en Berlín

Londres, 8 de octubre de 1888

Muy señor mío y doctor:

Hace tiempo que hubiera contestado a su carta del 2 de febrero si hubiese sabido adónde; pensaba recibir diariamente la noticia de su habilitación en Suiza y, en consecuencia, de su traslado a Zúrich o a Berna. Por último, me lo llevé incluso a América, donde he pasado este agosto y septiembre en compañía del Dr. Aveling y su señora y de Schorlemmer; pero tampoco en el viaje pude contestar, y ahora, a mi regreso, encuentro sus nuevas líneas del 23 de agosto (día en que yo me batía en Nueva York con los mosquitos, adversarios mucho más peligrosos que todos los profesores alemanes de economía).

La narración de sus experiencias me ha puesto de nuevo ante los ojos la miseria de la universidad alemana. A eso lo llaman libertad de la ciencia. Es la vieja historia de Bruno Bauer de los años cuarenta⁹²), solo que ahora estamos más adelantados y no sólo hay herejes teológicos y políticos, sino también económicos. Espero, pues, que Tucídides se muestre humano y no le ponga serias dificultades en Leipzig.

Me ha interesado mucho saber que en Alemania existe todavía una universidad «confesional»*¹⁹. ¡Qué cosas más extrañas alberga todavía la patria «regenerada»!

Siento gran curiosidad por su trabajo. Además de usted, también Lexis ha tratado de resolver la cuestión que me veo obligado a retomar en el prólogo al tomo III¹ del «Capital». Que en el curso de sus estudios haya llegado usted finalmente al punto de vista de Marx no me sorprende en absoluto; creo que a todo el mundo le ocurre lo mismo si aborda la cuestión sin prejuicios y a fondo. A muchos profesores les cuesta todavía hoy bastante trabajo, en su explotación habitual de Marx, mantenerse a una distancia decorosa de las conclusiones necesariamente ligadas a lo anexionado, y otros, como demuestra el pasaje que usted extrae de nuestro Tucídides¹⁸, tienen que recurrir a puras pamplinas para poder contestar algo.

Si mis ojos aguantan, como espero —mi excursión americana me ha sentado extraordinariamente bien—, el tomo III¹ estará listo para la imprenta este invierno y el año próximo caerá como una bomba en esta sociedad. He interrumpido o postergado todos los demás trabajos para terminar de una vez con éste, que me quema en las manos. La mayor parte está casi lista para la imprenta, pero dos o tres secciones de las siete necesitan un intenso trabajo de revisión, especialmente la primera, de la que existen dos redacciones.

América me ha interesado mucho; en efecto, hay que haber visto con los propios ojos un país cuya historia no se remonta más atrás de la producción de mercancías y que es la tierra prometida de la producción capitalista. Nuestras ideas corrientes sobre él son tan falsas como las de un escolar alemán sobre Francia. También hemos disfrutado de muchas bellezas naturales, en el Niágara, en el río San Lorenzo, en los Adirondacks y en los lagos más pequeños de allí.

He leído la crítica que Platter hace de G. Cohn; el comienzo es muy ingenioso y bueno, después el bueno de Platter decae.

Aquí todo sigue su viejo curso, salvo que han venido los cuatro expulsados de Zúrich¹ y que Aveling escribe ahora piezas de teatro que son muy bien recibidas por los dueños de los escenarios; fue enviado a América para ensayar allí tres de sus obras.

Tengo todavía un montón de cartas que contestar, y si pierdo este correo, temo que me interrumpan; así que prefiero terminar en seguida. Quédese usted con Dios y dé pronto noticias, ¡ojalá como profesor bien asalariado!

Le saluda sinceramente,
F. Engels

¹ del «Capital».