en Zúrich

Londres, 11 de enero de 89

Muy estimado señor:

He recibido sus dos cartas del 5 de nov. y del 28/31 de dic. y he seguido con gran interés el desarrollo de sus experimentos con las universidades alemanas. El dominio de los junkers y burgueses aliados se distingue del dominio de los junkers y burócratas aliados antes del 48 únicamente en que tiene una base más amplia. Entonces, el trato dado a Bruno Bauer provocó la indignación general de los filisteos; hoy se trata a Dühring de la misma manera, se le cierran a usted todas las puertas de las universidades ante las narices, y esos mismos filisteos lo encuentran perfectamente en orden.

En realidad, no le quedará a usted otra cosa que dedicarse a escribir, y para ello Berlín es, naturalmente, el mejor lugar del Reich. Me alegra que no hable usted más de sus planes americanos (en su 2ª carta); habría experimentado usted una fuerte decepción al otro lado. Comprendo que bajo el imperio de la ley de excepción se encuentre buena la prensa socialista germano-americana, sobre todo desde el punto de vista del periodista. En realidad, no vale gran cosa, ni desde el punto de vista teórico ni desde el punto de vista local americano. El mejor es el «Philadelphia Tageblatt»; bien intencionado, pero débil, el «St. Louis Tageblatt»; bien llevado comercialmente, pero ante todo, negocio, la «New Yorker Volkszeitung»; muy malo el «Sozialist» (Nueva York), órgano oficial del partido alemán. Para las cabezas teóricas hay por ahora poco espacio en América. Los alemanes —al menos en su organización oficial— se empeñan en seguir siendo una sucursal del partido de Alemania, miran con auténtica arrogancia lassalleana a los «ignorantes» americanos, exigen que éstos se adhieran a su partido alemán, es decir, que se pongan bajo dirección alemana; en suma, se comportan con estrechez y mezquindad sectarias. En el interior está mejor, pero los de Nueva York conservan la preponderancia. Solo veo rara vez la «Chicagoer Arbeiter-Zeitung» (ahora redactada por Christensen).

En suma, en América solo se puede actuar en la prensa diaria, y para ello hay que estar allí al menos un año para adquirir el conocimiento personal y la seguridad necesarios; además, hay que plegarse a los puntos de vista de allí, que a menudo son tanto más estrechos cuanto que el filisteísmo, desterrado en Alemania por la gran industria, encuentra aún representantes entre los alemanes de allí (esto es lo curioso de América: junto a lo más nuevo y revolucionario vegeta tranquilamente lo más anticuado y caduco). En un par de años puede mejorar y seguramente mejorará, pero quien quiera contribuir al desarrollo del aspecto científico encuentra aquí en Europa un público mucho más preparado.

Por lo demás, en la carrera literaria encontrará usted también espacio suficiente para trabajos valiosos. El «Archiv» de Braun, los «Jahrbücher, etc.» de Conrad y la colección de estudios de Schmoller le estarán sin duda abiertos. Un trabajo, por ejemplo, sobre el sistema de explotación mediante intermediarios (sweating system) que impera en el ramo de la confección, tanto en Berlín como en Londres, etc., sería ciertamente muy útil como paralelo al informe inglés de la comisión de la Cámara de los Lores; si usted lo desea, le enviaré con gusto dicho informe. Hay todavía muchas otras series de condiciones económicas en Alemania que investigar y exponer, aparte de trabajos directamente teóricos que le sacarían a usted por temporadas del periodismo diario. Podemos seguir hablando de ello cuando usted esté instalado en Berlín y se ponga a trabajar.

Si sus experiencias (que bien valdrían la pena de publicarse) recuerdan la época de Federico Guillermo IV, las experiencias de Hoch recuerdan directamente la peor época de la persecución de los demagogos. Es que desde 1835 no había vuelto a ocurrir que se negara a alguien la matrícula a causa de sus opiniones políticas.

Del tomo II [de «El Capital»] está listo para la imprenta el primer apartado (de siete); estoy trabajando en el II y el III, y espero tenerlos listos pronto. El trabajo requiere más tiempo del que pensaba, y con mis ojos tengo que tener mucho cuidado. Las nieblas colosales de diciembre me han empeorado momentáneamente, pero ahora ya voy mejor. En la noche de Año Nuevo estuvimos en casa de Pumps; nosotros, Schorlemmer, Sam Moore, Tussy y algunas gentes del «Sozialdemokrat». El camino es de 2 millas inglesas; con la niebla tardamos más de una hora en llegar. Luego fue tan densa que nadie pudo marcharse. La compañía entera tuvo que, nolens volens, seguir de juerga hasta la mañana clara (o más bien, oscurísima), lo que se hizo con gran animación; hacia las cinco algunos pudieron tomar el primer tren hacia la ciudad; los demás nos acostamos a las siete en camas improvisadas a toda prisa y dormimos hasta el primer mediodía del nuevo año. Voilà la vie de Londres.

Con mis mejores saludos,

suyo sincero,

F. Engels