúmulo de trabajo, correspondencia, ajetreo, etc., que por desgracia me ha hecho descuidar una multitud de otros asuntos. Entre ellos, numerosas cartas que han quedado sin contestar.

Para no hacerle esperar ni un instante más, le comunico que no he vuelto a ver el folleto en cuestión desde que apareció en Colonia, y que, según tengo entendido, no se encuentra ningún ejemplar en el legado de Marx. El folleto apareció poco antes de la apertura del proceso, y jamás he sabido nada de un segundo cuaderno del mismo. Este, sin duda, habría sido anunciado en la «Neue Rheinische Zeitung», pero allí sólo se anuncia el folleto mismo, a secas, como primer cuaderno, el 9 de julio de 1848, y el 5 de agosto comenzaron las vistas; en los números intermedios no se anuncia ningún segundo cuaderno, y seguramente tampoco llegó a aparecer. Tras la absolución, Lassalle no tenía motivo alguno para proseguir una crítica que sólo había de contribuir a obtener dicha absolución.

Siento gran curiosidad por su escrito, que ahora, por fin, ha llegado felizmente a puerto. El artículo de la «Vossische» sobre Kant no podré leerlo hasta después del cierre del correo de hoy, así que por ahora sólo puedo expresarle mi mejor agradecimiento por él.

Si usted entra en la «Vossische» y le encargan vapulear el Oriente, quiero llamarle la atención sobre el «Standard», que, de todos los periódicos londinenses –y acaso de todos los europeos (exceptuando algunos húngaros)–, publica las mejores noticias sobre Oriente, en la medida en que éste interesa a Rusia. Así, hace un par de días trajo, en primer lugar, la noticia del plan ruso que ahora vuelve a salir a la luz, la creación del gran imperio serbio bajo el príncipe de Montenegro –plan cuyo fomento el gobierno ruso confía por ahora al comité paneslavista, para volver a retomarlo por su cuenta o dejarlo de lado por algún tiempo según las circunstancias–; y, en segundo lugar, la noticia del acuerdo secreto entre el Zar¹ y el Schah², en virtud del cual Persia no otorga concesiones de ferrocarril, de navegación, etc., sin el consentimiento de Rusia y, en caso de guerra, pone a disposición de los rusos el Jorasán (es decir, les hace posible el envolvimiento estratégico de Afganistán). A veces transcurren meses sin que aparezca algo así en el «Standard», y entonces las revelaciones suelen venir en abundancia. Los antirrusos del partido conservador, del ejército y de la burocracia india proveen de ellas al «Standard».

Me temo que, tan pronto como Rusia haya liquidado su conversión de la deuda y obtenido así una posición crediticia como nunca antes había tenido, de un lado el partido paneslavista y, de otro, la necesidad de dar ocupación al ejército (cuyos oficiales jóvenes e instruidos son, sin excepción, constitucionales, es decir, llevan gran ventaja a los prusianos) y de apartarlo así de las conspiraciones políticas, empujarán al gobierno ruso a la guerra. Lo que entonces suceda, nadie puede predecirlo; es el viejo oráculo délfico: Κροῖσος, Ἅλυν διαβὰς μεγάλην ἀρχὴν καταλύσει.?

Con certeza, muchas cosas se irán por la borda y, si se le deja tiempo a cierto joven engreído³ para desorganizarlas, acaso también el ejército alemán.

Mientras tanto, la huelga de los mineros del carbón ha sido un acontecimiento magnífico y ha iluminado como un relámpago toda la situación. Son tres cuerpos de ejército que se pasan a nosotros.

Así pues, ¡hasta pronto!

Con los mejores saludos, suyo afectísimo,

F. Engels

¹ Alejandro III. — ² Nasr-ed-Din. — ? Creso, cuando haya cruzado el Halys, destruirá un gran imperio. — ³ Guillermo II.