en Berlín

Londres, 5 de enero de 1889

Querido Bebel:

Ante todo, os correspondo cordialmente vuestros amables deseos de Año Nuevo.

Si la niebla lo permite, hoy, por encargo, debo escribirte sobre dos puntos delicados. En ambos casos se teme que L[iebknecht], en el viaje aquí y a París que ha anunciado, quiera empeñar al partido en una dirección nada deseable (si es que viene solo, se entiende), y, dada su dependencia de estados de ánimo momentáneos (la cual, a su vez, a menudo se basa en el autoengaño), no puedo quitar del todo la razón a quienes así piensan.

En París se trata del congreso, o de los dos congresos –el internacional de los posibilistas y el de los nuestros, acordado en el congreso sindical de Burdeos en noviembre y ahora, de nuevo, en el congreso socialista de Troyes–. Lafargue teme que L[iebknecht] se haya enredado con los posibilistas, y que probablemente vosotros enviéis delegados al congreso de éstos. Le he escrito a L[afargue] que, en mi opinión, esto es para vosotros sencillamente imposible. Los posibilistas han combatido a muerte a los nuestros, a los llamados marxistas, se han erigido en la única iglesia santificadora, que prohíbe terminantemente todo trato, toda cooperación con los demás –tanto marxistas como blanquistas–, y han sellado una alianza con la única iglesia santificadora de aquí (la Social Democratic Federation), alianza cuyo fin, nada pequeño, es el de contrarrestar por doquier al partido alemán mientras no se adhiera a esa limpia alianza y abjure de toda comunidad con otros franceses e ingleses. A ello se suma que los posibilistas están vendidos al actual gobierno; sus gastos de viaje, los costos del congreso y sus periódicos se cubren con los fondos secretos, todo bajo el pretexto de combatir a Boulanger y defender la República, es decir, también a los explotadores oportunistas de Francia, los Ferry y compañía, sus aliados actuales. Y defienden al actual gobierno radical, que, para conservar el cargo, debe prestar a los oportunistas todos los servicios sucios, que en el entierro de Eudes mandó golpear al pueblo sin reparos y que, en Burdeos y Troyes, exactamente igual que en París, se lanza contra la bandera roja con más furia que ningún gobierno anterior. Junto a esa pandilla ponerse sería la negación de toda vuestra política exterior seguida hasta ahora. Hace dos años, esta compañía hizo en París causa común con las vendidas trade unions inglesas contra las reivindicaciones socialistas, y si aquí en noviembre se presentaron de otro modo, fue tan sólo porque no les quedaba más remedio. Además, sólo son fuertes en París; en provincias son cero. Prueba: en París no pueden celebrar un congreso, porque los de provincias o se quedarían fuera o se mostrarían hostiles. En provincias, tampoco pueden celebrarlo. Hace dos años se metieron en un nido escondido de las Ardenas; este año creían poder refugiarse en Troyes, donde algunos concejales obreros, tras las elecciones, habían traicionado a su clase y se habían unido a ellos. Pero éstos no fueron reelegidos, y el comité –su propio comité– invitó a todos los socialistas franceses. De ahí, espanto en el campo parisino; intento de anularlo, en vano. Y así, no acudieron a su propio congreso, del que tomaron posesión nuestros marxistas y que éstos llevaron adelante con brillantez. Lo que los sindicatos de provincias piensan de ellos lo prueba la adjunta resolución del congreso sindical de Burdeos de noviembre. En París tienen 9 hombres en el ayuntamiento, cuyo propósito principal es oponerse, bajo toda clase de pretextos, a la actividad socialista de Vaillant, traicionar a los obreros y obtener a cambio, para sí y sus allegados, la asignación de fondos y el dominio exclusivo sobre la bolsa del trabajo.

Los marxistas, que dominan las provincias, son el único partido revolucionario en Francia; al apoyar al movimiento obrero alemán se han hecho impopulares en París, y enviar delegados a un congreso que les es hostil en París sería un puñetazo que vosotros mismos os daríais en la cara. También tienen ellos el método acertado para combatir a Boulanger, que representa el descontento general de Francia. Cuando B[oulanger] quiso celebrar un banquete en Montluçon, los nuestros adquirieron 300 tarjetas para plantearle, por medio de Dormoy –un muchachito muy capaz–, preguntas bien categóricas sobre su posición ante el movimiento obrero, etcétera. Cuando el buen general se enteró de ello, ¡hizo cancelar todo el banquete!

La niebla prohíbe continuar por hoy. Hasta dentro de unos días.