en Le Perreux

Mi querida Laura:  
Londres, 7 de mayo de 1889

Me alegré mucho cuando esta mañana llegó la convocatoria. [214] Como tú misma dices, no hay tiempo que perder, y Paul, que parece rebosar de santa indignación, me hacía temer una interminable serie de dificultades y retrasos burocráticos. Ahora que se ha actuado con tanta rapidez y decisión, todo está en orden. La convocatoria es breve y buena, contiene lo necesario y nada más; lo único que tengo que objetar es que habría sido mejor declarar en ella que la segunda circular, con las firmas extranjeras que por falta de tiempo no han podido conseguirse hasta ahora, seguirá luego. Además, espero que la comunicación de que la Socialist League se habría adherido de antemano a las resoluciones de La Haya [!!#!] se base en hechos y no en un malentendido, pues una retractación por su parte resultaría embarazosa. Para conseguir su firma, deberíamos estar informados del contenido de la respuesta de Morris a Paul, para no andar a tientas completamente a oscuras.

¿Querrías hacer una traducción inglesa que Paul firme abajo con: «Por la traducción inglesa — Paul Lafargue» — y me autorizaría él a hacer lo mismo con una traducción alemana hecha por mí? Entonces la haríamos imprimir aquí de inmediato, la distribuiríamos por miles y os enviaríamos también cuantos ejemplares necesitéis.

La pérdida de tiempo hay que achacársela exclusivamente a Liebknecht, que se considera —o al menos querría ser— el centro del movimiento internacional y que, absolutamente convencido de lograr la unificación, se dejó llevar de las narices por los belgas durante seis u ocho semanas. Incluso ahora está convencido de que, en cuanto se deje ver en París, la unificación se producirá. Pero, como todavía no es demasiado tarde, el tiempo perdido no está realmente perdido. Ha hecho que la masa de los extranjeros, que al principio se mostraba reacia y que sin duda habría seguido siéndolo si se hubiera fijado la fecha sin estos preparativos y contra su voluntad, apruebe ahora la fecha deseada por los franceses. En realidad, con el proceder de Liebknecht nadie sale perjudicado sino nosotros aquí, que, después de haber iniciado nuestra campaña con un éxito inusitado, quedamos reducidos por completo a nuestros propios recursos, ya que todas las cartas enviadas por los obreros, redactadas por iniciativa nuestra contra el congreso posibilista, fueron contestadas por daneses, holandeses, belgas y alemanes de manera sumamente indecisa y vaga; y nadie podía darles información alguna sobre el otro congreso, con lo que cayeron en manos de Smith Headingley y Hyndman. En fin, en cuanto salga la convocatoria en inglés, tendremos que volver a empezar, y espero que con mayor éxito.

Pero si Paul supone que aquí, en Inglaterra, podemos obligar a la gente a creer esa fictio juris¹ de que los posibilistas no son socialistas, de que, por consiguiente, su congreso no existe ni cuenta en absoluto, se equivoca de medio a medio. Opina que la carta de Bonnier al Labour Elector [1219] fue una bêtise², porque no partía de ese punto de vista. Pues bien, de esa bêtise soy yo el responsable, ya que yo escribí la carta y Bonnier no hizo más que firmarla. Los posibilistas podrán ser todo lo que Paul dice, y yo le creo; pero si quiere que proclamemos eso públicamente, tendría que haberlo probado públicamente antes, y antes de que se hable de congreso alguno. En lugar de ello, los nuestros organizaron contra sí mismos una conspiration du silence³, abandonaron por completo la publicidad a los posibilistas, que fueron reconocidos como socialistas, al fin y al cabo, por belgas, holandeses y daneses, y el otoño pasado por algunos ingleses en Londres; y el decreto de excomunión, lanzado por un partido que ahora ni siquiera en París dispone de un periódico con el que hacerse oír, no puede ni será aceptado por el resto del mundo sin más pruebas. Tenemos que hablar a la gente de aquí un lenguaje que entienda, y si habláramos como Paul nos exige, sería ponernos en ridículo, y en todas las redacciones de Londres nos darían con la puerta en las narices. Paul sabe demasiado bien que los posibilistas son un poder en París, y aunque a nuestros amigos parisinos les pueda venir muy bien ignorarlos, nosotros no podemos hacer lo mismo ni negar el hecho de que el 14 de julio se celebrarán dos congresos rivales. Y si dijéramos a la gente de aquí que en nuestro congreso «ce sont les ouvriers et les socialistes de France sans distinction de parti qui convoquent le congrès», eso no sería sólo una bêtise, sino una grosera falsedad, ya que Paul sabe muy bien que los ouvriers de Paris⁴, en la medida en que son socialistas, son en su mayoría posibilistas.

Sea como sea, seguiremos trabajando a nuestra manera por el congreso y sin hacer caso de las críticas menudas. Hasta ahora no he hecho nada en este asunto, pero ya ha habido quien encontró algo que objetar. Sin embargo, estoy bastante acostumbrado a estas cosas y seguiré obrando como considere justo.

Lo más hermoso de todo esto es que tres meses después de estos dos congresos, lo más probable es que Boulanger sea dictador de Francia, acabe con el parlamentarismo, eche a los jueces con el pretexto de la corrupción, cree un gobierno à poigne⁵ y una chambre pour rire⁶ y oprima a marxistas, blanquistas y posibilistas por igual. Y entonces, ma belle France — tu l’as voulu!⁷

Seis meses después podríamos tener guerra; eso depende enteramente de Rusia, que está ahora ocupada en gigantescas operaciones financieras para restablecer su crédito y no puede meterse bien en una lucha antes de que éstas hayan terminado. [12] En esa guerra, la neutralidad de Bélgica y de Suiza será lo primero que se haga añicos, y cuando la guerra se ponga verdaderamente peligrosa, nuestra única oportunidad será que los rusos sean derrotados y entonces hagan la revolución. Los franceses no pueden hacerla mientras estén aliados con el zar; eso sería alta traición. Pero si la guerra no es interrumpida por una revolución, si puede seguir su curso, entonces vencerá el bando al que se sume Inglaterra, si es que Inglaterra entra en la guerra. Pues ese bando podrá entonces, con la ayuda de Inglaterra, matar de hambre al otro cortando el suministro de trigo del exterior, que hoy necesita toda Europa occidental.

Mañana, una delegación (Bax, Tussy, Edward) presentará una protesta en el «Star» contra el artículo del sábado pasado sobre el congreso, artículo que probablemente introdujeron subrepticiamente Hyndman y Smith Headingley en ausencia de Massingham [!!].

Saludos cordiales de Nim y de tu  
FE U

¹ ficción jurídica — ² tontería — ³ conspiración del silencio — ⁴ los obreros de París — ⁵ de mano dura — ⁶ cámara de risa — ⁷ mi bella Francia — ¡tú lo has querido!