en Le Perreux

Londres, 2 de enero de 1889

Mi querida Laura:

¡Nuestros mejores deseos para el nuevo año para ti y para Paul! Hemos entrado en él de una manera muy extraña: como de costumbre, fuimos en un coche de punto a casa de los Pumps; la niebla se hacía cada vez más densa, y en Belsize Road nos quedamos atascados; el cochero tuvo que guiar el caballo; pronto no bastó con eso, un hombre con un farol tomó el caballo y lo guió. Después de una hora entera de viaje en la oscuridad y en el frío llegamos a casa de los Pumps, donde encontramos a Sam Moore, Tussy, los Schlüter (Edward no apareció en absoluto) y también a Tauscher. La cena, naturalmente, una hora más tarde, por causa de nuestra aventura. Bien, se hizo cada vez más oscuro, y cuando llegó el año nuevo el aire era tan espeso como una sopa de guisantes. Ninguna perspectiva de poder marcharnos; nuestro cochero de punto, encargado para la una, no vino, de modo que toda la compañía tuvo que quedarse donde estaba. Así que continuamos bebiendo, cantando, jugando a las cartas y riendo hasta las cinco y media, cuando Sam y Tussy fueron acompañados por Percy a la estación y alcanzaron el primer tren; hacia las siete se fueron los demás, fuera aclaró un poco; Nim se acostó con Pumps, Schorlemmer y yo en la cama de reserva, Percy en el cuarto de los niños (eran más de las siete cuando nos fuimos a dormir), y hacia las doce o la una nos levantamos de nuevo para volver a la Pilsner, etc.; el sol brillaba claro sobre un suelo magníficamente helado. La animada velada nos agradó extraordinariamente a todos, y a ninguno nos sentó mal la francachela. Los demás tomaron café hacia las cuatro y media, pero yo me quedé con el vino tinto hasta las siete.

Me alegra saber que la boulangitis fue una afección personal de Paul, aunque el «Parti Ouvrier» pretenda que Guesde y Deville coincidieron con él. Estamos completamente de acuerdo en lo que dices sobre los posibilistas, pero yo estaba obligado a señalaros, a ti y a Paul, las excusas que Liebknecht y otros —por ejemplo los belgas— podrían extraer del trato muy considerado que los boulangistas, sin duda, han recibido de nuestra parte. Todo lo que yo exigí desde el principio, y todo lo que Paul me negó, fue la declaración clara e inequívoca de que los boulangistas, exactamente igual que los cadettistes, debían ser tratados como enemigos burgueses.

Pues bajo ninguna circunstancia podría yo animar a nuestros amigos alemanes a participar en un congreso cuyos convocantes han olvidado hasta tal punto la vieja y tradicional política del proletariado que coquetean con un partido de la burguesía, ¡y por añadidura un partido como el de los boulangistas!

Ahora bien, las próximas elecciones de París tienen que hacer entrar en razón a nuestra gente: tal fue mi primer pensamiento tras la muerte de Hude, y el Congreso de Troyes, en efecto, ha dado al menos un paso en la dirección correcta al proclamar la necesidad de una candidatura socialista independiente (confío en la de Vaillant, quien, me parece, es por el momento el único que puede reunir un cierto número de votos, ya que los nuestros, al parecer, no están por ahora en liza). Pero ningún periódico informa sobre las demás resoluciones adoptadas por el congreso; hubo pronunciamientos antiboulangistas aislados (aunque no he visto ninguno de Paul), pero nada oficial del congreso, salvo la resolución arriba mencionada.

Ahora bien, Liebknecht vendrá a París hacia mediados de enero, y yo tengo que escribir a Bebel en estos días. Por ello, si Paul quiere que yo actúe en interés de su congreso, ha de hacérmelo posible mediante una declaración clara e inequívoca sobre lo que los nuestros pueden esperar de él y de los demás respecto de la boulangemanía. Y cuanto antes, mejor; no hay mucho tiempo que perder.

Nunca he dudado del carácter verdaderamente antichovinista de los marxistas, pero esa es precisamente la razón por la que no podía comprender cómo pudieron pensar en una alianza abierta o encubierta con el partido que vive casi exclusivamente del chovinismo. Nunca he exigido más que el reconocimiento abierto de que los cadettistes y los boulangistas, de que ambos apestan; ¡en verdad, una cosa tan evidente tendría que haberla tenido hace ya mucho tiempo! También tendría que tener las resoluciones adoptadas en Troyes.

Si hubo la idea de hacer entrar a algunos de los nuestros en la Cámara incluyéndolos en la lista de los boulangistas, eso sería mucho peor que no entrar en la Cámara en absoluto. En conjunto, si el pobre y viejo «Socialiste» se hubiera mantenido con vida de una u otra manera, creo que estaríamos en mejor situación.

El domingo pasado estuvo aquí Cunninghame-Graham: un buen tipo, pero que siempre necesita un director; por lo demás, valiente hasta la temeridad; en conjunto, tiene mucho de un blanquista inglés.

Saludos cordiales de Nim, de Schorlemmer y de mí mismo.

Tuyo siempre, con el mayor cariño,

F. Engels