en Viena

Londres, 21 de mayo de 1889

Querido Kautsky:

Por fin unos minutos para escribirte. El maldito congreso y todo lo que trae aparejado me han quitado todo el tiempo desde hace tres meses; es un ir y venir de cartas, carreras, una maldita matadura, y por encima nada más que disgustos, enfados y camorras. Los buenos alemanes se imaginaron, en St. Gallen¹ y desde entonces, que no tenían más que convocar un congreso y ya estaba allí: ¡jehi ör, vajehi ör! (que te lo explique Adler). Se imaginaban que, desde que habían superado sus querellas internas, reinaban en todo el mundo socialista el amor y la amistad, la paz y la concordia, y no tenían la menor idea de que convocar un congreso significaba — o someterse a la alianza Brousse-Hyndman o luchar contra ella. Después de haber tenido ya suficiente experiencia, no parece que lo tengan del todo claro; se mecen en sueños de unificación de ambos congresos en cuanto se reúnan, y abominan precisamente del único medio de lucha que puede lograrlo: a saber, enseñar los dientes a los Brousse-Hyndman. Quien conoce un poco a esta gente sabe perfectamente que solo ceden ante la fuerza y consideran cada concesión como señal de debilidad. En vez de eso, Liebknecht exige que se los trate con miramientos, no solo tocarlos con guantes de cabritilla, sino casi llevarlos en palmitas. Liebknecht ha echado a perder todo el asunto. La Conferencia de La Haya, calificada aquí por Hyndman de caucus, porque no fue invitado (lo que ya fue una tontería), solo podía adquirir importancia, convertirse en otra cosa que un caucus, después de que los posibilistas se mantuvieran al margen, si se procuraban a posteriori las firmas de otros, de los austríacos, escandinavos, etc. Eso también habría hecho presión sobre los belgas. No se hizo nada de eso; no se hizo absolutamente nada. La historia de La Haya, que era un buen comienzo, debía ser ya también el final. Ahora los belgas, después del rechazo por los posibilistas, dan largas al asunto, no responden, y al final dicen que quieren que su congreso del 21 de abril decida. En lugar de enviar a alguien que obligue a los belgas a decir inmediatamente sí o no, y luego, en consecuencia, iniciar la acción de los demás, se deja todo a la buena de Dios, como vaya saliendo. Liebknecht pronuncia discursos de gala en Suiza, y cuando nosotros aquí — en un momento decisivo para aquí — nos ponemos manos a la obra, empieza a despotricar diciendo que habíamos roto la acordada confidencialidad de las resoluciones de La Haya (confidencialidad que, tras el rechazo de los posibilistas, era una auténtica locura y que, además, desconocíamos), que habíamos frustrado su acción de atraer a los posibilistas a nuestro lado por encima de las cabezas de Brousse, etc. (!), etc. Y cuando los ingleses, sacudidos por nosotros — discontented trade unionists —, preguntan ahora en Bélgica, Holanda, Alemania, Dinamarca cómo está la cosa con nuestro congreso, solo reciben respuestas evasivas e imprecisas y, naturalmente, se deciden por los que sabían lo que querían, los posibilistas. Así se estuvo vacilando y titubeando durante meses, mientras los posibilistas inundaban el mundo con sus circulares, hasta que por fin también en el propio campo alemán la gente perdió la paciencia y exigió ir al congreso posibilista. Eso se impuso, y 24 horas después de que nosotros dijéramos aquí a los franceses que estaban libres, en virtud de las resoluciones del congreso belga, para hacer lo que quisieran y que podían asimismo convocar su congreso para el 14 de julio, 24 horas más tarde apareció Liebknecht también con este plan hasta entonces tan violentamente combatido. Es que primero tiene que haberse atascado por completo antes de ser capaz de tomar una decisión audaz.

Pero ahora ya es demasiado tarde para muchas cosas. Aquí la batalla está perdida en toda la línea, porque se nos ha dejado en la estacada en el momento decisivo. Personas que simpatizan con nosotros han tenido que felicitarse por haber sido elegidas — para el otro congreso, el posibilista. En Bélgica, los posibilistas han triunfado de hecho, gracias a los intrigantes de Bruselas; Anseele, que otras veces había estado bien, parece no querer arriesgar una ruptura con los de Bruselas. Y hasta los daneses parecen titubear, y tras ellos suecos y noruegos, que aunque aún no signifiquen mucho, representan sin embargo a 2 naciones. Es para volverse loco ver cómo Liebknecht ha comprometido tan totalmente y quizás en parte arruinado la magnífica posición internacional de los alemanes.

