en Borsdorf, cerca de Leipzig

Londres, 17 de abril de 89

Querido Liebknecht:

Que vosotros, los salvajes de Borsdorf, sois personas mejores, de eso nunca dudé — casi me atrevería a decir, mejores hasta la incorregibilidad.

¡Vuestra Conferencia de La Haya se vuelve cada vez más cómica! De una de las resoluciones —lo que debía ocurrir tras el rechazo por los possibilistas— no saben nada Lafargue ni Bonnier (que está aquí), y de la otra, sobre el secreto, no saben nada Lafargue, Bonnier ni Ede. Ha tenido que ser una presidencia peculiar y un secretariado singular para que pueda pasar algo así. Así pues, lo que no sabíamos, tampoco podíamos cumplirlo.

Que hasta el rechazo por los possibilistas había que guardar silencio, se entendía de por sí y así se hizo. Pero después había que pasar al ataque de inmediato. Y si a ti, como de costumbre, te ocurrió la desgracia de verte impedido por circunstancias imprevisibles y ningún otro de vosotros salió a la palestra, y Lafargue me había enviado la resolución precisamente con el propósito de su publicación, entonces era nuestro maldito deber —tal como estaban aquí las circunstancias, muy especialmente— asumir esa responsabilidad y cometer esa horrible ruptura de etiqueta.

¡Vuestra protesta conjunta habría sonado desde luego muy distinta a nuestro folleto! — ¡Sí, claro, si es que alguna vez hubiera aparecido! ¿Por qué no está aquí todavía? ¿Quién demonios os lo impide? Sabes tan bien como yo que nunca se llevará a cabo, o por lo menos seis meses post festum.

Tu planecito de hacer saltar a los possibilistas desde Borsdorf mediante amonestaciones morales y de llegar a un entendimiento con ellos por encima de la cabeza de Brousse es una quimera infantil, en cuya realización, por lo demás, nuestras «invectivas» contra los possibilistas no pueden impedirte. Puedes, con todas tus fuerzas, proclamar a los señores tu inocencia. Mientras los señores con quienes te carteas naveguen bajo la bandera de Brousse, son corresponsables de sus camarilleos, y cuando se pone esto bajo la luz adecuada, se debería pensar que eso a ti solo puede ayudarte. Si todo lo que Brousse les hace hacer es bueno y hermoso, entonces no tienen motivo alguno para actuar contra él.

Si Ede, que habla en todo el panfleto en nombre propio y no actúa de otro modo que en el periódico mismo, con ello proporciona cataratas de agua a los molinos de los fiscales, entonces el periódico mismo es mucho más peligroso para vosotros que el panfleto. En ese caso, escribid por lo que más queráis a la gente de aquí, que o bien os ataquen en vez de defenderos, o, mejor aún, que cierren el antro. Y si estáis sentados sobre terreno tan inseguro, entonces mantened sobre todo las manos alejadas de todos los congresos internacionales, etc.

En lo que respecta a la historia con Schlesinger, hablaremos de palabra sobre ello. Todavía no he visto la cosa, pero no puede quedar así, que algo semejante —aunque sea solo el anuncio publicitario— aparezca bajo tu égida sin protesta por tu parte. Lo que me vea obligado a hacer en el asunto depende, naturalmente, del contenido del libelo mismo.

Schorlemmer está aquí desde el sábado. Él y Lenchen te mandan saludos.

Tuyo
F. E.

Tu carta a Ede no será utilizada. Si escribes a Lee en el mismo sentido, es mucho mejor.

Para regocijo: Ede estuvo el viernes pasado en una soiree socialista de los socialistas cultos de aquí. Allí le dijo el señor Sidney Webb, profesor de economía política en el Working Men’s College, que también ha refutado la teoría del valor de Marx: Sólo somos 2000 socialistas en Inglaterra, pero estamos haciendo más que todos los 700 000 socialistas en Alemania.