En sólida alianza con los austríacos, los americanos, en la medida en que son un vástago del partido alemán; los daneses, suecos, noruegos, suizos, retoños por así decirlo de los alemanes; los holandeses, un fiable eslabón intermedio para el Oeste; a ello se suman colonias alemanas por todas partes y los franceses no posibilistas, casi directamente dependientes de la alianza alemana; las colonias eslavas y los refugiados en el Oeste, que, desde el ridículo del anarquismo, también gravitan hacia los alemanes: ¡qué posición tan espléndida! Y todo eso puesto a tambalearse por la ilusión de Liebknecht de que solo con abrir la boca toda Europa baila al son que él toca, y que si él no da la orden de marcha, el enemigo tampoco hace nada. Y gracias al comprensible, pero muy lamentable, desconocimiento de Bebel de los asuntos exteriores, Liebknecht tenía las manos bastante libres. Si el asunto sale mal, él tiene la culpa por su inacción (como cuchicheos de camarilla) y por no salir a la luz pública en el período que va desde el rechazo posibilista de principios de marzo hasta después del congreso belga del 22 de abril.

Pienso, sin embargo, que aún puede salir bien si todos tiran de la misma cuerda. Si logramos ganarnos a los daneses, el asunto está ganado; pero sobre ellos solo se puede actuar desde Alemania, es decir, mediante Liebknecht. Pero es para desesperarse que se haya llegado a esta situación dudosa, cuando una actuación rápida en marzo y a principios de abril tenía que habernos granjeado a toda Europa. Los posibilistas han actuado, mientras Liebknecht no solo no hizo nada, sino que además hizo imposible a todos los demás la actuación: a los franceses no se les permitía moverse, no podían tomar ningún acuerdo, lanzar ninguna circular, convocar ningún congreso, hasta que Liebknecht por fin se dio cuenta de que los de Bruselas lo habían estado tomando el pelo durante seis semanas y de que la influencia de la acción posibilista, en contraste con su masterly inactivity, le estaba enajenando por fin a sus propios alemanes. A eso se añade el asunto de Lumpazius Schlesinger. Él, Liebknecht, apela al sentimiento: el más mínimo paso en público podría arruinarlo, cargarlo con 6.000 marcos de deudas, forzarlo a emigrar a América. En estas circunstancias, quiero esperar — por lo menos así lo pienso ahora — hasta que aparezca todo el asunto, y luego ver lo que hay que hacer. Pero el asunto es muy bochornoso para él, y si se figura que puede pasar por encima tan simplemente de que su nombre figure en semejante porquería, se equivoca de medio a medio. Ten la bondad de enviarme las próximas entregas. La arrogante insolencia del mozalbete solo se iguala con su crasa ignorancia. Tienes toda la razón; si no figurara el nombre de Liebknecht, sería para reírse.

¿Qué tal Louise? ¿Sigue practicando con tanto brío en la multiplicación de la humanidad? Espero que esté bien y animosa y haya superado ya su último examen. Dale recuerdos muy cordiales de parte de Nim y mía; ahora ya podrá descansar un poquito.

He tenido que dejar de fumar por el efecto sobre los nervios, especialmente sobre el corazón, que por lo demás está completamente sano. Asimismo he de restringir mucho la bebida, pues en este estado de trastorno nervioso surte también un efecto más fuerte de lo habitual. Tomo sulfonal para dormir y paso mucho tiempo al aire libre, arriba, en Hampstead y Highgate. Eso también lleva su tiempo. ¡Ojalá pase pronto el maldito congreso para no tener que andar husmeando tantos periódicos! Ya no llego a nada; cuando por fin cojo un libro razonable, tengo los ojos cansados y he de hacer otra cosa. El médico dice que mis ojos no se curarán nunca del todo, pero que no es nada grave, solo una molestia permanente — esto es, limitación del tiempo de escribir y leer.

Tussy escribe ahora a máquina.

Los mejores recuerdos de Nim y de

tu F. E.

¹ ¡Hágase la luz, y la luz se hizo!